Canto Cotidiano, Aurelio Prudencio

[Cathemerinon]. Co­lección de doce himnos de Aurelio Prudencio Clemente, el mayor poeta cristiano latino, de origen español, que vivió entre fines del siglo IV y principios del V. De entre los muchos poemas de alabanza a Dios que escribió después que, para expia­ción de sus pecados, decidió retirarse del mundo, los comprendidos en la primera parte del Cathemerinon deben cantarse to­dos los días durante las horas consagradas a la oración, y son: el «Himno para el can­to del gallo», el «Himno para la mañana», el «Himno antes de la comida», el «Himno después de la comida», el «Himno para cuando se encienden las luces», el «Himno antes de acostarse». Los restantes himnos de la colección, cuyo contenido no corres­ponde al título de la obra, fueron escri­tos para determinadas solemninades del culto: para el ayuno, para después del ayuno, para las exequias de los difuntos, para la Navidad, para la Epifanía. Constituye una excepción el noveno, el «Himno de cada hora», que celebra los hechos y milagros de Cristo. Los himnos de Prudencio son mu­cho más complicados que los de San Am­brosio, el cual, con Hilario, puede ser con­siderado como el creador de este género. Prudencio desarrolla y enriquece sus acen­tos líricos con elementos narrativos sacados particularmente de la Biblia, a los que, a menudo, da una interpretación simbólica, y con trozos parenéticos y didácticos: así el gallo, que en el primer himno, despierta del sueño a los hombres, imagen de la muer­te, es el símbolo de Jesucristo que salva a los hombres del pecado, para conducirlos a la verdadera vida; en el segundo himno, la aurora simboliza la luz de la salvación y en el quinto esta luz es identificada con Cristo.

En este mismo himno, que es uno de los más largos y mejor logrados, encon­tramos también narraciones y descripciones ampliamente desarrolladas, o sacadas de la realidad, como la descripción del esplen­dor de las iglesias el día de Pascua y de las luminarias en las fiestas cristianas, o inspiradas en el Antiguo Testamento, como las del paso de los hebreos por el mar Rojo o de la lluvia del maná en el de­sierto. Estos himnos reflejan una fuerte influencia de la retórica, imperante por lo demás en la poesía del siglo IV; son por lo general artificiosos, de estilo rebus­cado, quedando en ellos a menudo frustra­da la fusión entre la forma literaria tradi­cional y el nuevo sentimiento cristiano. Con todo, no faltan fragmentos de auténtica y sentida inspiración poética, como la invo­cación a los Santos Inocentes en el «Him­no para la Epifanía» (v. 125 ss.), o del descenso de Cristo a los Infiernos en el IX (v. 70 ss.). Prudencio elige a los poetas clásicos por modelos, esforzándose en ex­presar con las formas por ellos creadas los conceptos y sentimientos cristianos. Los me­tros (asclepiadeo primero, trímetro dactílico, sáfico, tetrámetro trocaico) son mu­cho más variados y complejos que los usa­dos por Ambrosio; todo en él revela el esfuerzo por elevarse, mediante su poesía docta y artísticamente elaborada, por enci­ma de la poesía en extremo simple y popu­lar de sus precursores. Precisamente a causa de esta su peculiaridad, los himnos de Pru­dencio no han entrado en el uso litúrgico, pero, admirados ya por Sidonio Apolinar, han ejercido un considerable influjo en la poesía cristiana posterior. [Trad. de José Guillén, en Obras completas (Madrid, 1950)].

E. Pasini