[Revelación] Libro del Nuevo Testamento (v. Biblia) atribuido al apóstol Juan, escrito en Patmos, como lo atestigua el propio autor (I, 9), hacia el año 97. La lengua originaria del texto es probablemente la griega, aunque algunos intérpretes lo suponen escrito en hebreo, principalmente por su estilo, modelado al gusto oriental. Con esta obra, el «Nuevo Testamento» tiene, como el «Antiguo», su parte profética. De este modo, la «Biblia» comienza con el relato de la creación del mundo y de la prevaricación de Adán, y se cierra con el anuncio del fin de los tiempos y del reinado eterno del Salvador. Apocalipsis significa en griego, revelación; y visión revelante fue la que San Juan tuvo en la isla de Patmos. El libro fue destinado a las siete Iglesias del Asia proconsular (I, 11), representantes de la Iglesia universal, a la cual, en última instancia, va dirigido. En su prólogo (I, 1, 8) van incluidos el título, el nombre del autor y el destino y el sumario de las obras. La primera parte (I, 9-III, 22) se abre con una visión de Jesucristo glorioso, que instruye a su apóstol acerca de lo que debe decir a las diversas Iglesias.
Siguen siete cartas o siete Iglesias de Asia, en las que Jesús, por medio de su siervo Juan, alaba o reprueba, pero especialmente exhorta a soportar la persecución inminente. La segunda parte (IV, 1-XIX, 10) presenta cinco series de visiones. El Apóstol, en la primera visión de los siete sellos, ve el trono de Dios y la Corte celestial (IV), y en ella un libro en manos del que estaba sentado en el trono, Dios padre, sellado con siete sellos. Sólo el Cordero (Jesucristo) podrá romperlos (v.). El Cordero abre los cuatro primeros sellos y aparecen, con sus caballeros, un caballo blanco, un caballo rojo, un caballo negro, un caballo bayo, símbolos: el primero de triunfo militar y, según algunos, de la conquista del mundo por parte de Jesucristo, mientras que los tres restantes, son símbolos de matanza, de hambre y de peste, venganzas divinas contra la humanidad incrédula. Al abrirse el quinto sello los santos mártires piden que su sangre sea vengada y, cuando se abre el sexto, se producen un gran terremoto y un gran trastorno de la naturaleza (VI). Antes de la catástrofe final se imprime un sello en la frente de los siervos de Dios, y se dice que los elegidos son una gran muchedumbre que nadie puede numerar (VII). Se abre el séptimo sello, y se produce un gran silencio en el cielo (VIII, 1). La segunda visión de los siete ángeles que reciben siete trompetas, comprende dos capítulos (VIII, 2-IX, 21; XI, 15). Las trompetas anuncian las plagas, las invasiones, y las guerras que atormentarán a los hombres. Sólo la séptima predice el reino de Dios y el Juicio final (XI, 14-19).
Además aparece una mujer, vestida de sol, esto es, la Iglesia (representada por la Virgen María) contra la cual se alza un dragón, es decir, el diablo (XII). Después el apóstol ve salir del mar una bestia, símbolo del Anticristo, y otra que sale de la tierra, esto es, un pseudoprofeta (XIII). El Cordero y las vírgenes están en el monte Sión; tres ángeles anuncian la hora del juicio, la caída de Babilonia-Roma y el castigo eterno de los impíos (XIV). Otra visión: siete ángeles reciben siete copas llenas de la ira de Dios (XV); se vierten las seis copas primeras que traen varias plagas, esto es, los males que Dios manda en los últimos tiempos (XVI, 1-12). En un paréntesis tres demonios «parecidos a las ranas», salen de la boca del dragón, de la bestia y del falso profeta para suscitar la guerra (XVI, 13-16). La séptima copa vertida anuncia la caída de Babilonia y el fin del mundo (XVI, 17-21). Los últimos capítulos de esta segunda parte contienen las visiones del juicio de Dios sobre Babilonia-Roma, símbolo de la sociedad anticristiana personificada. La tercera parte (XIX, 11-XXII, 5) describe el triunfo final de Jesucristo y de su Iglesia, o sea, su victoria sobre la bestia y sobre el dragón, el juicio sobre los impíos y después los nuevos cielos y la nueva tierra y la nueva Jerusalén y la felicidad de los Santos. La interpretación del Apocalipsis es difícil, porque se trata de un libro profético que, a lo menos en parte, se refiere a cosas no sucedidas (XXII, 6). Sin embargo, algunos son contemporáneos del autor: «Escribe las cosas que has visto, las que son y las que han de acaecer después de éstas» (I, 19).
La dificultad aumenta porque con los elementos proféticos se entremezclan elementos escatológicos referentes al fin del mundo. Para una acertada interpretación del simbolismo apocalíptico hay que recurrir a sus fuentes, esto es, a la literatura del Antiguo Testamento y a la liturgia hebraica. Los sistemas de interpretación general se pueden reducir a los siguientes: I) Interpretación literal propuesta por Papias, San Justino, San Ireneo, etc., especialmente para los capítulos 20-21 donde se habla del milenarismo. Los justos y los santos resucitarán y reinarán con Cristo mil años en Jerusalén. II) Interpretación alegórico-profética en la cual algunos ven representada la historia de todo el género humano; otros, la historia de la Iglesia universal; otros, como San Agustín, San Gregorio Magno y, entre los modernos, Cornely, Hopfl, etc., la historia de los últimos tiempos; otros, la historia de las Iglesias combatientes, primero contra los judíos, después contra los paganos (Bosuet); otros, en fin, la imagen de todo el reino de Dios (Alio). III) Las interpretaciones alegórico-históricas, que excluyen toda profecía, y alegórico-mística (mitos babilónicos, astrales, etc.), de los racionalistas que no interpretan nada; la última se reduce a fantasías que se pueden multiplicar hasta el infinito. Los Apocalipsis apócrifos (atribuidos en época tardía a Baruch, a Esdras, etc., v., Apócrifos del Antiguo Testamento) aunque retocados por redactores cristianos como la de Enoch, presentan símbolos y visiones como al Apocalipsis de San Juan, pero contienen detalles muy pueriles, como por lo demás todas las literaturas apócrifas del Nuevo Testamento. Por ejemplo, en el Apocalipsis de Enoch «la culpa de los ángeles caídos es castigada de distintos modos, y la tierra ha de ser purificada de su maldad y pecado» (VI, 11). Enoch, en el cielo, se encuentra con los ángeles buenos y es mandado por éstos a la tierra para comunicarles su castigo inminente. Los ángeles caídos reciben a Enoch con súplicas de que vuelva al cielo para interceder cerca de Dios por ellos (XII-XVI). El Apocalipsis de Juan es el libro que ha dado más trabajo a los exégetas, por la oscuridad de su lenguaje y las dificultades de la interpretación de sus diversos símbolos.
La Iglesia griega no reconoció en seguida, como la latina, la autenticidad del libro. Después del siglo V, vemos, sin embargo, a todas las Iglesias ponerse de acuerdo en aceptar la prueba de los Padres más antiguos como Hermas, Hipólito, Tertuliano, San Cipriano, Orígenes, San Dionisio, San Atanasio, San Ireneo, etcétera, reconociendo que el cuarto Evangelio (v.) y el Apocalipsis tuvieron el mismo autor. El Apocalipsis es contado entre los libros deuterocanónicos.
G. Boson
* Entre los libros del «Nuevo Testamento» el Apocalipsis es el que tuvo más fortuna en las artes figurativas. La riqueza desusa símbolos y de sus visiones excitó desde el comienzo de la Edad Media, la fantasía de los artistas. En la rica serie de miniaturas, debemos recordar los códices de Gerona (975), de San Severo (Gascuña, siglo XI) el Libro de oro del duque de Berry, etc. La pintura monumental cuenta con los famosos frescos de Cimabue en la iglesia superior de Asís, los de Giotto en la Capilla Peruzzi, en Santa Croce, los ‘de Signorelli en la Catedral de Orvieto. Entre las modernas, son notables los quince grabados de Durero que se inspiró en las tablas de las Biblias de Estrasburgo (1485) y de Hamburgo (1487); los cuadros de Velázquez (colección Laurie, Londres), de los hermanos Van Eyck (Gante) de Baciccio (Iglesia del Gesú, Roma), de Rubens (Pinacoteca, Munich), del. Greco, de Rousseau, etc.

