Ester

Libro del Antiguo Testamento (v. Biblia), de autor descono­cido, que ha llegado hasta nosotros en dos redacciones, una hebrea, original, y otra griega; esta última mucho más difusa y substancialmente acogida después en la Vulgata (v.). El episodio que se cuenta en ella se debe colocar bajo el reinado medopersa de Jerjes I (485-465 a. de C.). Ester había sucedido como esposa de Jerjes a la reina Vasti, repudiada. Elevada a la dignidad de reina, oculta su origen hebreo; en tanto, también su tío Mardoqueo, por haber des­cubierto una conjura urdida contra el sobe­rano obtiene la entrada en el palacio real.

Pero he aquí que, a consecuencia de un malvado consejo del receloso primer mi­nistro Amán, el rey decreta el exterminio de los hebreos (478). Ester instruida por su tío, interviene entonces cerca del rey en favor de sus connacionales, aunque nin­guno, bajo pena de muerte, pueda presentarse ante el rey sin haber sido llamado. Como epílogo de la valerosa diplomacia de Ester, Amán es ajusticiado con el suplicio reservado a Mardoqueo, y el pueblo hebreo que se queda en Babilonia, se ve librado de las vejaciones e injurias infligidas por los paganos nacionalistas.

El episodio debe considerarse substancialmente histórico aun­que con episodios ficticios, y no como sim­ple parábola en honor de la arrogancia hebrea. La narración es de una sencillez dramática, a veces hasta realista por el cuidado minucioso de los detalles; su sig­nificado, particularmente en la edición grie­ga, es que Dios ayudará siempre a su pue­blo si éste, aun en los casos extremos, sabe mantener su fe en Él. El libro de Ester, en la versión hebrea, es el último de los cinco libros que se leían en la fiesta de los tabernáculos instituida en recuerdo de las maravillas obradas por el Señor en el de­sierto, después del milagroso paso del mar Boj o. Fue siempre considerado auténtico tanto por la Sinagoga como por la Iglesia.

G. Boson

*   Varias veces el teatro del Renacimiento y del siglo XVII ha tratado los episodios salientes de la Historia Sagrada, y así Ester es heroína de varias tragedias. Entre las principales es conocida en Italia Esther, tragedia de Federig Della Valle (1565?-1629?) publicada en Milán junto con Judit (v.) en 1627. También aquí la tradición bíblica es seguida muy fielmente, con el atentado contra los hebreos y el tío Mardoqueo, efec­tuada por el perverso Amán, ministro del rey Asuero, la intercesión de Ester, hermosa reina hebrea, y el castigo final de Amán. La originalidad y el valor poético de la tragedia deben buscarse en el fino análisis psicológico, que hace de Amán, más que un malvado, un servidor enamorado y celoso, hasta la injusticia y la propia perdición, de su cargo y de su señor; de Ester, una dulce figura de mujer llena de humana piedad, de mesurado y melancólico desprendimien­to; de Asuero, un sensual y caprichoso déspota oriental rápida y característicamen­te retratado. También de esta obra, como de Judit y la Reina de Escocia (v.) (las otras dos tragedias principales de Della Valle) se exhala un aura de profunda se­riedad moral que contribuye no poco a des­viar el juicio demasiado riguroso que se ha hecho del XVII italiano, hacia una apreciación más justa.

G. Bassini

*     El tema de la salvadora de Israel fue tratado también por el poeta y dramaturgo español Lope de Vega (1562-1635) en su tragicomedia en tres actos La Hermosa Es­ter, que apareció en la Parte XV… de sus comedias (Madrid, 1621). Por el plan de la obra y por su estructura es muy seme­jante a Historia de Tobías, y Menéndez Pelayo ha llegado a afirmar que es la me­jor comedia bíblica de Lope de Vega. La fuente de la obra de Lope es únicamente el Libro de Esther. De este tema tan di­fundido en las literaturas europeas, encon­tramos en España tres testimonios anterio­res a Lope: Auto del rey Asuero cuando despidió a Vasti, Auto del rey Asuero cuan­do ahorcó a Amán (en realidad primero y segundo acto de una sola pieza, conte­nidos en un códice de la Biblioteca Nacio­nal de Madrid) y Poema de la reina Ester en sexta rima, de Joan Pinto Delgado (Ruán, 1627). Con posterioridad a Lope en­contramos Amán y Mardoqueo o la horca para su dueño, obra de intención judaizan­te del Dr. Godínez.

*   Sobre todas se eleva la Esther, tragedia bíblica en tres actos de Jean Racine (1639- 1699), representada en 1689 en Saint-Cyr por las pensionistas de aquel colegio, fun­dado por la señora de Maintenon. La esce­na se desarrolla en Susa (Persia). El rey Asuero ha repudiado a su esposa Vosti (Vasti) y entre todas las muchachas que le han presentado ha escogido a Ester que oculta su origen hebreo y ha sido hecha reina. Al comienzo de la acción, Ester se entera por su tío Mardoqueo, que ha ido a verla secretamente, de que el rey ha ordenado la muerte de todos los hebreos que haya en Persia, incitado a ello por el ministro Amán, enojado contra Mardoqueo, por ser el único, de entre todos los súb­ditos, que le niega el homenaje servil.

Mardoqueo la incita a revelar su nacimien­to y a salvar a los hebreos. Mientras Amán alimenta su venganza, el rey que en una noche de insomnio ha mandado que le lean los anales de su reinado y ha recordado así lo que debe a Mardoqueo por la con­jura que le había descubierto, y a quien no ha recompensado todavía, quiere premiarlo ahora. Pregunta a Amán cuál es la re­compensa más alta que un rey pueda atri­buir a un súbdito benemérito, y el ambicioso creyendo que lo dice por él, le aconseja de que le mande ir por la ciudad, adornado de púrpura y diadema y montado en uno de los corceles reales. Ese honor ordena Asuero para Mardoqueo. Ester pide tener junto a sí en la mesa al rey y a Amán. Esta acción consuela al ministro, abruma­do por el honor que él mismo ha tenido que preparar para el hebreo. En el ban­quete, Ester declara su origen, dice la glo­ria del verdadero Dios, la historia del pueblo hebreo, los horrores, las desventu­ras, las esperanzas puestas de nuevo en Asuero, y que habían defraudado las ca­lumnias de Amán.

Éste implora a Ester pero el rey le condena a la horca ya pre­parada para Mardoqueo, el cual ocupará el cargo de Amán. Se concede plena libertad a los hebreos. Un prólogo dicho por la Piedad, abre la obra; cada acto se cierra con un coro, cantado por jóvenes hebreas, a las que Ester tiene escondidas en el pa­lacio; otro coro está en la mitad del se­gundo acto. La música era de Jean Baptiste Moreau. Al volver al teatro al cabo de doce años, después de convertirse a la más rígida piedad, Racine escogió un asunto religioso, y sacó de él un espectáculo pia­doso, profano y regio al mismo tiempo. En la obra se atenúan los crudos colores orientales del original bíblico, se suprime la visión de la matanza de los enemigos de los hebreos. Acentuada la crueldad de Amán, Asuero es presentado menos capri­choso y feroz, y el final está expuesto como un justo castigo a la pérfida ambición. Es casi una tragedia política, iluminada por la gracia de Ester, envuelta en ternura de lirismo religioso. Aquí es donde mejor se acerca Racine a los griegos, por los coros, y porque la religión está en el centro del drama. Falta el profundo realismo psico­lógico de las tragedias profanas, puesto que Dios guía toda la acción; pero la gracia de Ester es raciniana, hermana de sus otras afables heroínas; el tono es raciniano en todo momento.

V. Lugli

Racine ha encontrado la altura perfecta de la tragedia, la de los grandes delitos, aquella en que las almas negras vuelan con alas desplegadas a su extremo límite. (Giraudoux)

*   Muchos años más tarde, en 1791, fue impresa en Madrid una tragedia, Mardoqueo, obra de Juan Clímaco Salazar, jesuita expulsado en tiempos de Carlos III. Esta obra manifiesta una influencia directa de Jean Racine, y en el fondo no es otra cosa sino un drama alusivo a la política antirreligiosa de su tiempo: Amán es un ministro librepensador bajo cuya figura se adivina al conde de Aranda; la reina Esther, asimismo, es un símbolo de la reina María Luisa, etc.

*   El vienés Franz Grillparzer (1791-1872) esbozó un drama, Esther, que ha quedado incompleto. Como otras muchas obras de Grillparzer también ésta procede vagamente de Lope de Vega. De los fragmentos que nos han llegado, el más notable es un diálogo entre Asuero y Ester; el autor se proponía representar por medio de los personajes las ruinas que siembra en el corazón del hombre, la vanidad del poder y del placer.

*   En 1948 se publicó en Barcelona la Primera Historia d´Esther. Improvisació per a titelles. [Primera historia de Esther. Improvisación para títeres], obra del poeta y narrador catalán Salvador Espriu (n. 1913) en la que se funden en una acción do­ble y simultánea los personajes del mundo del autor con los de la historia bíblica. Por su lirismo, por su intención satírica, por la perfección del estilo, esta obra es una de las más importantes — por no decir la mejor— de la literatura catalana de post­guerra. Representada en 1957.

*   La música para los coros de la trage­dia de Racine fue compuesta por Jean Baptiste Moreau (1656-1739); aún sin elevarse del término medio del gusto por entonces dominante denota una sabia elaboración en las sonoridades refinadas de la orquesta; el coro «O rives du Jourdain», es una página que puede figurar junto a las composiciones de los más grandes maestros del siglo.

*  Entre las muchas obras musicales con este título son dignas de recordar la Esther de Nikolaus Ordam Strungh (1640-1700), representada en Hamburgo hacia 1679, y sobre todo la Esther de Georg Friedrich Hándel (1685-1759), tragedia rica en alien­to bíblico y que fue el primer «masque» de Hándel. Fue estrenada en Londres en 1720 y en aquella primera versión tenía por título Hamman and Mordecai. Refun­dida, y con el título de Esther, fue repre­sentada en 1732. Hándel todavía aportó a ella algunas variantes por los años 1734- 1737.

*   Son de recordar, además, la Esther obra de Domenico Sarro (1679-1744), re­presentada en 1734; la Esther obra de Angelo Tarchi (1760-1814), publicada en Florencia en 1792; la obra Esther, princesa de Israel de Antoine Mariotte (n. 1875), representada en 1925 .

*  Varios oratorios han sido compuestos con el mismo tema; entre los más notables están el de Alessandro Stradella (1645-1682), Giuseppe Maria Orlandini (1688-1750), An­tón Maria Sacchini (1730-1786), Karl Ditters (1739-1799). Músicas de escena para la tragedia de Racine escribieron además de Jean-Baptiste Moreau, Josep Kozlowski (1757-1831), Adolph Samuel (1824-1898), Liou Jouret (1828-1905).

*   El relato de Ester ha tenido también una rica iconografía; entre las principales pinturas recordemos las de Harmenszoon Rembrandt (1606-1669), de Claude Lorrain (1600-1682), de Nicolás Poussin (1594-1665), de Paul Rubens (1577-1640), Paolo Veronese (1528 – 1588), Jacopo Tintoretto (1512- 1594).