«Novela ejemplar» atribuida a Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616). No forma parte del grupo de «novelas ejemplares» publicadas en la edición de 1613.
Acaso Cervantes debió considerarla demasiado desenfadada. El contenido de La tía fingida es como sigue; paseando dos estudiantes manchegos por una calle de Salamanca donde acostumbraban vivir las cortesanas, vieron una celosía y se informaron acerca de los moradores de aquella casa, por parecerles de insólito recato. Resultó que hacía ocho días vivían en aquel lugar una señora forastera con aspecto de beata, una hermosa sobrina suya, dos dueñas y el escudero. Los estudiantes decidieron al punto la conquista de la doncella, que al parecer iba a llegar con la tía de un momento a otro, pues era ya el mediodía. Y cuando así fue, los estudiantes, ante tanta belleza y modestia, tiraron al suelo sus bonetes. Las mujeres no les hicieron el menor caso. Pero ellos, juzgando «que pues aquella gente era forastera, no habían venido a Salamanca a aprender leyes, sino a quebrantarlas», decidieron darles una serenata aquella noche.
Juntaron guitarras e instrumentos, previnieron músicos y encargaron a algún poeta alguna letra sobre el nombre de Esperanza (que éste era el de la doncella). Llegada la noche, formando una gran tropa de paniaguados, llegaron a la calle y casa de su dama, para despertar a todos los vecinos. Recitado el soneto al son de un arpa, alabado éste por un «bellacón» graduado «in utroque» y añadido un romance, se abrió la ventana y apareció una dueña, rogándoles en nombre de su señora doña Claudia que se fueran a dar la música a otra parte, por respeto a la sobrina doncella, «muy principal, muy honesta, muy recogida, muy discreta, muy leída y muy escribida». Apareció de pronto la ronda, y tras un amago de escaramuza, volvieron los estudiantes a cantar, sin que se abriera ya ventana alguna. Despechados, acabaron la serenata casi al alba, y los dos manchegos fueron a visitar a un caballero amigo suyo, «de los que se llaman generosos en Salamanca». Le contaron la aventura, y el caballero les prometió conseguir a la doncella para ellos.
Aquel mismo día envió un comedido recado a doña Claudia, la cual informada de la posición del caballero, le contestó mediante el oficio de una dueña. Recibióla cortésmente el caballero, y con regalos y promesas consiguió sonsacarle que su señora joven no era «pulcela», sino que estaba de «tres mercados o ventas». Añadió a ello el detalle de la falta; el cómo y en cuánto, el quién y en dónde. Conocido este secreto, trató con la mensajera una visita nocturna a la doncella. Así se hizo; a la hora de acostarse estaba el galán escondido en la habitación de Esperanza. Ésta, que había prometido contestarle, y la inadvertida tía hablaban en la cámara contigua. Con ellas velaba sólo la dueña de los buenos oficios. Doña Claudia indicaba a la joven el comportamiento adecuado con los hombres de aquella ciudad de Salamanca, «madre de las ciencias» y llena de diez o doce mil estudiantes.
Gente moza, libre, diabólica; «Muchas veces te he dicho, Esperanza mía, que no te pasen de la memoria los documentos y advertimientos que te he dado, los cuales, si los guardas como debes, te servirán de tanta utilidad y provecho cuanto la mesma verdad y experiencia te lo dará a entender; no pienses que estamos aquí en Plasencia, de donde eres natural, ni en Zamora, donde comenzaste a saber qué cosa era el mundo, ni menos en Toro, donde diste el tercer esquilmo de tu fertilidad, que todas estas tierras son habitadas de gente buena y llana». Le advierte que en Salamanca viven muchos estudiantes y no deja de ser interesante el comentario a los caracteres, a los habitantes de las distintas regiones españolas: «Los visearnos, aunque son pocos, es gente corta de razones, pero, si se pican, son largos de bolsa; los manchegos es gente abalentada y que llevan el amor a mogicones; hay una masa de aragoneses, catalanes y valencianos; teñios por gente pulida, teñios por nobles de pensamientos y que, si tienen, dan, y si no dan, no piden; los extremeños tienen de todo y son como alquimia, que si llega a plata, lo es, y si al cobre, lo mesmo; los andaluces son agudos, astutos y no nada miserables; los portugueses hay algunos; haz cuenta que el mismo amor vive en ellos envuelto con la lazería».
Le continúa advirtiendo en este magnífico diálogo que vaya con cuidado, no vaya a echar a perder la mercadería del navío, que es su hermoso cuerpo: «porque no dé al través el navío de nuestra intención y echemos al agua la mercadería de mi nave, que es la de tu gentil cuerpo y tu donaire y gentileza». Le dice que ningún profesor de la ciudad, «por más afamado que sea», domina su arte como ella domina el suyo. Protesta la doncella de que la tía la haya vendido ya tres veces como doncella: « ¿Soy por ventura de bronce?, ¿no tienen sentido mis carnes?, ¿no hay más sino dar puntadas en ellas, como ropa, como ropa desgarrada?…». Así reprocha ella a su tía el comercio que está haciendo con su juventud y sin contar con el sentir de sus pasiones, cuando de pronto, don Félix, el caballero que estaba escondido, empezó a estornudar. Vela en mano, acudió doña Claudia. Para calmar la indignación de la señora, don Félix se ofreció a reparar con oro la honra lastimada, con tal de poder gozar a la deseada y deseosa Esperanza.
Terció la dueña alcahueta, denostando una vez más las virtudes de sus amas. Se origina una viva pelea entre ella y doña Claudia. Se presenta de improviso en la casa un corregidor con más de veinte personas y se los llevan todos a la cárcel. Por el camino les salen al paso los dos manchegos y consiguen libertar a Esperanza. Con ella se casa al fin uno de ellos. La falsa tía, entre tanto, es condenada a 400 azotes por su comercio con doncellas y por sus artes de hechicera. La tía fingida nos coloca ante un problema que posiblemente no se podrá resolver nunca: el de su paternidad. Conocida ya en 1604, según el manuscrito de Porras de la Cámara, no fue publicada hasta 1814, de forma incompleta, y en 1818, completa. Existe otro manuscrito de La tía fingida, además del de Porras, el de la Biblioteca Colombiana, más abreviado, que algunos creen que es el borrador del de Porras. Ambos manuscritos han sido publicados a doble página en la edición del III vol. de las Novelas ejemplares (v.) de las «Obras Completas de Miguel de Cervantes Saavedra», por Rodolfo Schevill y Adolfo Bonilla (Madrid, 1925).
La opinión actual de los críticos es que ambos manuscritos son a la vez copias un poco arbitrarias de un original perdido. En favor de la paternidad de Cervantes se han pronunciado García de Arrieta, Navarrete, Gallardo, Fernández Guerra, Asensio, Apraiz, Medina, etc.; y en contra: Bello, Adolfo de Castro, Icaza, Rodríguez Marín, etc. La verdad es que hay razones en pro y en contra. Bonilla y otros han estudiado las semejanzas estilísticas, el vocabulario, las similitudes de frase y de ritmo, etc. Schevill y Bonilla creen que si no es obra de Cervantes, por lo menos lo es de un cuentista excelente, y afirman que en aquel tiempo no se encuentra ningún autor, exceptuando Cervantes, claro está, de tan alta calidad como para atribuírsela. La narración contiene rasgos cervantinos evidentes. La cuestión moral, que también ha sido aducida, nada tiene que ver con la paternidad. A pesar de que es más escabrosa, se encuentra en la misma línea y tiene la misma intención inmoral que el Casamiento engañoso (v.) y El viejo celoso (v.). Por otra parte, la psicología de los personajes es también cervantina. Por lo que al estilo se refiere, abundan los rasgos propios del estilo de Cervantes, especialmente al principio y al final de la obra.
Véase este fragmento escogido al azar: «vívame mi dedal y aguja, y vívame juntamente tu paciencia y constancia, y venga a envestirse todo el género humano, que tú quedarás con honra, y ellos engañados, y yo con más ganancia que la ordinaria», cuyo ritmo podría coincidir perfectamente con fragmentos del Quijote (v.) o de otras Novelas ejemplares. La relación observada por Icaza con los Diálogos (v.) de Aretino no imposibilita que La tía fingida sea obra de Cervantes. Si no se puede concluir de una manera clara y segura que sea obra del ingenio español, por lo menos se puede afirmar que no es indigna de su pluma. En La tía fingida algunos críticos han visto una imitación de La Celestina (v.).

