Con el título de Himnos se designan los «contacios» que constituyen la flor más perfecta de la himnografía bizantina, obra de Romano el Mélodo, hebreo de Siria convertido al cristianismo y que vivió por lo menos hasta el año 555. Quedan de él poco más de cuarenta «contacios» auténticos, algunos de ellos todavía inéditos. Pero cuanto hasta ahora se conoce basta para asegurar la gloria de Romano y confirmarle el título de «príncipe de los mélodos» que le dieron los antiguos. La inspiración de Romano es exclusivamente religiosa, y para comprender el valor de sus composiciones hay que tener presente que se ejecutaban en la iglesia, ante el pueblo fiel, durante las funciones litúrgicas, de las que constituían una parte. La leyenda relataba también que la inspiración de Romano era debida a un milagro: una Nochebuena había de componer un himno para una festividad religiosa y estaba muy afligido porque desesperaba de su capacidad; se durmió y en sueños se le apareció la Virgen, que le ordenó tragar un rollo de pergamino. Pareció a Romano que obedecía a la orden, y al despertarse, se sintió de pronto tan inspirado que compuso aquella «Navidad» que es considerada, con razón, su obra maestra. En la piadosa leyenda reside todo el significado de la poesía de Romano y también, quizá, la humildad del poeta, que atribuía únicamente a la Virgen su propia obra.
Los temas, tratados con cierta monotonía, que constituyen, con todo, un poderoso atractivo, no salen de los acostumbrados asuntos en las varias fiestas del año: son celebérrimos el «Himno de Navidad», la «Presentación en el templo», etc. La métrica, liberada ya de las leyes de la prosodia, es la comúnmente usada en aquella época, a base del acento dinámico de las palabras y del número de sílabas, y su armonía está íntimamente ligada al elemento musical. Cada himno, llamado «kontakión», y precedido por un prólogo de una o dos breves estrofas, llamadas «kukulión», resulta compuesto de un número de estrofas que oscila entre 18 y 24, raras veces más, cada una de ellas seguida de un estribillo de dos o tres versos, que entonaban los fieles. Son frecuentes las asonancias y los acrósticos, constituidos por las iniciales de la primera palabra de cada verso, o, más a menudo, por las del primer verso de cada estrofa: éste es simplemente alfabético, por lo que el número normal de 24 estrofas, o forma el nombre del autor, o algún dato relativo a su persona o al tema de la poesía. El estilo es elevado, íntimamente poético, especialmente donde Romano deja libre vuelo a su sentimiento religioso, sin entrar en polémicas teológicas, como a menudo ocurre. Pero lo más singular es que el carácter lírico de la evocación resulta eficazmente renovado por una forma íntimamente dramática, en la cual las personas del relato adquieren un relieve y un vigor mucho mayores y constituyen verdaderamente una primera tentativa de aquel «teatro sacro» que tanto gustaba a los bizantinos y que tan gran desarrollo adquirió en la literatura occidental.
R. Cantarella

