Auto de los Santos Juan y Pablo, Lorenzo de Médicis

[Rappresentazione di S. Giovanni e Paulo]. Escrito por Lorenzo de Médicis (1449-1492), es todavía una «sacra rappresentazione» del tipo de las de Belcari. Constanza, hija del emperador Constantino, enferma de lepra, y, curada milagrosamente después de una plegaria a Santa Inés, se convierte al cris­tianismo y hace voto de castidad. En eso, Galicano, general del imperio, vuelve victorioso de Persia y pide en recom­pensa la mano de Constanza. ‘ Constan­tino, para ganar tiempo, aconsejado por su hija, le envía a una nueva expedición contra los dacios; Constanza convierte a las dos hijas de Galicano, que se han quedado con ella, y éste a su vez, dominado por el enemigo, es inducido por dos cristianos de su séquito, Juan y Pablo, a pedir ayuda a Jesús: vence, se bautiza, renuncia al matri­monio y se retira del mundo. Constantino, al morir, divide su herencia entre los tres hijos: dos de ellos mueren en la guerra y el tercero los sigue al poco tiempo. Es ele­gido emperador Juliano, que, en su tenta­tiva de descristianizar al mundo, encuen­tra resistencia en Juan y Pablo y les man­da decapitar. Su crueldad es castigada por la intervención divina y muere en medio de su ejército por mano de un santo que sale de su tumba.

El drama falla, y conser­va todavía del auto sagrado el fragmentarismo y la sucesión de cuadros inmóviles, pese a la mayor finura psicológica. Loren­zo el Magnífico no consiguió traducir en ex­presión lírica ni en movimiento dramático sus agudas observaciones y la obra, tomada del Galicano (v. Dramas ae Rosvita) re­sulta sorda, débil y pálida. Aunque los mo­tivos religiosos no carezcan de sinceridad, son más originales los políticos, donde el poeta aprovecha su experiencia de gober­nante. Galicano, rudo e impetuoso, es un caudillo aventurero, entre héroe y bravu­cón, entre criado y señor, y Constantino, ante él, elogia, halaga, promete, contem­poriza y urde tramas e intrigas, como as­tuto diplomático, igual que un señor del Cuatrocientos con su capitán, con una sutil vena de melancolía. («Né come par di fuor dolce é l’impero» [«no es el imperio tan dulce como parece desde fuera»]). Pero el personaje más conseguido es Juliano el Apóstata, en quien, junto con la viril nos­talgia por la grandeza de Roma y con la serena ironía anticristiana, nuestro autor ha encarnado el concepto que él y su tiempo tenían del señorío: dominio para el bien de todos, sin más recompensa que la gloria y la soberbia consciente del propio valor: «Il re e il savio son sopra le stelle» [«El rey y el sabio están por encima de las estre­llas»] (v. también Juliano).

E. Rho