Rabagas, Victorien Sardou

Comedia en cinco actos estrenada en 1872. Mrs. Eva, millonaria americana, que conoció al príncipe de Mónaco en Nápoles, ha reanudado con él su antigua amis­tad y se convierte, en la corte de Mónaco, en la ninfa Egeria del príncipe y la amiga predilecta de su hija. Entre tanto, Rabagas, abogado fracasado, orador populachero, charlatán, aventurero y embarullador, in­tenta provocar una insurrección en el tran­quilo estado de Mónaco, y en una taberna, en las proximidades del palacio real, aren­ga con violencia a un grupo de prosélitos de buena voluntad. Estos intentos, alimen­tados con violencias y calumnias, publica­das en un periodicucho en el que Rabagas desahoga su elocuencia, amenazan con pro­porcionar algunas dificultades al gobierno del príncipe. Mrs. Eva, de acuerdo con el príncipe, invita a Rabagas a la Corte, cul­tiva su ambición y, preparando su ascen­sión al poder, lo desarma, hasta el punto de que cuando Rabagas llega a ser ministro se convierte en el más feroz de los reac­cionarios. El sistema policiaco que pone en práctica contra sus antiguos compañeros se hace odioso y enciende la cólera de éstos, pero él no se preocupa por ello, con­vencido más que nunca de su habilidad, y toma por triunfo político lo que sólo es una estratagema para ponerlo fuera de com­bate. Para afianzar su situación, Rabagas querría también servirse de un pequeño secreto. Pero la intriga amorosa que ha descubierto no tiene nada que ver con Mrs. Eva, según él creía, sino que se trata de un amor honesto, preludio del matri­monio entre un oficial y la hija del prín­cipe. Así es que Rabagas se ve obligado a pedir su dimisión e internarse en Francia, en tanto que la comedia concluye con una doble boda: porque el príncipe se casa con Mrs. Eva. La obra, si bien carece de la profundidad de otras clásicas sátiras polí­ticas, está muy bien lograda, gracias a la vehemente y briosa parodia de la retórica revolucionaria. La subida al poder de Ra­bagas, su transformación, sus poco glorio­sas gestas ministeriales, están presentadas caricaturescamente y no sin gracia. En el protagonista se ha querido ver, sin motivo, un retrato de Gambetta.

M. Ferrigni

Gran constructor, pero no gran creador, el heredero de Scribe no es más que un heredero; y, para su único consuelo, un he­redero sin sucesores. (Thibaudet)