[Conférences de Nótre-Dame]. Sermones de Henri-Dominique Lacordaire (1802-1861), publicados en diversos volúmenes desde 1844 a 1851. Iniciados en 1835, pronto mostraron la riqueza espiritual del predicador: sabia dirigirse al público en una forma clara, llana, familiar (de aquí el nuevo apelativo, en relación con el de «sermones», que habían hecho famosos a Bossuet, Bourdaloue, Massillon y Fléchier). La viva comprensión de los problemas de la edad moderna, que le habían impelido a adherirse a las ideas democráticas y modernistas del abate Lamennais, no le hicieron olvidar la tentativa de llevar la obra de la Iglesia a un terreno fecundo: el del contacto con la sociedad y el mundo contemporáneo. Si se separó de Lamennais después de su condena y permaneció fiel al dogma y a la ortodoxia católica, sintió no obstante en su interior un alma romántica y anhelosa de reafirmar su patria en la luz de un imperecedero cristianismo; de esto se deriva su impulso lleno de vida y de libre discusión de los errores sociales que le granjeó tantas simpatías y, por lo menos, la estima de los adversarios.
Restablecida la orden de los dominicos y vuelto a vestir la blanca túnica durante los sermones de Adviento de 1841, el elocuente fraile dejó sentir una voz sincera, tanto en las fiestas nacionales como en la exaltación de grandes hombres; son famosas las oraciones fúnebres del agitador O’Connel, del piadoso obispo M. Forbin-Janson y del general Drouot. Patriotismo y sentido psicológico son los principales motivos que explican la popularidad de Lacordaire y que limitan su eficacia en el mismo movimiento que había tenido, desde Chateaubriand a J. de Maistre, tantos defensores de un orden empeñado en el restablecimiento de las leyes cristianas y católicas. Cuanto de romántico y de generoso hay en Lacordaire, explica el valor de su concepto de conocedor del corazón humano y de artífice de la palabra más que de defensor de un idealismo muy a menudo en pugna con la marcha fundamental del siglo, ya sea por el problema de libertad religiosa y filosófica, ya sea por las reivindicaciones nacionales frente al mismo Papado; al mismo tiempo el hechizo de su espléndida elocuencia explica la entrada del dominico en la Academia, como el primer elegido de entre el clero regular después de varios siglos (1860).
C. Cordié

