La Divina Comedia, de Dante Alighieri

Comenzada hacia 1306-07. la Divina Comedia es un poema de Dante Alighieri en tercetos, compuestos de tres cantos (Infierno, Purgatorio y Paraíso) que comprenden 100 cantos en total: 34 el Infierno y 33 cada uno el Pur­gatorio y el Paraíso

El argumento de la obra es el viaje llevado a cabo por Dante al más allá. Tres guías condu­cen e iluminan al poeta: Virgilio lo acompaña al Infierno y a parte del Purgartorio, hasta el Paraíso Terrenal; Bea­triz, la mujer amada por Dante en su juventud y cuyo re­cuerdo lo ha apartado del extravío, lo acompaña hasta el Empíreo, a la Rosa celeste; san Bernardo, que reem­plaza a Beatriz en la Rosa, muestra a Dante la gloria de Dios. El viaje se prolonga cerca de una semana y se ini­cia en la noche de Viernes Santo, el 8 de abril de 1300. De la selva oscura, Dante desciende al Infierno, una in­mensa sima en forma de cono invertido situada debajo de Jerusalén (que Dante coloca en el vértice de nuestro hemisferio). A través de nueve círculos llega al centro de la tierra, el punto más bajo del universo, donde se en­cuentra Lucifer hundido hasta la cintura en el hielo eter­no. Los nueve círculos están divididos como sigue: I: El Limbo, donde se encuentran los muertos no bautizados; II: los lujuriosos; III: los glotones; IV: los avaros y los pródigos; V: los iracundos; VI: los herejes. El VII está dividido en tres recintos que incluyen a los violentos con­tra el prójimo, los violentos contra sí mismos, los violen­tos contra Dios con la blasfemia, o contra natura (los so­domitas) o en el arte (los fraudulentos). El VIII es Ma- lasbolsas, dividido en diez hoyos concéntricos llamados bolsas: penan en ellos los seductores, los aduladores, los simoníacos, los adivinos, los barateros, los hipócritas, los ladrones, los malos consejeros, los sembradores de discordias y los falsificadores (de metales, moneda o pa­labra). Los guardianes del IX círculo y a la vez condena­dos (sumergidos hasta la cintura en el inmenso pozo in­fernal) son los Gigantes, rebeldes a la Divinidad. El IX círculo está dividido en cuatro zonas: Caína (los traido­res a sus familiares), Antenora (los traidores a la patria y al partido), Tolomea (los traidores a los amigos y a los huéspedes) y Judea (los traidores a sus benefactores). En la boca de Lucifer, que los descuartiza, se hallan los trai­dores a la autoridad religiosa o política. En las antípo­das de Jerusalén, en el Hemisferio desconocido a los hombres, está el Purgarorio, situado en las laderas de una altísima montaña, en cuya cumbre se encuentra el pa­raíso terrenal. Los pecadores están colocados en dos par­tes distintas: en el Antepurgatorio, en dos resaltos al pie de la montaña, están los merecedores de salvación que, sin embargo, murieron excomulgados, y los negligentes (que tardaron en arrepentirse o murieron de muerte vio­lenta). En un valle se encuentran los príncipes que por sus afanes mundanos desatendieron sus deberes para con sus súbditos y para consigo mismos. Desde allí se accede al Purgatorio propiamente dicho, que está dividido en siete cornisas, tantas como pecados capitales: en la 1 es­tán los orgullosos, en la II los envidiosos, en la III los iracundos, en la IV los indolentes, en la V los avaros y pródigos, en la VI los glotones, y en la VII los lujurio­sos. Cada una de las cornisas está guardada por el Angel de la Virtud opuesta al pecado en ella castigado. Desde el paraíso terrenal Dante, guiado ahora por Beatriz, as­ciende al Empíreo a través de la Esfera de Fuego. Los nueve cielos concéntricos que Dante atraviesa están con­cebidos por él como estratos circulares de materia diáfa­na en la que se hallan engarzados los cuerpos celestes, es­feras translúcidas y compactas; éstas son concéntricas a la Tierra, según la teoría aristotélico-tolemaica. Inteligen­cias motrices de los cielos son las Jerarquías Angélicas: en el I: la Luna, los Ángeles; en el II: los Arcángeles; en el III: Venus, los Principados; en el IV: el Sol, las Po­testades; en el V: Marte, las Virtudes; en el VI: Júpiter, las Dominaciones; en el VII: Saturno, los Tronos; en el VIII: el Cielo de las Estrellas Fijas, los Querubines; en el IX, Cristalino, o Primer Móvil: los Serafines. En el Empíreo propiamente dicho, los Bienaventurados se ha­llan distribuidos en peldaños circulares formando la ima­gen de una luminosísima rosa, la «cándida Rosa».

 

INFIERNO,

Canto I: Dante, perdido en una selva oscu­ra (sus extravíos y errores), recobra la esperanza al llegar al pie de un cerro. Pero al comienzo de la subida salen a su encuentro tres fieras: una ágil pantera (pantera o leo­pardo, figuración de la lujuria), un león enfurecido y hambriento (la soberbia) y una loba delgadísima (la ava­ricia). Mientras Dante retrocede ante su vista, se le apa­rece una figura silenciosa que se presenta como Virgilio, el poeta al que Dante considera su maestro. Virgilio le aconseja seguir un camino distinto: la loba, que ha con­vertido ya a muchos en desgraciados, no le permitirá el paso. Insaciable, se aparea con otros animales que se multiplicarán hasta el momento en que el Lebrel no ven­ga a darle una muerte espantosa. Éste último (y no que­da claro a quién alude Dante), nutrido sólo de sabiduría, amor y virtud, será la salvación de la «humilde Italia». Virgilio prosigue diciendo a Dante que para alcanzar la salvación le será necesario atravesar el reino de los con­denados y el Purgatorio. Allí Virgilio deberá abandonar­lo, por no haber sido bautizado. Dante se pone entonces en camino con él.

Canto II: Una vez que Dante, dudoso de sus fuerzas para emprender semejante empresa, se ha animado, Virgilio le refiere cómo ha sido enviado a él. Mientras se encontra­ba en el Limbo, una bella y bienaventurada mujer (Bea­triz) se le apareció, suplicándole que corriera en ayuda de un amigo suyo que se encontraba en grave peligro en la selva. Una dulce Mujer en el Cielo (probablemente la Virgen María, como Gracia preveniente) había llamado a su lado a Lucía (la Gracia iluminante) para que so­corriera a Dante; y Lucía había mandado a aquella a la que Dante había cantado y amado, Beatriz (Gracia coo­perante). Dante abandona todo temor y se adentra con Virgilio en la selva.

Canto III: En lo alto de la puerta del Infierno se hallan escritas unas palabras que invitan a abandonar toda es­peranza para la eternidad. Virgilio entra con Dante en el vestíbulo del reino del dolor. Tras dejar atrás a los indi­ferentes, entre los que se encuentran aquel que cometió «la gran renuncia» (quizás el papa Celestino V) y los án­geles que permanecieron neutrales en el momento de la rebelión de Lucifer, se acercan a las orillas del Aqueron- te, donde se apiñan las almas de una a otra orilla del río. No quiere el barquero hacer pasar a Dante, pero Virgilio le dice que es deseo del Cielo. Un terremoto sacude el ló­brego suelo infernal y Dante pierde el sentido.

Canto IV: A su despertar, Dante se encuentra en la otra orilla del Aqueronte, en el Limbo, donde están los no bautizados, sin otra pena que el anhelo de Dios. Virgilio lo conduce a un lugar luminoso donde se hallan reunidos los grandes poetas: al encuentro de Dante vienen Home­ro, Horacio, Ovidio y Lucano, saludándolo amistosa­mente. El luminoso lugar es un «noble castillo» con una séptuple barrera de murallas. En el interior de ésta, en un verde prado, se encuentran reunidos los «espíritus magnos»: Electra, Eneas, Héctor, César, Camila, Pente- silea y muchos otros, entre los cuales, apartado, Saladi- no; y, algo más arriba, los sabios. Aristóteles, y luego, entre muchos otros, Sócrates, Platón, Tales, Orfeo, Ci­cerón y Séneca. Después de dejar el Limbo, Dante y Vir­gilio entran en un lugar en el que no hay luz.

Canto V: Es el segundo círculo, en cuya entrada está Mi­nos, que examina a los pecadores. En él un vendaval in­cesante arrastra a los espíritus de los lujuriosos: Semíra- mis, Dido, Cleopatra, Elena, Aquiles, Paris, Tristán… Dos de ellos, arrastrados abrazados en la tempestad, cuentan a Dante su historia: son Paolo y Francesca, amantes desdichados que fueron muertos por el marido de Francesca. Mientras ésta habla del pasado tiempo fe­liz, Paolo es presa del llanto y Dante pierde el sentido a causa de la emoción.

Canto VI: Dante se encuentra ahora en el tercer círculo, donde son castigados los glotones. El guardián del círcu­lo es el perro de tres cabezas Cerbero. Los glotones son condenados a yacer en posición supina en el cieno, bajo una eterna lluvia gélida de nieve, granizo y agua su­cia. En él Dante encuentra a un florentino, Ciacco, que le pronostica la victoria en Florencia del partido Negro.

Canto VII: El guardián del cuarto círculo, donde penan los avaros y los pródigos, es Pluto, el «maldito lobo». Virgilio muestra a Dante los condenados: divididos en dos filas opuestas, empujan con el pecho pesadas rocas, así como en su vida se afanaron en amasar o dilapidar riquezas. Luego, siguiendo el curso de unas aguas tan sombrías como para parecer negras, llegan a la inmensa laguna del Estigia, donde se hallan sumergidos los ira­cundos y los indolentes. Los primeros se golpean y se muerden los unos a los otros; los segundos están sepul­tados en el limo y sus suspiros encrespan la superficie de las aguas.

Canto VIII: Los dos poetas atraviesan la Estigia en la barca de Flegias. En la laguna Dante reconoce a Filippo Argenti, un florentino del partido Negro, detestado en vida por todos, y le dirige palabras desdeñosas. Navegan­do siempre por la laguna, disciernen a lo lejos las berme­jas murallas incandescentes de la ciudad infernal, Dite.

Flegias los hace desembarcar, pero los diablos les cierran las puertas de Dite en su misma cara.

Canto IX: En la cima ardiente de una torre de Dite apa­recen las Erinias (figuraciones de la mala conciencia), Megera, Alecto y Tesífone, que llaman a Medusa (es de­cir, la desesperación) para que transforme en piedra a Dante. Pero un estruendo en las turbias aguas anuncia la llegada del mensajero celeste, que abre las puertas de Dite a los dos poetas. En la ciudad infernal, Dante ve una lla­nura llena de túmulos ardientes, en los cuales se encuen­tran enterrados los herejes.

Canto X: Desde un sepulcro, un condenado reconoce a Dante como su conciudadano y lo invita a acercarse: es el feroz Farinata degli Uberti. Desde otra tumba, se aso­ma Cavalcante dei Cavalcanti, pidiendo noticias de su hijo Guido. Farinata se pone a continuación a conversar con Dante sobre Florencia y le predice que no tardará en saber cuán difícil es a veces regresar a la patria. Farina­ta, después de haber explicado que los condenados ven con claridad y por anticipado las cosas lejanas en el tiem­po pero no aquellas próximas a cumplirse, y que toda su sabiduría desaparecerá el Día del Juicio, regresa al sepul­cro. Dante y Virgilio reanudan su camino.

Canto XI: El extremo de un alto ribazo domina sobre un abismo que exhala un terrible hedor. Durante una para­da, Virgilio aclara algunas dudas de Dante: el bajo In­fierno está formado por tres círculos más pequeños que los precedentes, allí se castigan la violencia, los fraudes en sus más diferentes formas y la incontinencia; ésta úl­tima es el pecado que menos ofende a Dios. Por eso los incontinentes (glotones, lujuriosos, iracundos, avaros y pródigos) reciben su castigo fuera de la ciudad de Dite, mientras que los violentos y fraudulentos se encuentran en los círculos más bajos.

Canto XII: De todo el VII círculo es guardián el Mino- tauro, pero del primer recinto, de los tres en los que está dividido, son guardianes los centauros Es éste un río de sangre hirviente, el Flegetonte, donde se hallan sumergi­dos los condenados que ejercieron violencia contra el pró­jimo (tiranos, homicidas y bandidos). Escoltados por uno de los centauros, Neso, los poetas caminan a lo largo de la orilla del Flegetonte. Neso les señala, sumergidos en la sangre hasta los ojos, a los tiranos Alejandro Magno, Dionisio de Siracusa, Ecelino III de Romano y Obizzo de Este; al homicida Guido de Montfort; a los violentos contra el prójimo en las cosas: Atila, Pirro, Sexto Pom- peyo; y a los ladrones Rinieri da Corneto y Ranier d’Pazzi.

Canto XIII: En el segundo recinto son castigados los sui­cidas, transformados en plantas y guardados por las Ar­pías; y los dilapidadores, desnudos y desgarrados por fa­mélicas perras, sus guardianas. Entre los primeros, de un tronco al que Dante ha arrancado una ramita, habla Pier della Vigna, el secretario de Federico II, suicida por fal­sas acusaciones, que suplica a Dante que rehabilite su me­moria. Entre los derrochadores Dante reconoce a Laño da Siena y a Iacopo di Sant’Andrea.

Canto XIV: En el tercer recinto, en un llano de ardiente arena, yacen boca arriba e inmóviles bajo una lluvia de continuos copos inflamados, los violentos contra Dios en la persona, los blasfemos. Entre ellos Virgilio reconoce a Capaneo, uno de los siete que asaltaron Tebas. Bor­deando el bosque de las Arpías los poetas llegan a con­tinuación al nacimiento del Flegetonte. Virgilio explica a Dante el origen de los ríos infernales: el Aqueronte, la Es- tigia, el Flegetonte y el Cocito.

Canto XV: Los violentos contra Dios en la naturaleza (los sodomitas) vagan por la arena bajo la lluvia de fue­go. Entre ellos está Brunetto Latini, ai que Dante consi­dera su maestro. Brunetto le predice cuánto tendrá que padecer a causa de los florentinos, le muestra a algunos de los condenados más famosos (Prisciano, Francesco d’Accorso, Andrea dei Mozzi) y se despide de Dante re­comendándole el Tesoro, su obra más importante.

Canto XVI: Tres espíritus acuden a Dante, al reconocer­

lo  como su conciudadano. Se trata de tres ilustres floren­tinos: Iacopo Rusticucci, Guido Guerra y Tegghiaio de­gli Aldobrandi. Iacopo le pregunta si es cierto lo que Guglielmo Borsiere, que ha llegado hace poco al lugar donde ellos están, dice de Florencia, y Dante prorrumpe en una invectiva contra su corrupta ciudad. Llegados al abismo donde el Flegetonte se despeña con gran estrépi­to, en el aire oscuro del fondo del precipicio Dante ve as­cender una figura monstruosa: Gerión, símbolo del frau­de.

Canto XVII: Gerión, con faz de hombre y cuerpo de rep­til, es el guardián del tercer recinto, en el que se castiga a los violentos en el arte, usureros, seductores y adula­dores. Los usureros están sentados en la margen del are­nal, junto al abismo, bajo la lluvia de fuego. Llevan col­gados al cuello unos saquitos con el escudo de su familia impreso: entre éstos Dante reconoce el de los Gianfigliaz- zi, el de los Obriachi y el de la familia paduana a la gru­pa de Gerión, que desciende al abismo donde se precipi­ta el Flegetonte.

Canto XVIII: El octavo círculo, totalmente de piedra ferruginosa, recibe el nombre de Malasbolsas: en su cen­tro se abre un pozo dividido en doce fosas concéntricas, llamadas bolsas. En la primera, guardada por los demo­nios cornudos, están los seductores por cuenta ajena (rufianes), entre ellos, de porte regio y altivo aspecto, Ja- són, seductor de Hipsípila, reina de Lemnos. En la se­gunda bolsa, sumergidos en el estiércol, están los adula­dores. Entre ellos, Alessio Interminelli di Lucca, y la me­retriz Tais.

Canto XIX: En la tercera bolsa penan los simoníacos, metidos de cabeza en agujeros de piedra; sus pies se agitan frenéticamente, lamidos por las llamas. Dante interroga a uno de ellos, el papa Nicolás III, que, to­mándolo por Bonifacio VIII, lo reprende por su mal go­bierno de la Iglesia y vaticina la condenación de Clemen­te V. Dante denuesta a los papas simoníacos.

Canto XX: En la cuarta bolsa son castigados los adivi­nos: Dante ve caminar al fondo de la bolsa, llorando en silencio a los condenados con el rostro vuelto hacia la es­palda y se apiada de ellos. Virgilio le muestra a Anfia- rao, que pretendió demasiado ver en el futuro, al adivi­no Tiresias, a Aronte y a Manto.

Canto XXI: En la quinta bolsa los barateros, sumergi­dos en pez hirviente, son guardados por los diablos lla­mados Malasgarras. Muchos son de Lucca. Virgilio soli­cita hablar con los diablos, que le envían a uno de ellos, Malacola: Virgilio le explica el motivo de su viaje. Ma- lacola les ofrece un grupo de diez diablos mandado por Barbacrespa para que los escolten hasta la sexta bolsa. Canto XXII: Los dos poetas prosiguen con los diablos en la quinta bolsa. Dirige la palabra a Dante Ciampolo di Navarra, que le muestra entre sus compañeros de des­dicha a fray Gomita y a Michele Zanche di Logodoro. Los diablos tratan de enganchar a Ciampolo, pero éste los evita arrojándose en la pez, donde es alcanzado por los diablos Alirroto y Piesfríos, que se enzarzan en una pelea por su culpa. Virgilio y Dante aprovechan la ocasión para alejarse.

Canto XXIII: Les siguen los diablos, pero Virgilio, to­mando en brazos a Dante, se deja resbalar por la pen­diente en la sexta bolsa, esquivando a los diablos. Ven a los hipócritas llorar mientras caminan cubiertos de pesa­dos mantos de plomo, dorados por fuera. Dos hermanos gozosos, Loderingo y Catalano, muestran a Caifás, el sumo sacerdote que aconsejó la muerte de Jesús, cruci­ficado en el suelo con tres palos.

Canto XXIV: Tras salir con gran dificultad y fatiga, Dan­te y Virgilio llegan a la bolsa séptima donde ven a los la­drones, cuya condena consiste en correr entre serpientes de toda especie que los atormentan. Dante reconoce a Vanni Fucci, el que robó el tesoro de la capilla de San­tiago en la catedral de Pistia: desfoga su rabia presagián­dole a Dante la derrota de los Blancos y su exilio. Canto XXV: Una vez desfogada su rabia, Vanni Fucci hace un gesto obsceno de burla a Dios: al instante es he­cho callar por las serpientes, que se abrazan a su cuello y brazos, y es perseguido por el centauro Caco. Dante asiste a continuación a transformaciones de condenados en serpientes.

Canto XXVI: Dante lanza una feroz invectiva contra Flo­rencia, cuyo nombre tan célebre es en el infierno. Pasa después a la octava bolsa, donde penan los malos conse­jeros: éstos vagan envueltos en una llama, sin permitír­seles jamás el descanso. Una de las llamas aparece bifur­cada. Cuando Dante pregunta la razón de ello a Virgilio, el poeta le responde que dentro de aquella llama son ator­mentados juntos Ulises y Diomedes. Y la llama más gran­de, que es Ulises, narra su postrer viaje y su muerte. Canto XXVII: En la octava bolsa Dante encuentra tam­bién a Guido da Montefeltro, el astuto consejero de Bo­nifacio VIII que hízose perdonar anticipadamente por éste un consejo deshonesto. A su muerte un diablo se dis­putó su alma con san Francisco, haciendo valer con éxi­to sus sutiles razones.

Canto XXVIII: Entre los sembradores de discordias, que son mutilados por un diablo armado con una espada, Dante ve a Mahoma y a su yerno Alí. Y también, a Pier da Medicina, a Curión, quien exhortó a César para que cruzase el rubicón, y a Mosca dei Lamberti, que aconse­jó la muerte de Buondelmonte (origen de los partidos) Blanco y Negro). Ve seguidamente hacerse adelante a un hombre que sostiene su propia cabeza cortada en la mano: es Bertrán de Born, el que hizo rebelarse a Enri­que III, llamado el rey Joven, contra su padre, Enrique de Inglaterra.

Canto XXIX: Dante descubre a Geri del Bello, su pa­riente. Los dos poetas visitan después la décima bolsa, en la que penan falsificadores. Los alquimistas (falsifica­dores de metales) son devorados por la sarna y la lepra, con el cuerpo desfigurado igual que en vida desfiguraron ellos la verdad. Entre éstos figuran Griffolino d’Arezzo y Capocchio da Siena.

Canto XXX: Los falseadores de la persona están afecta­dos por la rabia: Dante ve entre ellos a Gianni Schicchi, que osó, fingiéndose Buoso Donati, testar en su propio favor, y a Mirra, que, enamorada de su padre, se fingió otra para hacerse amar por él. Los falseadores de mone­da, en cambio, son hidrópicos: uno de ellos, Maese Ada­mo, se queja de la sed que lo atormenta. Junto a él, la mujer de Putifar y el griego Sinón, se ven abrasados por una violentísima fiebre: son los falseadores de la palabra. Canto XXXI: Al pasar del octavo al noveno círculo,

Dante ve a los Gigantes: rebeldes a la Divinidad, están encadenados y sumergidos’hasta el ombligo en el pozo in­fernal, y guardan el noveno círculo. Acercándose, Dante ve el inmenso Nemrod, que mandó erigir la Torre de Ba­bel; algo alejado, a Fialte, que trató de escalar el cielo; Virgilio lo conduce ante Anteo, que está desatado pero en silencio como sus compañeros, y se hacen depositar por él en el fondo del Infierno, donde el frío hiela el río Cocito.

Canto XXXII: El noveno círculo es el punto más bajo del Infierno. En la división conocida por Caína están pri­sioneros en el hielo del Cocito hasta la mitad del rostro, con la cabeza vuelta para abajo, los traidores a sus fa­miliares. Dante encuentra allí a los hermanos Alessandro y Napoleone degli Alberti, que se dieron muerte recípro­ca; a Mordret; a Vanni de’ Cancellieri, llamado Focac- cia: a Sassolo Mascheroni; y a Camicione de’ Pazzi, que espera a su pariente Carlino, más grande traidor que él. En la división conocida por Antenora, los condenados en el hielo tienen la cabeza vuelta hacia arriba: son los trai­dores a la patria y al partido. He aquí a Bocca degli Aba- ti, que hizo traición a los güelfos en Montaperti; a Buo­so da Duera, que traicionó al rey Manfredi; a Gano di Maganza y a otros que Bocca menciona a Dante. Éste pregunta después el nombre de dos condenados, uno de los cuales roe la cabeza a otro.

Canto XXXIII: El primero es el conde Ugolino della Gherardesca y el otro, el arzobispo Ruggeri, que a la par que al conde condenó, injustamente, a sus inocentes hi­jos y sobrinos. En la división llamada Tolomea penan los traidores a los amigos y a los huéspedes, también ellos en el hielo y con la cara vuelta tan boca arriba, que las lágrimas se congelan. Dante encuentra allí a fray Álberi- go dei Manfredi, que hizo asesinar en un banquete a sus parientes, y a Branca d’Oria, que del mismo modo dio muerte a su suegro Michele Zanche.

Canto XXXIV: En la cuarta división, o Judea, sumergi­dos totalmente en el hielo, están los traidores a sus be­nefactores. Pero he aquí a Dante y a Virgilio delante de Lucifer, hundido hasta el pecho en el lago de hielo. De tamaño gigantesco, tiene tres caras, una amarilla, otra bermeja y la tercera negra. Con cada boca desgarra a un pecador (un traidor a la autoridad política o religiosa): con la del centro tritura a Judas, con la siniestra a Bru­to, y con la diestra a Casio. Después de esta visión, Vir­gilio conduce a Dante fuera del Infierno, haciéndole atra­vesar el centro de la Tierra. De modo que, cuando emer­gen por un oscuro pasaje a la superficie, se encuentran en el hemisferio austral.

PURGATORIO,

Canto I: Dante, después de salir con Virgilio del infierno, se encuentra en la playa al pie de la montaña del Purgatorio. Apareciendo de improviso, Ca­tón de Utica, guardián del Purgatorio, apostrofa severa­mente a quienes él cree dos condenados. Tras calmarlo Virgilio, ordena que Dante se ciña un junco y se lave con rocío los ojos, que han visto el Infierno.

Canto II: A punto de rayar el alba, aparece en el mar una navecilla conducida por un ángel piloto que desem­barca a multitud de almas. Entre éstas figura un amigo de Dante, Casella, que lo abraza y le canta una de las can­ciones de su Convivio: «El amor que en la mente me ra­zona». Interviene nuevamente Catón para dar prisa a Dante y a las almas.

Canto III: Dante y Virgilio, llegados al pie de la monta­ña, escarpadísima, encuentran a una primera fila de pe­nitentes: son los excomulgados que se arrepintieron al fi­nal de sus vidas, que se ven obligados a estar en e! An­tepurgatorio treinta veces el tiempo de la excomunión, mientras caminan lentísimamente. Uno de ellos es Man- fredo, sobrino de la emperatriz Costanza, que refiere su muerte en la batalla de Benevento.

Canto IV: Después de una fatigosa ascensión, Dante y Virgilio llegan al primer resalto de la montaña. Virgilio le explica a Dante, asombrado de ver el sol a la izquier­da, que Jerusalén y el Purgatorio se encuentran en las an­típodas. Por ello el que estando en Jerusalén ve ascender el sol en el cielo por la derecha, en el Purgatorio lo ve ascender por el lado contrario. Dante reconoce después a Belacqua, un desidioso y tranquilo florentino, que está entre los negligentes que se arrepintieron únicamente al borde de la muerte. Una vez que Belacqua ha explicado a Dante que él espera pasar allí tanto tiempo como ha vi­vido, antes de entrar en el verdadero Purgatorio, ambos poetas reanudan la subida.

Canto V: Encuentra la tercera fila de los negligentes a aquellos muertos de muerte violenta. Al darse cuenta de que Dante está vivo por la sombra que arroja su cuerpo, le piden que mire si reconoce a alguien para quien soli­citar indulgencias. A pesar de no conocer a nadie, Dante promete satisfacer sus súplicas. Entonces se acercan la- copo del Cassero, asesinado por los sicarios de Azzo VIH en un pantano, y Buonconte da Montefeltro, muerto en Campaldino. La última es Pia dei Tolomei.

Canto VI: Entre las otras almas que piden indulgencias, Dante reconoce a Benincasa da Laterina, Guccio dei Tar- lati y a otros. Un alma se halla aparte: es Sordello, un poeta mantuano, al que Virgilio, también mantuano, abraza. Dante prorrumpe en imprecaciones contra Italia, cuyos ciudadanos están en continua discordia, y conclu­ye su invectiva con una imprecación irónica a Florencia. Canto VII: Sordello guía a Dante y a Virgilio a un valle florido, donde esperan para entrar en el Purgatorio los príncipes negligentes. Sordello muestra a sus compañeros algunas de aquellas almas: Rodolfo de Habsburgo, Oto- car de Bohemia, Felipe III el Atrevido, rey de Francia, Enrique de Navarra, Pedro III de Aragón y Carlos I de Anjou. Muestra también a Enrique III de Inglaterra y a Guillermo VII, marqués de Monferrato.

Canto VIII: Cae la noche, las almas rezan. A pesar de la oscuridad, Dante reconoce a su amigo Niño Visconti, juez de Cerdeña, que se lamenta de que su mujer lo haya olvidado. Se acerca Conrado Malaspina, descendiente de Conrado el Viejo. Dante elogia las virtudes de su fami­lia, y Conrado le pronostica que su opinión verá refor­zada su razón de ser antes de que pasen siete años. Canto IX: Dante sueña que es atrapado por un águila que lo transporta hasta la Esfera de Fuego, donde am­bos arden. Tranquilizado por Virgilio, se encaminan ha­cia la puerta del Purgatorio que se halla guardada por un ángel. Éste graba con su espada siete pes en la frente de Dante, aconsejándole que se lave (purifique) estas lla­gas cuando esté dentro del Purgatorio. Luego abre la puerta.

Canto X: Una vez franqueada la puerta, ascienden por un estrecho sendero hasta una cornisa o rellano cuya cuesta cavada en la roca es de mármol blanco, esculpido con bajorrelieves que exaltan los ejemplos de humildad. Es en realidad el lugar donde penan los orgullosos, que avanzan encorvados bajo el peso de enormes piedras, me­ditando los ejemplos que les ofrecen los bajorrelieves: la Virgen María respondiendo al ángel Gabriel; el traslado del Arca Santa, ante la cual David no siente vergüenza en danzar; y el emperador Trajano inclinándose para es­cuchar las quejas de una joven viuda.

Canto XI: Los orgullosos rezan, recitando el padrenues­tro. Entre ellos, Omberto Aldobrandeschi, asesinado por los sieneses, Oderisi da Gubbio, el gran miniaturista, y Provenzan Salvani.

Canto XII: Prosiguiendo, Dante ve esculpidos en la cues­ta ejemplos de castigos impuestos a la soberbia: Lucifer, Briareo, los Gigantes, Nemrod, Níobe, Saúl, Aracne, y luego Roboán fugitivo, Erifila, asesinada por su hijo, Se- naquerib, asesinado también por sus hijos, Ciro, asesi­nado por la reina Tamiris; Holofernes, asesinado mien­tras los asirios huyen, y por último Troya reducida a ce­nizas. El Ángel de la Humildad borra una P de la frente de Dante, y conduce a los poetas a una estrecha escala. Canto XIII: En la segunda cornisa unos espíritus invisi­bles pregonan ejemplos de caridad. Aquí penan los envi­diosos, vestidos con un cilicio y con los párpados cosi­dos con alambre: sentados a lo largo de la pendiente, can­tan las letanías de los santos, escuchando, además de los ejemplos de caridad, los de la envidia castigada. Entre ellos está la sienesa Sapia, que se mostró en vida bastan­te más contenta con el mal ajeno que con su suerte. Canto XIV: Al alma del romañolo Guido del Duca, que le pregunta de dónde viene, Dante le indica con una pe­rífrasis el valle del Arno. Otra de las almas, Rinieri da Calboli, se maravilla. Guido le responde que, cualquiera sea el motivo de la reserva de Dante, es justo que no vuel­va a mencionarse el valle del Arno y prorrumpe en una invectiva contra Toscana. Sigue con otra invectiva con­tra Romaña, donde ya no quedan señores corteses y li­berales como en otros tiempos.

Canto XV: Tras dejar atrás al refulgente Ángel de la Mi­sericordia, que borra la segunda P de la frente de Dante, ascienden a la tercera cornisa, en la cual penan los ira­cundos. Dante, como en éxtasis, ve ejemplos de man­sedumbre.

Canto XVI: En medio de un espeso humo avanzan los iracundos, cantando el Agnus Dei. Le habla a Dante el virtuoso Marco Lombardo, explicándole la teoría del li­bre albedrío y la causa de la corrupción en el mundo (el mal gobierno de los pontífices y emperadores). Lombar- día es puesta como ejemplo de mal gobierno y corrup­ción.

Canto XVII: Saliendo de la tercera cornisa, aparecen las visiones de la iracundia castigada. El Ángel de la Man­sedumbre, guardián de la tercera cornisa, borra la terce­ra P de la frente de Dante. Antes de ascender a la cuarta cornisa, Virgilio explica a Dante el ordenamiento moral del Purgatorio.

Canto XVIII: Se presenta una fila de indolentes, que pe­nan en la cuarta cornisa (adonde han subido mientras tanto Dante y Virgilio). Obligados a correr apresurada­mente, estimulándose recíprocamente, se gritan ejemplos de diligencia. Uno de ellos, que sugiere a los poetas la ma­nera de subir a la quinta cornisa, es el abad del monas­terio de San Zenón, en los tiempos de Barbarroja, que pronostica el infierno para Alberto della Scala. Tras es­cuchar algunos ejemplos de indolencia castigada, Dante se adormece.

Canto XIX: Dante sueña con una mujer pálida, bizca y balbuciente, que mientras él la mira se vuelve seductora. Pero Virgilio, asiendo a la mujer, le rasga los vestidos y le muestra su fétido vientre a Dante, que se despierta. Mientras salen de la cornisa, el Ángel de la Diligencia borra la cuarta P de la frente de Dante. Virgilio explica a Dante su sueño, que simboliza en la mujer balbuciente los bienes mundanos, objeto del amor pecaminoso por in­continencia, que es castigado en las cornisas superiores. Llegan, mientras tanto, a la quinta cornisa, donde yacen boca abajo, con las manos y los pies atados, los avaros y pródigos. Se dirige a Dante el papa Adriano V, y le muestra el camino a seguir.

Canto XX: Una voz pregona ejemplos de pobreza y pro­digalidad. Quien así grita es Hugo que, hablando con Dante, maldice a todos los descendientes de los Capeto, haciendo alusión a la venida a Italia de Carlos de Anjou, y a Felipe el Hermoso, que hará prisionero al papa Bo­nifacio VIII y se apoderará de las riquezas de los Tem­plarios. Sigue un terremoto y los ángeles cantan un Glo­ría in excelsis.

Canto XXI: Un alma los saluda cortésmente y explica la razón del terremoto y del cántico: ambos ocurren sólo cuando un alma ya purificada se siente digna de ascen­der a los cielos. El ha expiado su culpa por más de cien­to cincuenta años y solamente ahora ha sentido el deseo de ascender a los cielos. Explica a continuación que él es el poeta Estacio, que vivió en tiempos de Tito, pero que lamenta no haber vivido en los de Virgilio.

Canto XXII: Los tres poetas siguen adelante juntos. A la salida de la quinta cornisa el Ángel de la Justicia borra la quinta P de la frente de Dante. En el camino, Estacio explica que pecó de prodigalidad y que se con­virtió al cristianismo tras haber sido iluminado por las pa­labras de la IV égloga de Virgilio, en la cual éste predice la venida del Redentor. Después pide noticias de Teren- cio, Cecilio, Plauto y Vario. Virgilio le contesta que es­tán en el Limbo, junto a Persio, Homero, Eurípides, An- tifonte, Simónides y Agatón. Llegados a la sexta corni­sa, donde penan los glotones, oyen voces que pregonan ejemplos de templanza.

Canto XXIII: Los glotones están obligados a sufrir de hambre y de sed pasando por debajo de un árbol carga­do de frutos y situado junto a una cascada de agua, y can­tan la plegaria Labia mea, Domine. Entre estas almas Dante encuentra a su amigo Forese Donati.

Canto XXIV: Después de haberle dicho a Dante que Pic- carda Donati, su hermana, está en el Paraíso, Forese le muestra algunas almas: Bonagiunta da Lucca, el papa Martín IV y otros. Dante habla del dolce estil novo a Bo­nagiunta y éste replica que ahora comprende por qué él, Iacopo da Lentini y Guittone d’Arezzo no fueron inclui­dos, al no seguir la verdadera inspiración dictada por el amor. Forese predice seguidamente la muerte ignominio­sa de su hermano Corso Donati. En lontananza Dante ve otro árbol místico, cargado de frutos, hacia los que ex­tienden las manos una multitud de almas. Una voz re­cuerda que dicho árbol deriva del árbol de Adán y Eva, y pregona ejemplos de glotonería castigada. El Ángel de la Templanza borra otra P de la frente de Dante. Canto XXV: Mientras ascienden a la séptima cornisa, Es­tacio explica la teoría de la generación humana, cómo se infunde el alma en él, y su modo de existir después de la muerte. Llegan finalmente a las llamas en las que los lu­juriosos expían sus culpas, intercambiándose besos fra­ternales y cantando Summae Deus Ciementiae: los ejem­plos de pureza citados por ellos son la Virgen María, Dia­na y los cónyuges castos.

Canto XXVI: Los lujuriosos están divididos en dos filas opuestas que cuando se encuentran se abrazan brevemen­te: son los sodomitas y los lujuriosos propiamente dichos, que no supieron poner freno a su naturaleza. En la se­gunda fila Dante encuentra a Guido Guinizelli y le da muestras de veneración y afecto. Pero Guido las esqui­va: a su lado hay otro mayor, Arnaut Daniel. En lengua provenzal, éste le dice que, cantando y llorando, expía sus pasadas locuras.

Canto XXVII: Un ángel que canta Beati mundo corde los invita a atravesar las llamas. Virgilio incita al dubita­tivo Dante recordándole que tras las paredes de llamas encontrará a Beatriz. Una vez superadas las llamas, lle­gan a la escala que conduce al Paraíso Terrenal: allí el Ángel de la Castidad borra la séptima P de la frente de Dante. Es de noche. Dante, Virgilio y Estacio hacen un descanso en su ascensión: a Dante se le aparece en sue­ños una mujer que afirma ser Lía y va trenzando guir­naldas de flores. Al alba, Virgilio le dice a Dante que ha alcanzado ya una voluntad firme y lo deja dueño exclu­sivo de su voluntad.

Canto XXVIII: Dante se adentra con Virgilio y Estacio en la divina floresta. Allí encuentra a una mujer sola que va cogiendo flores, Matelda, cortés y sonriente. Ella, al verlo maravillado, le explica cómo es posible que haya agua y viento en el Paraíso Terrenal. El agua viene de un manantial divino y da origen a! Leteo, que hace olvidar las culpas, y al Eunoe, que reaviva la memoria de las bue­nas acciones cometidas. El viento es provocado por el aire que se origina junto al Primer Móvil.

Canto XXIX: Caminan juntos a lo largo de la ribera del Leteo. Una gran luz y una melodía preparan a Dante para presenciar una procesión mística. Siete candelabros de oro dejan una estela luminosa en la que desfilan de dos en dos veinticuatro señores, después de los cuales apare­cen cuatro animales semejantes a los descritos por el poe­ta Ezequiel. En medio de ellos marcha un carro triunfal tirado por un Grifo. A la derecha del carro vienen dan­zando tres mujeres y a la izquierda cuatro. Tras ellas avanzan dos ancianos y cuatro personajes de humilde as­pecto y otro anciano que camina durmiendo. La proce­sión se detiene delante de Dante.

Canto XXX: Los veinticuatro señores cantan Veni spon- sa de Líbano: Dante ve aparecer entonces, vestida con una túnica color de fuego y verde manto y ceñido el blan­co velo con ramas de olivo, a Beatriz. El poeta se dirige hacia Virgilio para confiarle su turbación, pero Virgilio ha desaparecido. Beatriz cuenta a los ángeles que se ha­llan presentes la historia del extravío de Dante.

Canto XXXI: Dante, ante los nuevos reproches, confie­sa turbado sus culpas. Beatriz invita a Dante, que está con la mirada hacia el suelo, a mirarla: su belleza refulge de tal modo que Dante, apabullado por sus propios pe­cados, se desvanece. Matelda lo sumerje entonces en el Leteo, donde Dante recupera la conciencia. Después lo conduce en presencia de Beatriz.

Canto XXXII: Mientras Dante contempla fijamente a Beatriz, la procesión vuelve atrás en dirección a Oriente. Una vez llegados a un árbol altísimo y desnudo (el árbol del Bien y del Mal), el Grifo ata en él el timón del carro, y el árbol reverdece. Se alza un dulce canto y Dante se adormece. Lo despierta Matelda: la procesión está regre­sando al cielo, Beatriz se encuentra sentada al pie del ár­bol místico en compañía de las siete mujeres que llevan en sus manos los siete candelabros. Volviéndose al carro, Dante ve sucesivamente a un águila abatírsele encima, a una raposa precipitarse dentro del carro y ser expulsada por Beatriz, y abrirse la Tierra entre ambas ruedas, y sa­lir de su seno un dragón que se lleva parte del fondo del carro. Siete cabezas asoman del carro, sobre el que apa­rece una meretriz flagelada por un gigante que desata el carro del árbol y se lo lleva lejos.

Canto XXXIII: Beatriz, afligida por lo ocurrido con el carro, reanuda la marcha precedida por las siete mujeres y seguida por Dante, Estado y Matelda. Beatriz profeti­za a Dante la venida de un nuncio de Dios que dará muer­te a la meretriz y al gigante y lo exhorta para que refiera a los hombres lo que ha visto, en especial lo relativo al árbol desnudado dos veces de hojas, por Adán y por el gigante. A continuación lo invita a beber agua del Eu- noe: guiados por Matelda, Dante y Estacio beben de las dulces aguas del río. Dante se siente renovado y puro, dis­puesto para ascender a las estrellas.

PARAISO

Canto I: Ensalzando la gloria de Dios e in­vocando la ayuda de Apolo, Dante inicia el relato de su ascensión al Empíreo. Al volver del Eunoe ve a Beatriz con los ojos clavados en el Sol: él hace lo mismo, pero luego los quita para mirar fijamente los ojos de Beatriz. Dante percibe la armom’a de las esferas y ve la luz hacer­se intensísima: Beatriz le explica que están ascendiendo a través de la Esfera de Fuego, hacia el cielo, patria y mo­rada de las almas. La ascensión de Dante es un fenóme­no natural, le explica Beatriz, al estar ya purificado de toda mancha.

Canto II: Dante ha llegado con Beatriz al punto del cielo donde está engarzada la Luna, luciente y espesa como un diamante bajo el sol: y pregunta por qué se ven desde la Tierra manchas en la superficie de la Luna. Beatriz le ex­plica la verdadera causa de las manchas.

Canto III: Así como los rostros aparecen evanescentes al mirarlos a través de cristales transparentes o tersos o del agua clara y tranquila, tal aparecen a los ojos de Dante las almas del cielo de la Luna, que está movido por los Ángeles. Entre ellos está Piccarda Donati. Ella le explica que dicho cielo está asignado a los espíritus que faltaron a sus votos. A continuación refiere la violencia con que fue sacada del claustro por unos hombres hechos al mal. Otra alma, explica haber sufrido una vivencia igual al ser obligada a la fuerza a abandonar el claustro por el mundo: es la emperatriz Costanza, madre de Federi­co II.

Canto IV: Dante expone dos dudas a Beatriz: ¿cómo es posible que desmerezcan aquéllos que han infringido sus votos obligados por la violencia? Y, si las almas apare­cen en distintos cielos, ¿es cierta la doctrina de Platón que afirma que las almas retornan a las estrellas de don­de han salido? Beatriz le explica que en realidad todos los Bienaventurados se hallan reunidos en el Empíreo, pero que a Dante se le muestran en los distintos cielos para que tenga una imagen sensible de los diferentes gra­dos de beatitud. En cuanto a la primera duda, aquellos espíritus no opusieron una resistencia absoluta a la vio­lencia. Dante entonces pregunta si las buenas obras no pueden compensar, en parte, los votos quebrantados. Canto V: Beatriz le demuestra la santidad del voto. Lue­go ascienden al cielo de Mercurio, que está movido por las Inteligencias de los Arcángeles. Allí, rodeados de una luz resplandeciente, están los espíritus activos. Uno de ellos se dirige a Dante.

Canto VI: El espíritu es el del emperador Justiniano, con­vertido por Agapito a la fe cristiana. Les narra la histo­ria del águila romana (imperial) desde la época en que fue trasladada por Constantino a Bizancio hasta que lle­gó hasta él, que creó un nuevo ordenamiento jurídico, confiando la tarea de las armas al gran Belisario. Justi­niano glosa las pasadas grandezas del águila romana, dig­na de reverencia desde que murió por su victoria Palan- te. Después de sus conquistas más importantes, afirma que ella vengó la muerte de Cristo con la destrucción de Jerusalén llevada a cabo por Tito y condena las divi­siones entre güelfos y gibelinos. En respuesta a una pregunta de Dante, se refiere a la condición de los bie­naventurados de aquel cielo; éstos son espíritus que en vida se esforzaron por conquistar la gloria. Entre ellos se encuentra el alma de Romeo de Villanova, primer mi­nistro de Ramón Berenguer IV, conde de Provenza, cu­yas hijas hizo casar con otros tantos reyes, marchándose luego de la corte pobre como había llegado.

Canto VII: Una vez desaparecido Justiniano, Beatriz se anticipa a una duda de Dante: ¿por qué ha dicho el em­perador que la muerte de Cristo (que se produjo en justa reparación por el pecado de Adán) fue justamente casti­gada con la destrucción de Jerusalén? Beatriz responde a ello diciendo que si bien el castigo de la cruz fue justo si se considera inflingido a la persona humana de Cristo, fue injusto en cuanto hace referencia a su naturaleza di­vina. Prosigue diciendo que Dios eligió la muerte de su Hijo como medio de redención del género humano por ser la única que comprendía al mismo tiempo misericor­dia y justicia.

Canto VIH: Ascienden al cielo de Venus, movido por los Principados, en el cual salen al encuentro de Dante los espíritus iluminados que fueron amantes del Bien. Se dirige al poeta el alma de Carlos Martel.

Canto IX: Después de haber profetizado a Dante las des­venturas que amenazan a los angevinos, que sin embar­go él no refiere, Carlos se aleja. Entonces se dirige a Cu- nizza da Romano, hermana de Ecelino, la cual en vida sintió una innata inclinación amorosa que, encauzada posteriormente hacia Dios, la llevó a la beatitud. Profe­tiza la ruina que tocará en suerte a las ciudades vénetas rebeldes a la autoridad imperial. Después de ella se acer­ca Folquet de Marsella, el trovador. Este muestra a Dan­te una luz próxima: es Raab, la prostituta de Jericó que favoreció a Josué. Esto da pie a Folquet para lanzar una invectiva contra la Curia, que ha olvidado su misión espiritual.

Canto X: En el cielo del Sol, que es movido por las Po­testades, Dante ve a los espíritus doctos esplender con un fulgor inaudito, dispuestos en tres coronas concéntricas. Uno de ellos es Tomás de Aquino, que muestra al poeta los bienaventurados que componen su corona: Alberto Magno, Graciano, Pedro Lombardo, Salomón, Dionisio Aeropagita, Orosio, Boecio, Isidoro, Beda, Ricardo de San Víctor y Siger de Bravante.

Canto XI: Santo Tomás, tras haber hecho un alto elogio de san Francisco, de quien cuenta en rápidos trazos la vida, se pone a desaprobar la decadencia de los domini­cos, cuya orden fue fundada por un santo bien grande si Dios lo hizo compañero de san Francisco en la salvación de la Iglesia.

Canto XII: San Buenaventura, franciscano, toma la pa­labra, haciendo el elogio de santo Domingo, del cual re­fiere la vida, y concluye censurando la decadencia de los franciscanos, los cuales interpretan la Regla o con exce­siva benevolencia o con rigidez. Por último, muestra a Dante los doce bienaventurados de su corona.

Canto XIII: Santo Tomás resuelve una duda de Dante: ¿por qué, hablando de Salomón, ha dicho «aquél un se­gundo no tuvo»? La perfección es sólo de las criaturas que son obra directa de Dios. Pero la sabiduría que Sa­lomón pidió a Dios, se refería sólo a la que convenía a un hombre de Estado, a un soberano. Por eso no hay contradicción en ello.

Canto XIV\ Beatriz se hace intérprete de una nueva duda de Dante: cómo podrán conservar los bienaventurados su esplendor después de la Resurrección, y si los ojos po­drán soportar tanta luz. A ello responde Salomón que después de la Resurrección alcanzarán un estado de ma­yor perfección, y por tanto esplenderán todavía más, y que los sentidos serán aptos para la beatitud. Dan­te y Beatriz ascienden a continuación al cielo de Marte, que está movido por las Virtudes, donde se encuentran los espíritus militantes, a quienes Dante ve preparándose para formar una cruz luminosa, en medio de la cual bri­lla Cristo.

Canto XV: Los bienaventurados, que cantaban un him­no en alabanza de Cristo, se callan para dar ocasión a Dante de hablar. Viene a su encuentro un espíritu que lo saluda con afecto: se trata de su tatarabuelo Cacciagui- da, que le pide que ruegue por su hijo Alighieri, el cual por el pecado de soberbia está desde hace más de cien años en el Purgatorio; seguidamente se pone a alabar las costumbres de la antigua Florencia. Se refiere a su vida de soldado bajo Conrado III de Suabia, que lo hizo ca­ballero y con el cual combatió en Tierra Santa, donde fue muerto.

Canto XVI: Dante, complacido de la nobleza de su fa­milia, pregunta a Cacciaguida en qué año nació, quiénes fueron sus antepasados, cuántos habitantes tenía enton­ces Florencia, y cuáles eran sus principales familias. Cac­ciaguida responde a sus preguntas.

Canto XVII: Dante interroga entonces a Cacciaguida acerca de su propio futuro. Su antepasado le vaticina el exilio por obra de sus enemigos: amparado por Bartolo- meo della Scala, conocerá a Cangrande, a quien Caccia­guida elogia. Seguidamente exhorta a Dante para que no tenga miedo en referir lo que ha visto en el reino del Más Allá, incluso si ello resulta amargo para algunos, pues sus palabras servirán de lección para todo aquel que sepa reflexionar sobre ellas.

Canto XVIII: Cacciaguida muestra a Dante ocho gran­des espíritus de Marte: Josué, Judas Macabeo, Car- lomagno, Roldán, Guillermo de Orange, Renoardo, Godofredo de Buillon y Roberto Guiscardo. Dante sube después con Beatriz al cielo de Júpiter, regido por las Do­minaciones, y ve allí a los espíritus justos que forman, vo­lando centelleantes, las letras de una sentencia bíblica (Diligite iustitiam, qui iudicatis terram) y la figura de un águila. Dante, al verla, reflexiona acerca de la justicia en la Tierra y lanza entonces una invectiva contra la curia romana y el mercado que preside la Iglesia.

Canto XIX: Habla el águila, expresando el pensar de to­dos los bienaventurados que la forman, y demuestra a Dante, que deseaba saber si quien no pudo conocer la fe cristiana debe ser condenado, la inescrutabilidad de la justicia divina: aunque sin fe no exista salvación, muchos de aquéllos que tienen a Cristo en la boca el Día del Jui­cio estarán más lejos de él que los que nunca lo co­nocieron.

Canto XX: El águila muestra luego a Dante los espíritus que componen su ojo: David, Trajano, Ezequías, Cons­tantino, Guillermo de Sicilia, y el troyano Rifeo, acla­rándole a continuación sus dudas acerca de la salvación del emperador romano y del héroe pagano.

Canto XXI: Dante y Beatriz ascienden al cielo de Satur­no, que está movido por los Tronos. Por una escala dorada 0a escala de Jacob) suben y bajan los espíritus contemplativos. Uno de ellos se detiene junto a Dante ex­plicando que, así como Beatriz no sonríe, ellos no can­tan porque Dante no podría soportar la belleza del Pa­raíso en todo su esplendor, esplendor que va en aumen­to. Explica, por otra parte, que él fue el cardenal Pietro Damiano de Fonte Avellana y que vivió una vida de pe­nitencia en una ermita al pie del monte Catria. Concluye censurando el lujo en que viven los prelados.

Canto XXII: Se adelanta seguidamente san Benito, que cuenta brevemente su vida y la institución de su Orden. Muestra entre los demás espíritus a san Macario y a san Romualdo, y termina desaprobando la decadencia de las órdenes monásticas y en particular la de los benedictinos. Beatriz empuja luego a Dante por la escala dorada hacia el cielo de las Estrellas Fijas, movido por los Querubi­nes. Al encontrarse en la constelación Géminis, Dante ruega a estas estrellas, bajo cuyo signo ha nacido. Deba­jo de él ve los siete cielos y la Tierra, pequeñísima; la Luna sin manchas; el Sol, cuyo fulgor consigue sopor­tar, y todos los demás planetas.

Canto XXIII: Beatriz se dirige al medio del cielo, donde, entre millares de luces, Dante ve un sol deslumbrante des­de el que se transparenta la figura de Cristo, tan lumi­nosa que el poeta no puede soportar su vista. También el rostro de Beatriz resplandece de tal modo que supera toda descripción. Dante vuelve a dirigir la mirada a los bienaventurados en medio de los cuales distingue, ahora que Cristo ha ascendido de nuevo al Empíreo, a la Vir­gen María; encima de ella, en forma de corona lumino­sa, desciende el Arcángel Gabriel. La Virgen María re­gresa con él al Empíreo acompañada por las miradas de todos los bienaventurados.

Canto XXIV: Los bienaventurados, invitados por Bea­triz a que den un poco de su sabiduría a Dante, lo ro­dean llameando cual cometas. A ruegos de Beatriz, san Pedro interroga a Dante acerca de la Fe. Preguntado so­bre qué es la fe, si la tiene, de dónde le viene y por qué cree que las Sagradas Escrituras están inspiradas por Dios, Dante responde tan lúcidamente que se gana la aprobación de san Pedro, quien le pregunta, por último, en qué cosas cree y por qué. También acerca del objeto de su fe responde Dante adecuadamente, y san Pedro lo bendice dándole su aprobación.

Canto XXV: Mientras, se les acerca otra luz, la del após­tol Santiago, invitado por Beatriz, para examinarlo acer­ca de la Esperanza. A las preguntas de qué es la Espe­ranza, si la posee y de dónde le viene, Dante responde con seguridad. Y lo mismo hace con la pregunta siguien­te: qué le promete la Esperanza. También el apóstol San­tiago muestra su aprobación a Dante. Se suma al grupo san Juan, que declara ser falsa la leyenda de que él está en el Paraíso sólo en cuerpo. Él resucitará junto con los otros bienaventurados.

Canto XXVI: San Juan examina a Dante acerca del ob­jeto de la Caridad y de las razones que lo han llevado a amar a Dios, a lo que Dante responde ganándose su apro­bación mientras todos los bienaventurados elevan un cán­tico de alabanza a Dios. Dante ve una luz junto a los tres apóstoles: es Adán, el primer hombre creado por Dios. Dante se inclina ante él con reverencia y le pregunta cuán­to tiempo hace que fue creado; cuánto tiempo permane­ció en el Paraíso Terrenal; cuál fue el pecado que provo­có la ira de Dios; y cuáles fueron sus palabras, preguntas a las que Adán responde.

Canto XXVII: San Pedro lanza una violenta invectiva contra la corrupción de los pontífices, nombrando a Juan

 

XXII y al gascón Clemente V, que se están aprovechan­do del patrimonio adquirido con la sangre de los márti­res. Mientras los bienaventurados regresan al Empíreo, Dante asciende con Beatriz al Primer Móvil, cuyas inte­ligencias motrices son los Serafines. Después de haberle descrito el movimiento del universo, Beatriz deplora la corrupción de la Humanidad.

Canto XXVIII: En los ojos de Beatriz se refleja un pun­to luminoso en torno al cual ruedan nueve círculos de fue­go. El punto luminoso es Dios, y los nueve círculos los órdenes angélicos, que muévense tanto más veloces cuan­to más cerca se hallan del objeto de su amor. Estos apa­recen de amplitud inversa a la de los cielos, pero la corres­pondencia entre círculos angélicos y cielos debe ser valo­rada por la intensidad de la virtud que los mueve, y no por su amplitud aparente. Luego Beatriz explica a Dante el orden de los coros angélicos, distribuidos en tres jerarquías.

Canto XXIX: Beatriz explica a Dante que los ángeles fue­ron creados por Dios no para acrecentar su beatitud, sino para poner de manifiesto su bondad. No bien creados, una parte de los ángeles se precipitó a la Tierra a causa de la soberbia de Lucifer, mientras que los demás fueron incapaces de pecar. Beatriz se lamenta a continuación de los malos predicadores, que se extravían en abstru- sas imaginaciones. Y, por último, afirma que el nú­mero de los ángeles es inconcebible y que, recibiendo la luz de Dios de diferentes maneras, arden de amor más o menos intenso.

Canto XXX: Dante y Beatriz están en el Empíreo y la be­lleza de Beatriz ha aumentado hasta el punto de que tras­ciende la inteligencia humana. Delante de ellos corre un río de fúlgida luz entre dos márgenes cubiertas de flores, y que adopta paulatinamente forma circular mientras las ñores y las centellas que salen del río se transforman en ángeles y bienaventurados. En aquella luz, provenienté de Dios, se reflejan los bienaventurados dispuestos en mil escalones circulares que forman la imagen de una rosa. Dante es conducido por Beatriz al centro de la Rosa celeste.

Canto XXXI: Llegados a la tercera grada de la Rosa, mientras Dante contempla los ángeles que se esparcen en­tre Dios y los bienaventurados, Beatriz vuelve a su asien­to silenciosamente. Dante encuentra en su sitio a san Ber­nardo. Lleno de reconocimiento hacia Beatriz que le sonríe de lejos, Dante mira en la dirección que le señala san Bernardo y ve a la Virgen María en medio de milla­res de ángeles, y de bienaventurados a los que enciende de alegría.

Canto XXXII: San Bernardo señala a Dante los bien­aventurados de la Rosa Celeste: a los pies de María, Eva, y más abajo en el tercer orden, Raquel y Beatriz; debajo de ellas Sara, Rebeca, Judit y Ruth; a la izquierda de la Virgen, aquellos que creyeron en el advenimiento de Cris­to; a la derecha, los que creyeron en Cristo descendido al mundo; enfrente, san Juan Bautista, san Francisco, san Benito, san Agustín y otros más. En la mitad infe­rior de la Rosa están las almas de los niños salvados no por mérito propio sino por el de sus padres. Delante de la Virgen está el Arcángel Gabriel, que abre las alas can­tando el avemaria. A la izquierda de María están Adán, a su derecha san Pedro y, junto a él, san Juan Evange­lista. Enfrente de Adán se encuentra santa Lucía, que so­corrió. a Dante.

Canto XXXIII: San Bernardo, dirigiéndose a la Virgen, la ensalza con elevadísimas y sencillas palabras, que evo­can el milagro de la Encarnación, y le ruega que haga que Dante, gracias a su intercesión, pueda gozar de la vi­sión de Dios. La Virgen, posando benevolentemente sus ojos en san Bernardo, asiente levantando acto seguido los ojos a Dios. Cuando san Bernardo invita a Dante a mirar a lo alto, él está ya mirando fijamente a aquella que es la única verdadera luz. Ve la forma universal (la unidad de Dios) y la Santísima Trinidad, en forma de tres círculos de distintos colores, el primero de los cuales pa­rece reflejarse en el otro, y el tercero, semejante al fue­go, parece nacer de los otros dos. El segundo de los tres círculos se le aparece pintado con la efigie humana y él trata con todas sus fuerzas de comprender aquella visión (la Encarnación), cosa imposible de lograr sin una ilumi­nación imprevista que permite a su mente cumplir lo que desea. Pero ya el amor que todo lo mueve dirige el deseo y la mente de Dante igual que una rueda que es movida por un movimiento uniforme.