Las Flores, Hermanos Álvarez Quintero

Comedia en tres actos de los hermanos Serafín (1871-1938) y Joaquín (1873-1944) Álvarez Quintero, estrenada en el Teatro de la Comedia, el 4 de diciembre de 1901. Resulta curioso comprobar ahora que esta comedia, ligera y graciosa, de los luego y siempre aplaudidísimos autores an­daluces, en su estreno despertara descon­tento, y ciertos escritores como Zahonero y Jacinto Octavio Picón, además del gran historiador Rafael Altamira, manifestaran públicamente, a su gusto o a petición de los interesados, lo bien que a ellos, en cambio, les había parecido Las Flores.

El ambiente de la comedia es un huerto cuyos dueños, gente del pueblo, viven de la venta de las flores, que cuidan unas muchachas jóvenes y graciosas, la madre de las mismas y el abuelo. Es visita de la casa un hombre acomodado, Bernardo, que acaba casándose con una de las lindas mocitas floristas. Son cuatro las hijas de María Jesús, la orgullosa y honrada dueña del huerto: Charito, Án­geles, Rosa María y Consuelo. Aparece un hombre, el andaluz felón y embustero Ga­briel, que se lleva a Rosa María, echando sobre el huerto la deshonra que abruma a la madre y a las hermanas y hasta enluta a las flores. Una vecina descarada, Juliana, cuyas hijas viven de la aventura, envidiosa de las niñas floristas celebra que por fin a una le alcance la vergüenza que tan des­vergonzadamente lleva ella. Aunque aban­donada y al parecer desengañada de Ga­briel, vuelve Rosa María, al año, al huerto; le basta aparecer a aquél para que vuelva a huir la descarriada. Ángeles se casa con el sacristán del pueblo, Consuelo acaba casándose con Bernardo, y la madre, mordida por el dolor y la deshonra, se hunde entre sus flores (¡flores eran también sus hijas!) para ahogarse en silencio doloroso.

Es una bonita comedia en la que, por vez primera, sin duda, en aquel teatro de principio de siglo, un mundo poético dibuja sus felices contornos alrededor de la naturaleza en su mejor expresión, las flores y las muchachas. Fluida, vivaz, Las Flores contienen el gra­cejo y el dominio técnico de que siempre hace alarde el buen teatro quinteriano.

C. Conde