El Pequeño Café, Tristan Bernard

[Le petit café]. Comedia en tres actos de Tristan Bernard (1866-1947), estrenada en París con gran éxito en 1911 y publicada en 1912. El inte­rior de un pequeño café de los alrededores de la Place des Ternes es la escena donde comienza la comedia.

El café está regentado por ,el propietario, el viudo Philibert, y por su hija Yvonne, que apenas si se digna po­ner los pies en él ni ocuparse de las per­sonas que allí trabajan (el camarero Albert, la cajera, el pinche). Albert, que es un buen muchacho, sencillo y honrado, un buen día se halla en posesión de una gran for­tuna que le deja en herencia un rico señor del que era hijo natural. Un cliente del café, intrigante y de pocos escrúpulos, es el pri­mero en conocer la noticia de la herencia, y sugiere a Philibert que saque partido de ella, haciendo firmar a Albert un contrato que le obligue durante veinte años a servir como camarero, y en caso de arrepentirse, a pagar al patrón una suma de doscientos mil francos.

Naturalmente — piensan ellos — Albert estará encantado de asegurarse el puesto para veinte años; pero no hay duda de que tan pronto como sepa que es rico, no querrá seguir haciendo de camarero; la ventaja de Philibert está por tanto asegu­rada. Pero lo que ocurre es que Albert, advertido de todo por el pinche, secunda el juego y se queda, permitiéndose liber­tades y hasta maneras insolentes para con el patrón; él sabe muy bien que por propio interés, Philibert no osará despedirle. Pero por la noche, una vez quitado su delantal, se entrega a la vida mundana; se hace amante de una de las más bellas mujeres de París, frecuenta los lugares elegantes; se venga de sus míseras jornadas y de las humillaciones que continuamente le infiere su orgullosa dueña.

De esta situación na­cen equívocos de todo género, especial­mente en el «cabaret» de lujo, donde trans­curre el segundo acto, hasta que se descubre la doble vida de Albert. A partir de este momento las cosas se precipitan de tal modo que se ve obligado a despedirse del café. Pero se da cuenta de que no puede dejarlo; su vida está allí dentro; todos sus afectos están ligados al pequeño café, aunque su existencia haya sido en él tan difícil; e in­cluso Yvonne, amada hasta entonces sin saberlo, le confiesa su propio dolor, lloran­do y revelándole su propia tímida pasión. Todo ello facilita que se desaten los nudos, porque Philibert también pensaba en indu­cir a su hija a casarse con él rico camarero. Ya no será necesaria su intervención, pues­to que Yvonne ha aceptado espontáneamente el amor de Albert, y será su esposa.

La comedia ofrece mil pretextos para que des­filen por la escena una serie variada y agra­dable de figuras parisienses; es fiel a todas las convenciones del teatro «ligero» que en los primeros años de este siglo logró gran éxito en la escena francesa, pero el garbo y la medida con que están dosificados los efec­tos y entrelazadas las situaciones, y la indulgente ironía con que los personajes están tratados, revelan en el autor habilidad y buen gusto; estas cualidades, que explican el éxito de su teatro, evitan que la alegre comedia caiga en la «pochade». El diálogo es fresco y ágil, los frecuentes fragmentos ingeniosos suscitan una fácil hilaridad.

G. Veronesi