Uno, Ninguno y Cien Mil, Luigi Pirandello

[Uno, nesuno e centomila]. Es la novela más típica de Luigi Pirandello (1867-1936), aquella en que mejor se manifiesta, en tono oratorio y polémico, el núcleo fundamental del parti­cular sentimiento de la vida y de la socie­dad que está en la base de su gran obra teatral. Fue publicada en 1927.

Vitangelo Moscarda, que hasta ahora había vivido como un tranquilo y rico señorito de pro­vincias, adquiere súbitamente la convicción de que el hombre no es, sino parece, y que por lo tanto el individuo no es «uno» sino «cien mil», es decir, posee tantas persona­lidades diversas cuantas los demás le atri­buyen. Quien hace este descubrimiento se convierte en «ninguno» al menos para sí mismo, por cuanto no le queda otra posibi­lidad que la de observar cómo lo ven los demás, es decir, sus diversas cien mil per­sonalidades. Partiendo de este razonamiento el tranquilo Gengé decide cambiar su vida, darle un sentido y un tono nuevos; como último resultado, después de una serie de acciones que le dan fama de loco, consigue ser abandonado por su mujer Dida y vivir como refugiado en un asilo de mendigos fundado por él mismo, después de la liqui­dación de la banca de su padre. Allí vive por fin contento, sin ser ya nadie, y siendo todos, porque muere a cada momento, y en cada momento renace nuevo y sin recuer­dos; vivo y entero, no ya en sí, sino en todo lo que está fuera de él.

De hombre, Gengé se ha convertido en un objeto natural, pie­dra, nube, planta, viento: éste es el sentido profundo de la novela, aunque, no se ha convertido en su elevado motivo lírico, es decir, aquel imprevisto contacto con el mundo natural al cual Pirandello desea lle­gar, después de la demolición de todos los esquemas civiles, y morales de la actual sociedad de los hombres. ¿No es, en efecto, la moral del teatro pirandeliano un rebu­llir de la naturaleza y del instinto allí donde las leyes y las costumbres sociales han fra­casado? En realidad es éste precisamente el interés que, aun en formas tan diferentes, habrá de hacernos colocar a Pirandello en una corriente de exigencias y de gustos europeos, desde Proust a Lawrence. [Trad. española de Carlos M. Álvarez-Peña (Bar­celona, 1945)].

M. Alicata