Colección de poemas de Paul Claudel (1868- 1955), publicada en 1915. Se trata, como claramente lo pone el título de manifiesto, de una especie de ilustración poética del año litúrgico, que Claudel hace casi coincidir con el civil, ya que comienza por la Epifanía y termina por la Navidad. Los poemas que integran la Corona fueron escritos en épocas muy diferentes; los más antiguos se remontan a 1887 y los más recientes a 1913, siendo numerosos los que no figuran fechados.
El libro se divide en cinco apartados y se inicia, en la primera parte del año, con una «oración para la mañana del domingo». Salta a la vista que el transcurrir del año se identifica aquí con el de la semana. Tras este comienzo, vienen «Los apóstoles», después las «Estampas y señales entre las hojas», y, a continuación, la segunda parte del año, que se cierra con el «Memento para la tarde del sábado» y, finalmente, el «Camino de la Cruz», válido para todo el año. Corona, publicada a continuación de las Cinco grandes Odas y de la Cantata a tres voces, revela la preocupación por un ritmo más sencillo, corrientemente binario, con rimas asonantes, tal como algunos años más tarde, sorprenderemos en la mayoría de los poemas de La misa en la cárcel. Pero, en realidad, en Corona existe una gran variedad de formas entre las que, particularmente, conviene señalar las de los Himnos, que Jacques Riviére comparaba con bastante acierto a las grandes Odas. Por el contrario, otros poemas poseen un carácter casi puramente narrativo y descriptivo, al paso que los integrados en «Estampas y señales entre las hojas» son mucho más personales encarnando a veces vivas evocaciones. «Mayo sombrío» y «Canción de otoño», por ejemplo, los poemas más antiguos, vienen a ser como el reflejo de una adolescencia ya lejana, y en donde Claudel, antes que en Cabeza de oro, se ejercitaba en las formas simbólicas y decadentes.
No se encomiará lo bastante la importancia que en la obra de Claudel posee este complejo conjunto de poemas. Al lado de temas eruditos, Claudel se esfuerza también por llegar a la plegaria más escueta y sencilla del pueblo cristiano a través de los siglos. Reveladora es la incorporación de la Corona a la Iglesia y nada ha contribuido mejor a valorar su obra que la simpatía y casi familiaridad que le han dispensado las almas creyentes. Su «Camino de la Cruz», por ejemplo, ha sido utilizado muy corrientemente como tema de meditación y oración en las iglesias con motivo de este ejercicio piadoso. Por su parte, «Los apóstoles» guardan estrecho paralelismo con las estatuas que adornan los pórticos de nuestras catedrales. Por algo el poeta ha actuado en su perfecto derecho al escribir en el «Memento para la tarde del sábado»: «Salmo de Asaph, — porque Eterna es su misericordia, — Salmo entonado a los hijos de Coré por la lira de la discordia, — Salmo del rey David en la caverna de Adullam escondido, — Salmo por mi hijo Absalón al penetrar las aguas de mi alma en lo íntimo, — Salmo del rey Salomón cuando el templo fue consagrado; — Salmo de Ezequiel y Jeremías durante los setenta años, — Cántico de Simeón, cántico de Zacarías, — Exaltación de la voz de la Virgen María, — Te Deum de Ambrosio y Agustín sobre el Imperio derrocado, — Vociferación, en los Concilios, del Credo de San Atanasio, — Prosa de Adam de Saint-Victor, secuencia de Nottker, — Introito de la Misa Mayor de Pascua entonada por el Prcecanter (o sea, el primer cantor), — Canto penetrante del huérfano, sollozo en el corazón cruel, — Y latín de Paul Claudel en los últimos días». Más adelante, en «Hojas de santos», volveremos a encontrarnos con composiciones semejantes dotadas de una mayor libertad y flexibilidad.

