Epístola a Diogneto

[Epistula ad Diognetum]. Breve apología del Cristianismo, brotada fresca y espontáneamente de la férvida fe de un desconocido cristiano, bastante próximo a los tiempos y al espí­ritu apostólicos. La atribución a Justino mártir (s. II) parece infundada. También es personaje desconocido Diogneto, a quien va destinada la epístola (originariamente escrita en griego), que alguien ha identi­ficado con el maestro de Marco Aurelio. La edición príncipe es la de París, 1592, publi­cada bajo el cuidado de H Estienne. El pa­gano Diogneto desea ser informado acerca del culto de los cristianos y del Dios que ellos veneran; quiere saber por qué des­precian el mundo y la muerte, y no reco­nocen los dioses griegos, vanos ídolos, ni las prácticas ni los sacrificios de los ju­díos. El autor opone los cristianos a los gen­tiles y a los hebreos.

Los primeros no son una secta que habite especiales ciudades ni hable una determinada lengua, ni viva una vida propiamente suya. «Los cristianos habitan sus patrias respectivas, pero como inquilinos. Todo lo tienen en común, como ciudadanos, con sus conciudadanos y sin embargo todo lo soportan como forasteros. Todo país extranjero es su patria, y sin em­bargo toda patria les es extranjera… Viven en la carne, pero no según la carne, obe­decen a las leyes y, con todo, por el gé­nero de su vida son superiores a las leyes. Aman a todos y son por todos persegui­dos. Son condenados a muerte y son vivi­ficados; siendo mendigos enriquecen a mu­chos; les falta todo y en todo abundan; son deshonrados, y en su desdoro adquie­ren la gloria…; mientras practican el bien, son castigados como reos… Los judíos les hacen la guerra y los griegos les persi­guen… Pero lo que el alma es para el cuerpo son los cristianos para el mundo: así como el alma está difundida por todos los miembros del cuerpo, así los cristianos habitan el mundo, pero no pertenecen al mundo.

Su amor hacia el prójimo está fundado en el amor de Dios, creador om­nipotente e invisible, el cual ha mandado a su Hijo entre los hombres, y ha querido que tuviese una firme morada en sus cora­zones. Dios lo mandó como Dios, como un rey manda a su hijo como rey, pero en clemencia y dulzura, para que llamase, no para que persiguiese; para que amase, no para que juzgase.» Alejada del intelectualismo de la apologética posterior, esta apo­logía, por la cálida y sincera fluidez del pensamiento, la claridad de la expresión, el clasicismo de su estilo, es uno de los más interesantes documentos de la antigüedad cristiana. Los dos últimos capítulos (XI y XII), diversos de estilo y algo oscuros, parecen pertenecer a otra obra (algunos críticos han pensado en una homilía de Hipólito romano).

M. Venturini