Canto Secular, Quinto Horacio Flaco

[Carmen saeculare]. En ocasión de los juegos seculares del 17 a. de C., Quinto Horacio Flaco (65-8 a. de C.) recibió el encargo de componer este himno que fue cantado, según el ritual li­túrgico, por dos coros de niños y vírgenes. Es un himno en honor de Apolo y Diana, divinidades astrales simbolizadas por el sol y la luna, que, con su periódico acerca­miento y poder fecundante, gobiernan el curso de las cosas humanas: nacimiento, procreación y muerte. Pero, si bien ellos ex­tienden su protección a todos los hombres sin distinción, para los romanos, que rei­vindican su origen troyano y la piedad del progenitor Eneas, han de reservar en mayor abundancia sus favores y en primer lugar la paz, que aun los mismos pueblos del lejano Oriente ese año habían aceptado. Y tales plegarias a fin de que resulten más amables a todos los dioses, salen de las puras e inocentes bocas de niños y donce­llas. Es un himno sagrado merecidamente famoso por sus dotes de serena belleza y clásica estructura; pero acaso su fama se deba más a las circunstancias que a su va­lor intrínseco. Estos solemnes festejos que, a pesar de darse cada cien años, habían si­do suprimidos y olvidados por mucho tiem­po, perdiéndose su memoria en las tinieblas de sus orígenes, fueron restaurados por Augusto precisamente en el año en que la Eneida (v.) empezó a ser leída y admirada, y en que, cerrado el templo de Jano, la paz del prestigio romano se imponía a los pue­blos orientales.

Desde el punto de vista de la inspiración este himno es contemporáneo y muy próximo al libro cuarto de las Odas (v.), casi todo compuesto de poesías oca­sionales de ambiente áulico; pero se dife­rencia de él por una mayor simplicidad de estructura, por la exigencia de una inme­diata inteligibilidad y de la fácil rentabi­lidad o cantabilidad coral. El egoísmo horaciano hállase aquí completamente ausente; también está ausente toda referencia pre­cisa y determinada a personas y cosas de su pequeño mundo personal, pero a pe­sar de ser ésta la menos horaciana de las odas de Horacio desde el punto de vista del sentimiento y de la concepción artís­tica, es sin duda de las más perfectas en su expresión, tranquila, serena, límpida y redonda. [La primera versión castellana, en prosa, es la de Juan Villén de Biedma, en su traducción completa de las Obras de Horacio {Granada, 1599). Entre las moder­nas es preciso citar la del poeta uruguayo Francisco Acuña de Figueroa, en el Parna­so Oriental (Montevideo, 1835), y la de M. Menéndez Pelayo publicada en la Biblio­grafía Hispano-Latina clásica. ]

F. Della Corte