El Rufián Viudo, llamado Trampagos, Miguel de Cervantes Saavedra

Entremés en verso, de Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616), publicado en 1615, junto con los otros siete «entremeses nuevos, nunca representados». El pro­tagonista de esta pieza, espejo de rufianes, recuerda al Monipodio de la novela, y es presentado con la ironía que anima las pá­ginas de Rinconete y Cortadillo (v.).

Trampagos sale a escena acompañado de su cria­do Vademécum, el cual es en seguida envia­do a buscar unas sillas. Ya solo, se lamenta Trampagos de la reciente muerte de su mu­jer («Pericona mía, y aun de todo el con­cejo…»). Su monólogo es interrumpido por el compadre Chiquiznaque, quien le con­suela, sugiriéndole ponga freno a su dolor para trocarlo en misas y limosnas. Los dos amigos se han reunido para esgrimir un rato, pero la desgracia de Trampagos im­pone la conversación sobre los encantos de la finada. Tenía ésta para las vecinas y ami­gas tan sólo treinta y dos años, aunque cincuenta y seis para el calendario («iOh, qué teñir de canas!»). Durante las quince cuaresmas que fue tributaria de Trampa­gos, resistió sermones cual inamovible roca, para no negarle a su esposo cosa alguna. Tal hembra benemérita, que no vertía lá­grimas jamás, murió de casi nada: de tener malos los hipocondrios y los hígados, aun­que bebiendo agua de Taray hubiera podido durar setenta años. Que ella tenía ciertas fuentes en brazos y piernas, como un Aran- juez, no cabe negarlo.

Pero con todo, car­nes más tiernas y blancas que las suyas no las comen los gusanos: ahí es nada el placer que sentía Trampagos al abrazarla, sobre todo antes que se le dañase el alien­to y acabase con las perlas de su boca, es decir, con sus dientes y muelas… A este retrato de mujer, tan parecido al de «Clara Perlerina», pone término la ruidosa llegada del jayán Juan Claros, y de la Repulida, la Pizpita y la Mostrenca, tres mujeres de vida airada. Vienen a alegrar al viudo, a quien desean ver desenlutado. Pero Trampagos re­plica que sería un Polifemo, un come-vivos, si se adornara tras haber perdido una mina potosisca. Las tres mujeres, sin despreciar a la muerta, hacen el elogio de sus propias cualidades («Ninguna es fea como tenga bríos; feo es el diablo»). Juan Claros pro­pone que el viejo vuelva al «sicut erat in principio», porque al vivo corresponde ir a la hogaza, como al muerto a la sepultura. Las mujeres, en su deseo de apoderarse de Trampagos, empiezan a reñir entre sí, ya que ninguna está dispuesta a dejarse atro­pellar («Que no sufro carga que no me guste y no me convenga»). El repentino y gratuito aviso de que viene un alguacil apacigua los ánimos, y el viudo puede esco­ger concienzudamente a la Repulida.

Acu­den dos músicos a celebrar la algazara, y luego un cautivo que es reconocido por to­dos. Se trata de Escarramán, que ha con­seguido la libertad en Berbería y viene a dejar la cadena en San Millán de la Cogolla. Escarramán pregunta por su antigua amiga, la Méndez, y por lo que se ha dicho de él durante su ausencia. Resulta que la Méndez está en Granada, a sus anchas, y que de Escarramán se han dicho las cosas más peregrinas. Al cabo los músicos cantan una copla celebrando la llegada del cautivo, y luego ejecutan diferentes bailes popula­res: la gallarda y el canario, cantados y bailados por Juan Claros. La obra acaba con la congratulación del viudo, que pronto dejará de serlo. El entremés del Rufián viudo adolece de la carencia de nudo argumental. Privado de la base del cuentecito tipo Chaucer o Boccaccio, su estructura res­ponde exclusivamente a la finalidad: es de­cir, a servir de refrigerio entre el primero y segundo actos de una comedia larga, como lo demuestra también, al final de la obra, la gran importancia concedida al cante y baile. Cervantes ha presentado aquí una galería de tipos clásicos y acreditados en su obra, pero sin novedad alguna. Para re­llenar los huecos se recurre al cante y al baile, y sobre todo a la ironía y la pimien­ta, que quizás hubiesen encontrado molde más adecuado en la prosa. Pues en prosa están escritos la mayor parte de los entre­meses cervantinos.

R. Jordana