El Viejo y la Niña, Leandro Fernández de Moratín

Comedia en tres actos del escritor español Leandro Fernán­dez de Moratín (1760-1828), leída por su autor en 1786 a la compañía de Manuel Mar­tínez, siendo los «galanes» de opinión «de que tal vez no se sufriría en el teatro por la sencilla disposición de su fábula, tan poco semejante a la que entonces aplaudía la multitud; pero se determinaron a estudiarla a pesar de este recelo, persuadidos de que ya era tiempo de justificarse a los ojos del público, presentándole una obra original escrita con inteligencia del arte».

El que se determinaran a estudiarla no quiere decir que la obra se estrenara rápidamente, pues empezaron a surgir enojosos retrasos: unos, porque el censor de entonces consideraba la farsa «atrevida»; otros, porque la dama que debía hacer el papel de «característi­ca» (usando nuestros términos modernos) era demasiado joven, y la que se empeña­ba en hacer de «dama joven» era dema­siado vieja. Entre unas y otras cosas, avan­zó el tiempo, y hasta el día 7 de febrero de 1792 no pudo lograrse el estreno de la obra, en el Teatro del Príncipe de Madrid. El «viejo», don Roque, que se casa con la infeliz y jovencísima doña Isabel, «la niña», enamorada del galán don Juan a quien está prometida desde la infancia de ambos, trota y se afana, se pone en ridículo y se atropella porque, sin saber que los jóvenes fueron novios (y ellos tampoco saben nada del encuentro que el destino les prepara en casa de don Roque), poco tiempo después de casarse con Isabel invita a per­manecer en su casa a don Juan, con quien tiene que arreglar unos negocios que lle­vaba con el tío del mismo, que era amigo o socio de don Roque.

Isabel y su antiguo novio sufren al verse en semejante situa­ción: a ella la casó, con ardides y engaños, su tutor, diciéndole que don Juan se había casado ya en otra ciudad a donde fue a resolver asuntos de interés. Y como la mo­cita se creyera abandonada por su amado, sola, desvalida, sin fortuna, se dejó casar con un viejo como don Roque. Pero doña Beatriz, hermana de aquél, y mujer come­dida y benévola, aconseja a la cuitada en su trance, inclinándola, como a don Juan, a que se separen sin ofender al marido que, por viejo que sea, merece respeto y sumi­sión. Así se hubiera hecho todo sin la ridícula y afanosa trapisonda de don Roque para sorprender en culpa a su joven esposa y a su digno galán; esta actitud del viejo hace que la niña se rebele y se retire a un convento.

C. Conde