La Prudencia en la Mujer, Tirso de Molina

Come­dia en tres jornadas y en verso de Tirso de Molina (pseudónimo de Fray Gabriel Téllez, 1571-1648), publicada en la Ter­cera parte de su teatro, 1634.

Esta obra es considerada por la mayor parte de los crí­ticos españoles como la obra maestra del teatro español de carácter histórico, y es éste mi juicio que, a pesar de los famosos dramas de Lope de Vega y de Calderón, nos sentimos tentados a aceptar. La pro­tagonista es doña María de Molina, viuda del rey Sancho el Bravo y madre de Fer­nando IV (siglo XIV); y sus hechos se. refieren al turbio período en que ella hubo de luchar contra obstáculos e intrigas de todo género para conservar la corona en la cabeza de su hijo. Para disputar el trono al pequeño Fernando conspiran los hermanos del muerto don Sancho, los in­fantes don Juan y don Enrique.

Éste, nom­brado regente, lo hizo en la sombra para apoderarse de la corona, mientras don Juan acudió francamente a las armas. Pero de parte del rey inocente se colocan el generoso y leal don Diego López de Haro, enamo­rado de la reina, y las poderosas familias de los Benavides y los Carvajales, los cua­les, a pesar del odio que los divide, por su fidelidad al rey se unen para el triunfo del derecho y de la legitimidad. El estilo de la obra, rico en elementos posthumanísticos, da a la situación un color anacrónico, y no faltan elementos de comicidad casi dialec­tal; pero el elemento que conserva intacta la grandeza de su concepción es el espec­tacular. La prudencia en la mujer (se ha intentado la prueba) arranca hoy todavía los aplausos de un público corriente.

La es­cena del intento de envenenamiento del rey niño (jornada primera), la de los velos de viuda empeñados en un momento de graves apuros pecuniarios, el «consuntivo» polémi­co de la regencia son, más que ocurrencias ingeniosas, momentos de gran teatro. Junto a la protagonista, admirablemente caracteri­zado en su maquiavelismo bondadoso, sobre­sale la figura del infante don Juan, encar­nación demoníaca e ingenua al mismo tiem­po, de una malignidad que no cede ni ante los fracasos ni ante las repetidas pruebas de generosidad de la reina.

A. R. Ferrarin