De tal Palo tal Astilla, José María de Pereda

Novela de José María de Pereda (1833-1906), pu­blicada el año 1880. Fue la que despertó acaso mayor apasionamiento por tratarse de un libro de «tesis», en el que «abandonando el autor hasta cierto punto, la observación desinteresada, principal musa suya, trata de inculcar, aunque no directamente, no una, sino muchas y variadas moralidades. Plantea, pues, lo que llaman ahora “con­flicto” o “problema religioso”, y lo plantea por medio de una fábula, que no deja de guardar cierta analogía lejana con la de la Historia de Sibila (v.), de Octavio Feuillet, y la de Gloria (v.), de Galdós». Hasta aquí Menéndez Pelayo. Seguramente Pere­da no conocía la novela de Feuillet, pero la de Galdós es seguro que fue el móvil esencial de la escritura de su novela. Entre sus cartas se conservan las de amarga cen­sura de la tendencia de Gloria, dirigidas al propio Galdós, y en las que puede decirse que planea su novela aceptando el planteamiento de la del gran novelista canario, pero resolviendo el conflicto de manera opuesta. «Un carácter íntegro que, con amor a todas las personas, es inquebrantable e intransigente con su fe…». Y atacando de frente la solución galdosiana añadirá: «no procede la solución de las concesiones mu­tuas en tan grave materia dentro del ideal de la justicia y la belleza». Y dando vida a tal carácter en el de Águeda, protagonista de la novela, y a la solución en el sentido que estimaba auténticamente ortodoxo, aun­que condujera a la catástrofe en el ámbito terreno, compone su novela descarnada y dura, como ejemplo ascético, sin que el fin moral llegara a vencer las asperezas de la forma, como reconocía el propio Menéndez Pelayo.

Antonio de Valbuena, el cáustico crítico, había de decir: «Águeda personifica la santa intransigencia católica que, en cuanto se toca el honor de Dios, se cierra a la banda, así se atraviesen en la contien­da todos los intereses y todos los afectos del mundo». El escenario de la novela es el campo de la Montaña, y en su descrip­ción y ambiente, así como en los tipos se­cundarios, acierta plenamente el novelista. El elogio de «Clarín» a la parte artística de la obra es incondicional, a pesar de su disentimiento en el fondo o tesis de la no­vela. En su entusiasmo llega a comparar al espolique Macabeo, rústico personaje de la novela, con el Renzo manzoniano. Menén­dez Pelayo hace resaltar como situaciones notables de la novela «el paso de la hoz», donde el diálogo supera a la descripción, con ser la descripción tan buena; y los capítulos de presentación de los diversos personajes, especialmente aquel en que se describe la casa y modo de vivir de los Peñarrubias; el maquiavélico diálogo en que don Sotero va persuadiendo a su sobrino a que intente la deshonra de Águeda, y, finalmente, cuanto dice y hace Macabeo, el personaje a que antes aludiera. Su con­dición polémica, su oposición a la tesis gal­dosiana de Gloria (v.) es lo que dio noto­riedad muy grande a esta novela, en la que, si literariamente queda por bajo de la que combatía, sin duda la franqueza de su posición religiosa y el rotundo «no» que significa para la tendencia anticatólica de Galdós le prestan un interés excepcional. Pereda cumple con una obligación moral cuando acepta el planteamiento de la tesis de Galdós para llegar a conclusión resuel­tamente opuesta. En ello está su limitación y al mismo tiempo su mayor valor y signi­ficación.

J. M.a de Cossío