Autos Sacramentales de Josef de Valdivielso

Este poeta toleda­no, y amigo de Lope de Vega, estuvo in­fluido por éste en los «Autos», pero dejando en ellos, en lo realista, poético y popular, un sello de ágil vitalidad personalísimo. Pu­blicó Valdivielso, en Toledo, sus Doze actos sacramentales y dos comedias divinas (1622). Los «autos», como creación poética, son inseparables de todo el estilo de su obra, en que el lírico deja un arte tradi­cional, lleno de encanto, de fina sensibili­dad, color y ternura que hace pensar en la pintura de Murillo. Como en ella, los rasgos realistas dejan sus más fuertes composicio­nes, al lado de lo fervoroso y popular. Am­bos trataron el tema del «Hijo pródigo». Por otra parte, enlaza la lírica de Valdivielso con los «autos», la devoción y tema de la Eucaristía, pues sus mejores poesías, so­nantes e infantiles, se hallan en un Roman­cero espiritual… del Santísimo Sacramento (Toledo, 1612). Algún poema, como El re­tablo, con variedad de ritmo, constituye como la explicación de la técnica del auto, desde la «loa» al centro de la composición, pero referida al Misterio de Navidad. En los «Doce autos», encontramos verdaderas obras maestras como El peregrino, el cual pre­senta al Hombre dudando entre la atrac­ción del «carro malo» en que el Deleite canta un aire popular («ventecico mormirador…»), y la música celeste del «carro bueno» que anuncia que en él irá al camino del Cielo.

La visión de la «ciudad del pla­cer» en que está la flor de la belleza: «fres­ca, blanca, rubia y bella», es un acierto de plasticidad (como en muchos otros casos del mismo autor, por ejemplo la escena fi­nal de El hospital de los locos). El Hijo pródigo es uno de sus mejores «autos», perfecto en su orden pintoresco y folkló­rico, con sus cantares y expresiones del pueblo, su animado costumbrismo, y figuras características como «El juego, vestido de naipes», como «Fuente de azulejos de un parque». Toda la interpretación escénica de la parábola del Evangelio de San Lucas que le da título, es la más bella prueba de una volatilización del mundo alegórico en­tre aromas de metáforas y cantares, sonido de atabales, en un ambiente de paisaje mís­tico y poético, en que se bebe «zumo de uvas» y miel «en tazas de oro», y en que el paisaje estelar, Narciso de sí mismo, se proyecta en el cristal del arroyo. Hasta el tema del carro del Desengaño (derivación remota de los Triunfos, v., de Petrarca), une el Tema de la Muerte, al paisaje realista del porquero, y» los lamentos de la Inspiración para atraer al pecador arrepentido, que tras la emotiva escena en que es abrazado y acogido por el Padre, para acabarse, diná­micamente el auto, entre el fondo de figu­ras excelsas, y el canto y «zapateao» de criados y jornaleros. En el aludido Hospi­tal de los locos (otro auto perfecto), la sá­tira se une a la poesía más dulce y magní­fica. Cuadro incomparable es la casa de locos, en que «Luzbel, aparece llamando, en su tambor, a los hombres, la Gula comien­do, la Envidia mordiéndose las manos, el Mundo en un caballo de caña, la Carne (bien ataviada) con una guitarra».

En los gestos descompasados de los locos, desfila la lucha de las pasiones y tentaciones del Alma humana. El realismo, Valdivielso lo aprendió en sus visitas a la llamada «casa del nuncio» (manicomio), de su Toledo. El «auto» La serrana de Plasencia se inspira en el romance popular «Allá en Ganganta la olla», tema análogo al de La serrana de la Vera de Lope y Vélez de Guevara. Los autos de Valdivielso poseen hoy tal pujanza y brío, que ha constituido un éxito excep­cional en nuestros días la representación de El Hospital de los locos en un marco ade­cuado. En su tiempo influyeron en Tirso y Calderón. Del Psiques y Cupido de Valdi­vielso proceden los dos autos, de este títu­lo, calderonianos, y ciertos rasgos de El peregrino, se desarrollan en El año Santo de Roma de Calderón; y el de la apari­ción de la Muerte en No hay más fortuna que Dios, del segundo.

A. Valbuena Prat