Comprenden muchos tratados con los que el gran Santo (hacia 347-420) tomó parte en todas las controversias religiosas de su tiempo, mostrando en ellas una punzante dialéctica y un ímpetu a menudo agresivo en el ataque personal. La primera en orden del tiempo es la Disputa de un luciferino y de un ortodoxo [Altereatio Luciferiani et Ortodoxi], escrita por San Jerónimo, con toda probabilidad, en Antioquía hacia el 378-79.
La obra se presenta como reseña de una controversia pública entre el luciferiano Eladio y un católico anónimo. Los luciferianos, llamados así por Lucifer, obispo de Cagliari, eran cismáticos separados de la comunión de la Iglesia porque ésta, en el concilio de Alejandría (362), había readmitido a la comunión a los obispos que, durante la persecución de Constancio con ocasión del concilio de Rímini, se habían amoldado a la política arriana del emperador. En la disputa el interlocutor ortodoxo refuta las objeciones de los cismáticos, demuestra la inconsistencia de su distinción entre laicos y eclesiásticos a los efectos de la penitencia y la enormidad de las sanciones que ellos propugnaban para los penitentes. En una segunda parte, siguiendo las actas del concilio de Rímini, expone los orígenes del cisma luciferiano y refuta los ataques del diácono romano Hilario, principal representante de la secta.
El diálogo, que revela todavía cierta inexperiencia polémica, es llevado en un tono de moderación que San Jerónimo no practicará en sus futuras controversias. Una afilada dialéctica muestra, por el contrario, el tratado Contra Helvidio [Adversus Helvidium], escrito por San Jerónimo en Roma en 383 y dirigido contra un tal Helvidio, personaje poco conocido (tal vez discípulo de Ausencio, obispo arriano de Milán), el cual, en un opúsculo, había querido demostrar que María, madre de Jesús, virgen hasta el momento del nacimiento de éste, inmediatamente después había iniciado las naturales relaciones matrimoniales con San José, del cual, según él, tuvo varios hijos, según las leyes de la naturaleza; protestaba contra la exaltación de la virginidad y del ascetismo, afirmando que ante Dios tanto valor tiene el estado de vida continente como el de vida conyugal. La obra de San Jerónimo, en veinticuatro capítulos, verdadero modelo de polémica viva e hiriente, revela un conocimiento muy grande de los textos evangélicos, a base de los cuales demuestra San Jerónimo la inconsistencia de la tesis de Helvidio contra la virginidad de María, dando de algunos pasos evangélicos de dudoso sentido, una interpretación que se ha convertido — como justamente observa De Labriolle— en tradicional en la Iglesia católica (la cuestión de los llamados «hermanos» de Jesús; el calificativo de «primogénito» en vez de «unigénito» dado a Jesús por los Evangelios).
San Jerónimo pasa luego a refutar la idea de igualdad del estado virginal con el matrimonial. La obra es el primer tratado de Mariología —y en ciertos aspectos el definitivo— y tiene una notable importancia en la historia del ascetismo cristiano, entonces en auge precisamente gracias — sobre todo — a San Jerónimo. Sigue el tratado Contra Joviniano [Adversus Jovinianum], constituido por dos libros escritos por S. Jerónimo en Belén, en 393, por deseo de Hamaqueo, sobrino de Paula. También esta obra, al igual que la precedente, es un testimonio de la hostilidad que en muchos medios cristianos suscitaba la revolución ascética y monástica que iba extendiéndose durante los siglos IV-V, como reacción al reconocimiento de la Iglesia cristiana por parte del Imperio.
Joviniano era un monje que en un escrito suyo se había alzado contra los excesos del ascetismo oriental; a pesar de que su doctrina había sido condenada en Roma (390) por el papa Siricio y en Milán (391) por San Ambrosio, gozaba de cierto favor: de hecho no pasaba de ser una interpretación de la moral cristiana, en la cual todo esfuerzo individual era prácticamente sustituido por un fideísmo que daba una justificación teórica a la negligencia y debilidad morales; y que se reducía a un nivelamiento desde abajo, mediante el cual el ideal cristiano perdería todo su valor de camino hacia el mejoramiento moral y social. Joviniano exaltaba especialmente la obra redentora de Cristo y afirmaba que la eficacia de ésta alcanzaba a los hombres exclusivamente por los méritos de Cristo. El bautismo colocaba a todos los cristianos en un estado de igualdad absoluta en la tierra y en el más allá. Todo aquel que era bautizado y se mantenía fiel al bautismo (y no podía dejar de serlo puesto que el bautismo hacía al hombre inexpugnable al demonio), todo aquel que por este motivo no cometía ya más culpas graves, tenía derecho a la misma recompensa celestial. Ante esta igualdad, no tenía razón de ser, y era indiferente y sin motivo cualquier desigualdad que pudiese establecer entre los cristianos un distinto estado de vida.
Vírgenes, viudas, mujeres casadas, tenían los mismos méritos; no debía atribuirse ningún valor especial a su estado; tampoco al ayuno: era perfectamente inútil ayunar o comer según el apetito de cada cual, abstenerse de ciertos guisos o hacer uso de ellos. La respuesta de San Jerónimo, una de sus obras más brillantes y cuidadas, con un derroche de erudición sagrada y profana y un juego polémico lleno de satírica vivacidad, insiste especialmente en las consecuencias de la actitud moral de Joviniano más que en sus supuestos teóricos. La totalidad del primer libro está destinada a refutar la proposición de que vírgenes, viudas y casadas, en igualdad de obras, tengan «los mismos méritos después de haber sido bautizadas; en el segundo libro se extiende, sobre todo, sobre el valor de la abstinencia ascética. La obra, divulgada rápidamente en Palestina y en todo el Occidente, suscitó la reacción de los ambientes medios, ya que inmediatamente fue conceptuada — como de hecho es —, más que como una defensa de los méritos que se consiguen a través de la continencia y el celibato, como violenta diatriba contra el matrimonio y la vida conyugal. San Jerónimo tuvo que defenderse: véanse sus cartas L (a Domnio) y XLVIII-XLIX (Apologético a Pamaquio).
De la producción polémica del Santo forman parte también los Escritos durante la controversia, orí- genista. Esta controversia, que cronológicamente queda situada entre el 393 y el 402, es ciertamente la página más ruidosa en la vida de San Jerónimo y dio ocasión a una serie de obras, que son, sin duda alguna, sus escritos polémicos más notables. A fines del siglo IV la figura y la obra de Orígenes, no sólo en el campo de la exégesis escriturística, sino también en el más estrictamente teológico, eran admirados por todo el mundo, a pesar de que, de vez en cuando, se levantaron voces de disconformidad. El mismo San Jerónimo había demostrado abiertamente su admiración por el gran pensador alejandrino. Pero, desde 374 San Epifanio, obispo de Sala- mina, insigne por la santidad de su vida y por su erudición, pero también por la mediocridad de su inteligencia, inició contra Orígenes una violenta campaña. En 393 San Jerónimo, invitado a renegar de los errores de Orígenes, lo hizo explícitamente.
Rufino, un monje amigo del santo y gran admirador de Orígenes, se negó, por el contrario, a ello; el mismo, obispo de Jerusalén, Juan, se negó, aunque condenando algunos errores, a dictar un anatema formal contra Orígenes. Epifanio invitó entonces a los monjes de Palestina — que nombraron jefe a San Jerónimo — a excomulgar a Juan, y, creando una situación de hecho que iba a influir notablemente en el ulterior desarrollo de la polémica, ordenó sacerdote al hermano de San Jerónimo, Pauliniano, a pesar de que éste dependía de la jurisdicción eclesiástica del obispo de Jerusalén. Además, en una carta que le escribió a este último, lo invitó formalmente a pronunciar una condena definitiva del origenismo. La epístola, escrita en griego, fue traducida al latín por San Jerónimo. Juan y Rufino desde este momento vieron en San Jerónimo a un decidido partidario de la lucha contra Orígenes. Los amigos de S. Jerónimo en Roma pidieron explicaciones. Data del 395-396 una primera epístola de S. Jerónimo (epístola LVII o Libellus de optimo genere interpretandi) para justificar su traducción.
Juan, después de una fracasada tentativa de pacificación (396) con los monjes de Palestina, considerados por él como rebeldes a causa de la ordenación de Pauliniano, envió a Roma una apología de su propia obra, apología que impresionó muchísimo a los medios eclesiásticos romanos. S. Jerónimo, por toda respuesta, en otoño del mismo año, escribió un libelo Contra el obispo de Jerusalén [Contra Iohannem Hierosolymita– num] comprometiéndose a fondo con el antiorigenismo y haciéndose eco — por vez primera sin reservas — de las acusaciones y de las condenas formuladas por San Epifanio: el tono de la obra, violento, áspero, decididamente parcial y no exento de ataques personales, puede justificarse solamente por la vivacidad de la lucha y la exasperación. Un nuevo intento de pacificación entre S. Jerónimo y Juan (397) tuvo finalmente éxito. Da fe de ello la carta LXXXIII de San Jerónimo (escrita a fines de 396 o a principios de 397) a Teófilo. Pero la polémica iba a renovarse más ásperamente. Rufino, que hasta este momento había permanecido relativamente en la sombra, parte este mismo año de 397 hacia Italia. Pero tan pronto como llegó cambió la actitud.
En 398 empezó en Roma la traducción de la obra sistemática más importante de Orígenes, [De principiis], modificando y atenuando todo lo que en la teología de Orígenes pudiera molestar la susceptibilidad de los latinos; además, en el prefacio, con un artificio de discutible honradez, se presentó como el continuador de la obra de San Jerónimo, tomando como testimonio, para su método de traducción, la autoridad y el ejemplo de aquél: la cosa le era fácil, ya que antes del inicio de la controversia, San Jerónimo había, en efecto, traducido muchas homilías de Orígenes (sobre Jeremías, Ezequiel, Isaías, Cantar de los Cantares y San Lucas) y, por lo menos en diez ocasiones, había llegado a hacer sin reservas su panegírico. S. Jerónimo, advertido, preparó una versión literal del De principiis (versión llevada a cabo hacia 398-399 y hoy día perdida) de la cual se desprendían claramente los errores de Orígenes y la mandó a sus amigos de Roma, acompañándola con una carta (la LXXXIV a Pamaquio y a Océano); al mismo tiempo escribía directamente a Rufino, que por aquel entonces habíase trasladado a Aquileya (carta LXXXI), procurando, en términos moderados, justificarse y asegurando que había alabado a Orígenes solamente como exégeta y no por su doctrina (compárese también la carta, siempre de la misma época, LXXXV a San Paulino de Nola).
El papa Anastasio condena el origenismo; acusaciones de todas clases caen sobre la cabeza de Rufino, que en 401 publica su propia Apología, en la cual, más que defenderse de las acusaciones de origenismo (incluso parece arrojar por la borda a Orígenes), intenta invertir la acusación para que recaiga sobre San Jerónimo, respecto del cual se expresa en términos muy vivos y con una argumentación verdaderamente eficaz. San Jerónimo contesta con una Apología en 2 libros (la llamada Apología prima, de 401) a los que hace seguir un tercer libro (la llamada Apología altera), el año siguiente, después de haber recibido de Rufino una breve carta de réplica. Estos son, sin duda alguna, los dos escritos en los cuales San Jerónimo ha desplegado de una manera más viva sus dotes de polemista. No todo en sus argumentaciones, despojadas de los ataques personales, nos parece hoy justificado por la lógica y la realidad de los hechos. Es cierto, empero, que los golpes asestados por San Jerónimo contra su adversario tuvieron el poder de hacerle caer definitivamente y oscurecer su memoria de una manera quizá no del todo justificada.
Es notable también el Contra Vigilando [Contra Vigilantium). Vigilando era un sacerdote de la Galia que, peregrino a Tierra Santa, había sido cariñosamente acogido por San Jerónimo. Pero, cuando se marcho, correspondió a la cordial acogida difundiendo sobre San Jerónimo conceptos que nada tenían de amistosos. El año 404, habiendo un sacerdote, Ripario, denunciado a Vigilancio por su actitud contra el culto de los mártires, San Jerónimo escribe desde Belén una breve carta (CIX) de invectiva contra Vigilancio. Dos años después San Jerónimo tuvo en sus manos por conducto del diácono Sisinio, una carta de Ripario y Desiderio, en la que los errores de Vigilancio eran expuestos con mayor claridad. Vigilancio atacaba el culto de los mártires y de sus reliquias, protestaba contra las vigilias celebradas junto a sus tumbas (de ahí el apelativo irónicamente dado por S. Jerónimo a su adversario: Dormitancio), negaba la eficacia de la intercesión de los santos después de su muerte, atacaba el celibato del clero, calificaba de herética la continencia y criticaba la cesión de los bienes propios a favor de los pobres.
San Jerónimo contestó inmediatamente con un opúsculo extremadamente violento y lleno de acusaciones personales. Al desventurado adversario no le quedaron fuerzas para replicar. última obra polémica de San Jerónimo es el Diálogo contra los pelagianos [Dialogus adversus Pelagianos], escrito en 415 a petición de San Agustín, en pleno fervor de la polémica antipelagiana. Dos personajes ficticios, un católico, Ático, y un pelagiano, Critóbulo, discuten las distintas aseveraciones formuladas por los partidarios de Pelagio. Es una exposición muy exacta desde el punto de vista católico y caracterizada por una notable moderación polémica.
M. Niccoli

