El Vizcaíno Fingido, Miguel de Cervantes

Es uno de los entremeses de Miguel de Cervantes (1547- 1616). Del análisis del texto se desprende que la obra no fue escrita antes del 3 de enero de 1611, y que muy posiblemente es posterior a octubre de ese mismo año; fue publicada por vez primera en la edición de 1615 de las Ocho comedias y ocho entre­meses nuevos, nunca representados (v.), en Madrid, por la viuda de Alonso Martín.

El entremés está escrito en una prosa ágil e incisiva; el lenguaje, de fácil comicidad, suple la falta de verdadero interés de que adolece el pretexto argumental; por ello, aun siendo de los más flojos entre los ocho, también El vizcaíno fingido puede citarse como uno de los aciertos cervantinos en el difícil género de la pieza corta. El diálogo es vivo, directo, gráfico; a través de él se descubren tipos y caracteres, y en las frases se modelan y cobran vida las costumbres de la corte, que quedan así indirectamente retratadas. Los personajes de Cristina y Brígida, los papeles femeninos de la obra, destacan claramente, con gruesos perfiles, pero sin llegar a caer en el trazo caricatu­resco; Solórzano y Quiñones, el «Vizcaíno», su broma misma, más parecen circunstan­cias externas que justifican la caracteriza­ción hábil e intencionada de las primeras, y el complemento adecuado sobre el que la sabiduría expresiva de Cervantes teje la graciosa comicidad del diálogo.

El argu­mento, como se ha apuntado, es sencillo y trivial: Solórzano y Quiñones, dos amigos, deciden hacer objeto de una burla a Cris­tina, una cortesana de Sevilla. Organizan para ello un timo. Mientras Cristina y Brí­gida se hallan charlando de los males que a las cortesanas esperan por las nuevas ordenaciones que rigen en la ciudad, entra Solórzano y explica a la primera que, ha­biéndole sido confiado por un amigo suyo de Vizcaya la custodia de su hijo para que le lleve a Salamanca a estudiar, y siendo éste un poco tonto, aún más si está bebido, ha pensado que, con la ayuda de ella, se puede hacer una burla al vizcaíno, que pondrá en manos de Cristina una cadena de oro de gran valor. Así queda pactado, y mientras Cristina recibe la cadena, Solórzano, en compensación, se hace con diez escudos que le da la dama, después de haber hecho contrastar la cadena por un joyero vecino, que había sido previamente asesorado por los dos amigos.

Quiñones visita a la dama, y por el pago que aquélla ya recibió de manos de Solórzano, se decide que Cristina obsequiará al mancebo con una cena. Al poco rato, cuando ya Quiñones, al parecer un poco bebido, se ha retirado, regresa Solórzano explicando que, según ha podido enterarse por recientes noticias, el padre del vizcaíno se halla moribundo, y el mu­chacho precisa de la cadena para poder regresar al hogar en tan penoso trance. La cena debe aplazarse, en consecuencia, y a Cristina le son devueltos sus diez escudos, y otros diez en compensación; pero al reci­bir la cadena, Solórzano protesta afirmando que es falsa y que Cristina quiere hacerle víctima de una estafa. Se provoca con ello gran revuelo y durante el altercado, con gran terror de Cristina que sabe que ante la justicia siempre lleva las de perder, hace su aparición un alguacil. Cuando las cosas parecen ponerse peor para la pobre Cristina, Solórzano finge apiadarse de ella e intenta dar fin a la aventura haciendo que Cristina pague una cena para todos, y mientras ésta se deshace en muestras de agradecimiento llega Quiñones acompañado de unos músicos y se descubre la burla, acabando todo ale­gremente.

Los músicos cantan una cancioncilla en la que se encierra jocosamente la moraleja ejemplar que casi siempre ha­llamos en la obra cervantina y que aquí aparece en el estribillo: «La mujer más avisada,/o sabe poco, o no nada». Como se ve, el argumento no tiene interés mayor, pero, como se dijo, el ingenio agudo y ri­sueño, amargamente risueño, de Cervantes, y su habilidad en el manejo del idioma, mantienen la pieza dentro de un tono digno que no desmerece de los restantes entremeses, aun estando muy por debajo de algunos de ellos.

A. Pacheco