[Die älteste Urkunde des Menschengeschlechtes]. Obra de Johan Gottfried Herder (1744-1803): I volumen (Partes I-III), Riga, 1774; II vol. (IV parte), Riga, 1776. Edic. crítica en Herders sämtliche Werke, por B. Suphan, vol. VI y VII, Berlin, 1883-84.
Se trata de la primera de las obras teológicas de Herder y la más significativa por el trabajo espiritual de la época wertheriana. Gracias a sus numerosos sentidos místicos, la obra es susceptible de las más amplias interpretaciones; según la definió Goethe, es fragmentaria y desigual en la% ejecución, y sin embargo orgánica y unitaria por la idea que la inspira; se inicia con el comentario poeticorreligioso de los primeros once capítulos del Génesis (v.) (creación – diluvio), original exégesis del «Antiguo Testamento» hecha con el nuevo método de la «Einfühlung», a base de la comprensión inmediata, método que dará sus frutos más maduros y perdurables en el escrito Sobre el espíritu de la poesía hebraica [Vom Geist der hebräischen Poesie, 1782-83], considerado por Madame de Staël como la obra más completa de Herder. La traducción, hecha con miras a poner de relieve los valores poéticos del original, es aquí parte integrante y principalísima de la interpretación, la cual, en voluntario contraste con la forma objetiva, didáctica o dialéctica de los anteriores comentarios ortodoxos, racionalistas o historicofilológicos, toma en Herder el carácter completamente subjetivo de una emotiva evocación lírica o de una elocuente parénesis; por eso la Urkünde fue comparada por Goethe, por su estilo oracular, de inspiración a lo Hamann, a un canto órfico.
Y es verdad que, más que a esclarecer paso a paso la letra del texto bíblico, Herder se siente inclinado a anunciar al mundo su gran descubrimiento de un nuevo evangelio universal y eterno, contenido en las primeras páginas del Génesis, para confutar el más grave argumento opuesto por los deístas al dogma de la revelación : la parcialidad y la injusticia de un Dios que se había manifestado a un solo pueblo, dejando a todos los demás en las tinieblas del error, para después castigarlos con la condenación eterna. Negada decididamente, desde el principio, siguiendo la obra de Jean Astruc, Conjectures sur les mémoires originaux dont Il paroit que Moyse s’est servi pour composer le livre de la Génèse (1753), la paternidad mosaica de los primeros capítulos del Génesis, Herder ve en la narración bíblica un auténtico «documento», una grandiosa «epopeya histórica», que se remonta a los orígenes mismos de la humanidad, y que, transmitida oralmente en la progenie de Seth, se comunicó, después del Diluvio, a todas las gentes, las cuales, caídas en la idolatría, corrompieron sus caracteres primitivos.
Para demostrar esta tesis, derivada del neoplatonismo cristiano, desarrolla las argumentaciones de la segunda y tercera partes de la obra, en las que Herder examina, con medios de investigación aún inadecuados, pero con clara intuición de los caracteres esenciales del fenómeno religioso, las mitologías de los egipcios y de los pueblos asiáticos, inaugurando así los estudios’ de mitología comparada y señalando en el mazdeísmo, cuyas fuentes habían sido precisamente entonces discutidas por Anquetil-Duperron [Zend-Avesta, ouvrage de Zoroastro, 1771], la tradición más cercana al «documento bíblico». En la primera parte de la obra, dedicada al estudio del primer capítulo del Génesis, Herder, objetivando su propia experiencia religiosa, que era la de un naturalismo cristiano, ve esbozada en la narración bíblica la revelación que Adán tuvo de la obra creadora de Dios, contemplando el espectáculo del día que nace con el alma virgen y nueva, abierta para recoger los mil aspectos de la naturaleza y las voces infinitas de las criaturas, para expresarlos con la innata inventiva de un lenguaje esencial, -todo imágenes, símbolos y armonías imitativas. Ésta es la «revelación perenne» que todavía hoy vincula a los hijos de Adán con sus divinos orígenes. Fijado en forma de un simple esquema, el «documento» divino fue durante siglos el patrimonio de los creyentes, perseguidos y oprimidos.
A la prenda del eterno amor y del renacimiento futuro, los descendientes de Caín opusieron con Lamech, el «primer poeta», el Himno del hierro homicida (Gén., cap. IV, 23-24), el nuevo dios que desde entonces dominó en el mundo. Turbado el orden establecido por Dios por el primer pecado, que fue el pecado de la desconfianza en la bondad infinita del Padre, el casto connubio de los progenitores se convirtió en la esclavitud del «eros», por lo que las fuentes mismas de la vida quedaron profanadas y poco a poco se fueron agostando. Ésta es la llaga que hoy sangra todavía, la llaga que sólo un médico divino podrá sanar. Sobre la tierra, inundada por la sangre fraterna, dos ejércitos se hallan frente a frente: el uno, fiel a la tradición divina, reconoce y venera en la persona humana la imagen del Creador; el otro, ciego por el orgullo y la concupiscencia, siempre se halla dispuesto a emplear en destrucciones y matanzas los bienes creados por su genio inventivo y por el espíritu de cooperación. Así, la primera obra teológica de Herder, que comienza con un himno a la luz que, por voluntad del Eterno, rasga las tinieblas del caos para difundir en el universo la vida y el amor, termina con la trágica visión de las dos ciudades, armadas la una contra la otra, para combatirse hasta el advenimiento del reino: del mismo modo que en el Urfaust (v. Fausto) de Goethe, contemporáneo de la Urkünde, a la bienaventurada visión del macrocosmos sigue, con violento contraste, la evocación del «numen fascinosum et tremendum» que representa la vida terrestre y el reino del hombre.
El fin último que Herder se proponía con la Urkünde era el de establecer, de una vez para siempre, los límites’ entre ciencia y religión, para salvar a las jóvenes generaciones de la «fatal y lacerante discordia» que las atormentaba. En la laboriosa gestación de la obra (1769-73), de la que dan buen testimonio nada menos que cinco redacciones manuscritas, se refleja la crisis religiosa del autor, que le lleva, desde el «libertinaje teológico» de los años de Riga, a la decidida y batalladora afirmación de su renovada fe en lo trascendente y en la intervención inmediata y constante de Dios en la historia humana, que caracteriza los escritos del período de Bückeburg (1771- 1776). Así, en el curso de la elaboración de la Urkünde, la atención se desvía desde el antropocentrismo inmanente de la primera concepción, al «pancristismo» de la última. Si en las primeras redacciones la vida está concebida como fin en sí misma, por lo que el hombre, prometeico artífice plasmador de sí mismo y de su mundo, encuentra en el «Streben», a la manera de Fausto en su propio e infatigable anhelar y operar, el más alto premio y la felicidad suprema, en la redacción definitiva de la obra, a la economía de la naturaleza sucede, en el orden providencial deseado por Dios después de la «felix culpa» de los progenitores, la economía de la gracia, en la cual la naturaleza humana se cumple, se sublima y se deifica. La última meta a que tiende la humanidad es ahora para Herder, que apela explícitamente a la grandiosa visión del Cusano, la incorporación en Cristo.
Pero ya el «Canto matutino de la Creación» [«Die Schöpfung. Ein Morgengesang»], que resume en una inspirada síntesis lírica los motivos fundamentales de la obra y que marca el paso de la primera concepción a la segunda, después de haber celebrado la gloria y la dignidad del hombre, aspiración, espejo y síntesis de todo lo creado, termina con una ardiente invocación al Verbo, que es principio fundamental de la vida del universo y modelo y regidor divino. Históricamente considerada en relación con las corrientes de pensamiento de su tiempo y el siguiente, hasta el romanticismo cristiano (Adam Müller, Görres, Federico Schlegel, Baader), queda la Urkunde como uno de los más insignes monumentos del «Sturm und Drang» (v.) religioso, aunque la forma, debido al largo trabajo creador no siempre resuelto en unidad de síntesis, por las preocupaciones doctrinales y polémicas, y sobre todo por la falta de una sólida base científica en los campos racional e histórico, no siempre corresponda a la elevación y nobleza del asunto.
C. Grünanger

