Cantar de los Cantares

[sir hasirim] Libro canónico del «Antiguo Testamento» (v. Biblia), escrito hacia el año 1000 a. de C. en lengua hebrea. El mismo título, «canto por excelencia», ’ya lo anuncia como uno de los mejores de la poesía hebrea. La tradición judaica y cris­tiana considera que su autor es Salomón: un Salomón en el esplendor de su juven­tud, apasionado, consciente de sus propios afectos. Tema del libro es el mutuo amor de dos personas: Salomón y la pastora Sulamita. Su conjunto puede dividirse en seis escenas:

1) Comparece primero la esposa en busca del esposo; diversos soliloquios y diálogos con las Hijas de Jerusalén y con el esposo que se presenta, forman la pri­mera escena.

2) La esposa dormida sueña con la belleza y el amor de su esposo.

3) Las bodas místicas; solemne entrada de la esposa en Jerusalén; el esposo cele­bra la belleza de su mística esposa que en un segundo tiempo repite esa misma exal­tación y celebración de su esposa.

4) Las pruebas de su esposa y de su creciente amor.

5) Los frutos de esta santa unión.

6) Se presenta el amor eternamente coronado en el cielo.

Vivas discusiones han suscitado la forma literaria y la interpretación de este libro. En cuanto a su forma literaria, se preguntan si es un drama o bien una poesía lírica. Algunos la consideran un poe­ma dramático del género del melodrama. Comúnmente los intérpretes no católicos lo consideran como una analogía de poemitas destinada a presentar al lector en cuadros pintorescos los usos y costumbres de las bodas orientales. En realidad, es al mismo tiempo un drama y una poesía lírica; un diálogo lírico acompañado de algún movi­miento dramático. La tendencia que atien­de exclusivamente al sentido literal del Cantar de los cantares, y lo entiende como una obra destinada a describir el amor natural del hombre y la mujer en forma de poesía erótica de carácter profano, ha sido condenada por la Iglesia. La interpre­tación mística o «típica», admite un sentido literal, pero no exclusivamente: la unión del sabio monarca israelita con la hija del rey de Egipto no es sino el tipo de la unión mística de Jesús con la Iglesia. De todas maneras se puede admitir un sen­tido histórico y un sentido típico al mis­mo tiempo. La interpretación alegórica fue aceptada, siempre por la Iglesia católica; los personajes pueden haber sido históricos; pero la unión amorosa del esposo y de la esposa es símbolo ideal de la unión de Cris­to con la Iglesia o con el alma humana, y de todas maneras, de Dios con el género humano. En el libro el alma de Israel está ensombrecida por la lucha entre la fidelidad a su austera religión y los atractivos de la civilización pagana. El Cantar de los can­tares se nos muestra como una parábola y debe entenderse y explicarse según las le­yes fundamentales de la parábola. A pesar de que su colorido y su escenografía hayan sido extraídos de la vida real, no es nece­sario que todos los personajes y acciones tengan una realidad histórica; y no es menester que la correspondencia entre las cosas narradas y lo que se quiere significar se extienda a todas sus minuciosas circuns­tancias. Digno de atención es el hecho de que Rabbí Akibá, en el siglo I de C. en el sínodo de Jamnia, declarase, contra los ju­díos que vacilaban acerca de la canonicidad del Cantar de los Cantares, que todos los libros hagiográficos son sagrados, y que entre ellos, el Cantar es el más sagrado de todos.

G. Boson

*    Una de las primeras paráfrasis medie­vales del Cantar de los Cantares es el Cán­tico sublime (Hoheslied) del abate alemán Williram de Ebersberg en Baviera (m. en 1085), formada por una refundición en hexá­metros leoninos latinos del texto de la Vulgata (v. Biblia) y de un comentario en len­gua mixta alemana-latina. La importancia de esta obra es doble; lingüísticamente señala el estudio en que el alemán se libera de traducción servil del latín dando un paso adelante respecto a las obras de Notyker Labeon, puesto que mientras éste usa la prosa mixta alemana-latina con fin esco­lar, Williram persigue el propósito más ele­vado de crear un lenguaje teológico alemán y por esto conserva sólo las palabras lati­nas más indispensables (nombres de insti­tuciones católicas y de conceptos). Además espiritualmente la obra de Williram es im­portante porque introduce en la literatura medieval alemana la interpretación mística de Orígenes y San Agustín por la cual el amor de Salomón y Sulamita se convierte en un símbolo alegórico entre Cristo y la Iglesia. Esta introducción de una relación místicosensual entre los símbolos religiosos se coloca en la base de la mística alemana y su desarrollo será fecundo.

M. Pensa

*    Otra paráfrasis es el Cántico sublime de San Trudperto descubierto en un códice de San Trudpert cerca de Friburgo, y escrita por un eclesiástico hacia mediados del si­glo XII en alemán medieval, con alguna palabra latina. Esta paráfrasis presupone la de Williram, cuya dirección lingüística y espiritual prosigue. En efecto, mientras por una parte libera más el alemán del latín, por otra interpreta la relación entre Salo­món y Sulamita todavía más humanamente, o sea, como símbolo del amor entre Cristo y la Virgen, Cristo y la Humanidad y final­mente Cristo y el Alma de cada pecador. Así, el misticismo religioso, enriquecido con matices cada vez más sensuales resbala cada vez más por el terreno profano, hasta que llegue a afectar la relación caballeresca de la «minne» (v.) entre el caballero piadoso y dama virtuosa, y conducirá de este modo al Minnesang (v.).

M. Praz

*    El Canto sublime del poeta Brun von Schonebecke es un largo poema de 12.719 versos en alemán medieval, terminado en 1276. En su primera y segunda parte narra la sabiduría y riqueza de Salomón, la lle­gada de la esposa, las bodas; en la tercera parte, larguísima, explica los símbolos: Sa­lomón es Dios, la esposa es María; la última esposa de Salomón, Madrógora, es el Anti­cristo. Al final se representa el reinado del Anticristo, el Juicio Universal, y el triunfo de la voluntad de Dios. La parte esencial de toda la obra es el motivo místico de la «minne» entre Dios y el Alma.

M. Pensa

*    Es célebre la exposición que del Can­tar de los Cantares hizo, en 1561, el agus­tino Fr. Luis de León (1527-1591). Fray Luis tradujo primero literalmente en prosa los versículos de cada capítulo y después los comentó extensamente con profundo cono­cimiento de la literatura patrística y clásica. Reanudado el método científico de la escue­la medieval judeoespañola, difundido por los comentarios bíblicos de Abraham ibn ’Ezrá (10929-1167?), el autor español ve en el Cantar dos sentidos: uno directo, que ce­lebra el amor de Salomón por la bella Su- lamita; el otro, alegórico, referido al amor místico de Cristo por la Iglesia. Fray Luis explica y comenta sólo el sentido directo. De aquí la acusación de los escolásticos que llevaron este comentario ante el tribunal de la Inquisición. Es notable en su comen­tario, que constituye la primera obra en castellano de Fray Luis de León, el domi­nio de la expresión y el ímpetu lírico que volveremos a hallar en sus más celebradas obras líricas.

*    El Cantar de los Cantares compuesto por la religiosa Isabel Osorio, no fue nun­ca impreso por su autora, por obediencia al decreto del Concilio de Trento que media­tizaba el uso de los libros sagrados en len­gua vulgar. Fue publicado póstumo en Sa­lamanca, en 1798.

*    También está inspirado en el Cantar de los Cantares el Cántico espiritual (v. Obras espirituales) título primitivo de la Decla­ración de las canciones que tratan del ejercicio de Amor entre el Alma y el Es­poso Cristo de San Juan de la Cruz (1542- 1591), publicado en Bruselas en 1627. *

*    La figura de la Sulamita ha inspirado a muchos músicos: Leopold Damrosch (1832- 1885) en el idilio lírico Sulamita; Antón Rubinstein (1829-1894) en su obra homóni­ma (Hamburgo, 1883); Emanuel Chabrier (1841-1894) en sus escenas líricas con coro, Sulamita (1885); Hermann Wolf Ferrari (n. 1876) en su oratorio homónimo (Vene­cia, 1898); Alfred Bachelet (n. 1864) en su escena lírica Le songe de la Sulamite; Paul August Klenau (n. 1883) en su obra en un acto Sulamith (Munich, 1913) y Amilcare Zanella (n. 1873) en una obra en tres actos (Piacenza, 1926).