[De arte seu articulis catholicae fidei]. Obrita, comprendida en las ediciones de Migne (Patrología latina, volumen 210), ya atribuida por algunos historiadores de la Filosofía y de la Teología medieval a Alain de Lille (1128-1202), monje cisterciense y «Doctor universalis», pero que actualmente, después de las investigaciones de M. Grabmann, se atribuye a Nicolás de Amiens, que la dedicó a Clemente III, papa durante los años 1187-1191. El carácter singular de la obra hizo que se le atribuyese a Alain, porque ya se conocían del «Doctor universalis» las obras Reglas o máximas teológicas [Regulae seu maximae theologicae], en la cual era enseñada la teología siguiendo un método deductivo, matemático, a imitación de los Elementos (v.) de Euclides, método ya exaltado por Boecio como científico por excelencia. La obra de Nicolás sigue un método análogo.
El título original de la obra es: De arte catholicae fidei, por presentar la teología como un «arte», esto es, como una ciencia que partiendo de definiciones, de postulados y de axiomas, deduce teoremas y consecuencias teológicas relativas a Dios, a la Creación, a los sacramentos y a la vida futura; toda la «habilidad» o «arte» consiste en saber deducir rigurosamente de los axiomas los teoremas, esto es, demostrar cómo los teoremas derivan de los axiomas. El título de la obra en algunos manuscritos es De articulis catholicae fidei, porque es verdad que expone algunas partes principales de la doctrina católica- Se trata, en efecto, de la demostración de la existencia de Dios por medio del principio de causalidad, establecido como un axioma por estar todo él fundamentado en el concepto de efecto; por tanto quedan probadas la unidad de Dios, la inmutabilidad, la eternidad, la inefabilidad, la inmensidad, la ubicuidad, la potencia y la bondad; se presenta después la doctrina revelada sobre la Santísima Trinidad, con la igualdad y la distinción de las personas en la unidad e identidad de la naturaleza. Sigue un breve tratado sobre la creación y la perfección de las cosas creadas, especialmente de los ángeles y de los hombres, con motivo de la inteligencia y del libre albedrío de que están dotados. Pero como pueden servirse mal del libre albedrío, es justo que los buenos tengan premio y castigo los malos.
A la culpa original del hombre, Dios proveyó mandando como redentor a su único Hijo: de ahí arranca el tratado de la encarnación y de la unión de las dos naturalezas, divina y humana, en Jesucristo. Fruto de la redención es la gracia sobrenatural, concedida al hombre a través especialmente de los Sacramentos. El que muera en gracia, gozará de la visión beatífica, y vencedor de la muerte, se reunirá un día de nuevo con su propio cuerpo, compañero del alma en el destierro y en la gloria.
C. Giacon

