No son conocidos todavía todos los detalles de este mito de Ugarit, ciudad de la Siria septentrional, que floreció especialmente en el segundo milenio antes de Cristo, y cuyas ruinas, descubiertas y sacadas a luz cerca de Ras Shamrah, nos han conservado importantes fragmentos de la rica literatura de aquellos tiempos.
Las tablas en caracteres cuneiformes desenterradas hasta hoy y publicadas contienen narraciones que se pueden reagrupar en torno a tres núcleos: la construcción del templo de Baal, el descenso de Baal y de Aliyan a los infiernos y su regreso a la tierra. En este mito, que es desde el punto de vista literario un grandioso poema, su ignorado autor quiso simbolizar la sucesión de las estaciones y el ciclo de la vegetación. Baal necesita un templo, porque el cielo no le basta. De la fabricación de los utensilios y de los instrumentos están encargados los dioses Hiyón, Kusor y Hasis. La construcción del templo en cuestión es iniciada por Latpon, al cual Asherat promete pingüe recompensa por sus trabajos y de nuevo da la orden de construirlo para Baal, dios de la lluvia y del rayo. Siguen, al llegar aquí, largas discusiones entre Aliyan (Baal) y Kusor acerca de la construcción del edificio, en cuya parte central se abrirá una ventana para dejar entrar a Baal, o sea la lluvia. Construido el templo, se celebran grandes fiestas con banquetes y sacrificios. Instalado en su templo, Baal proclama su propio triunfo sobre Mot, reducido al silencio, puesto que él solo, Baal, reina ahora sobre los dioses para engordar a los hombres y los dioses, y para saciar al ganado. Con todo, envía un mensajero a Mot, a los infiemos, para anunciarle la construcción del templo y su nueva dignidad.
Mot, antagonista de Baal, quiere volver a la luz porque ya no tiene víveres, le falta el agua y el espanto es su único alimento. Baal responde airado al mensajero que le envía luego Mot: lo atacará con su lanza, como el mensajero había atacado a la serpiente Lotán de las siete cabezas. Ha llegado para Baal el momento del descenso a los infiernos y para Mot el de la subida a la tierra. Los dioses celebran para Baal los ritos funerarios, y Anat desciende bajo tierra para traer de allí al dios de la lluvia y del rayo. Ella toma el cuerpo del dios, lo entierra y le dedica grandes sacrificios, y acabado el rito fúnebre se alegra por la próxima resurrección del dios. Anat se dirige a Mot y le ruega que le devuelva el dios; pero Mot se niega a ello. Entonces la diosa lo agarra, lo corta en pedazos, lo asa, lo tritura y esparce sus fragmentos. La dispersión del cuerpo de Mot provoca la resurrección del dios adversario suyo, de manera que este último vuelve a la vida; se vuelve a encender la pelea entre las dos divinidades, pero Mot sucumbe y Baal ocupa su sitio en el trono regio. Mientras los primeros intérpretes del mito veían en Baal y Aliyan dos figuras distintas, lo más probable es que sean una sola figura divina. El poema, de lírica y religiosa solemnidad, está escrito en estilo animado y dramático.
G. Furlani

