El Baile de la Señora Perkins, William Makepeace Thackeray

[Mrs. Perkins’s Ball]. Boceto humorístico del escritor inglés William Makepeace Thackeray (1811-1863), publicado en 1847, con ilustraciones del autor, bajo el pseudónimo de Michael Angelo Titmarsch y reeditado en 1857 en el volumen The Christmas Books of Mr. M. A. Titmarsch. La señora Perkins, cuya hija ha llegado a la edad de buscar marido, organiza en su casa una fiesta e invita, entre otros, al autor, acompañando la invitación de otro billetito personal en el cual le ruega lleve consigo a aquellos de sus amigos que podrían ser un buen par­tido para su hija. Mientras Titmarsch está muy apurado por la elección, llega su amigo Mulligan, el típico aventurero irlandés, sin oficio ni beneficio, sin techo que le ampare, que vive a salto de mata y en gran parte de la generosidad de sus amigos, tipo bas­tante corriente no sólo en la comedia del siglo XVIII, sino también en toda la lite­ratura del XIX. Mulligan, después de leído el billete de la señora Perkins, obliga a Titmarsch, muy en contra de su voluntad, a invitarle, y luego por la noche es el pri­mero en llegar al baile. Tras una rápida descripción de la casa Perkins engalanada para la fiesta, el autor pasa, sin más, con breves pero incisivos trazos, a describir a los diferentes invitados a medida que van llegando, narrando los temas más caracte­rísticos de sus conversaciones, recogiendo las murmuraciones y las agudezas.

He aquí la llegada de las mamás de rigor llevando a las hijas al baile como a un mercado ma­trimonial; he aquí a la poetisa, entrada en años, Miss Bunion, autora de varios tomos de poesías todas de tema amoroso a pesar de haberse quedado soltera; he aquí al poe­ta Hiks, imitador de Byron y de Moore, y en realidad un simple droguero; a Miss Trotter, la joven y agraciada prometida del decrépito lord Methuselah; al joven y fas­cinador Mr. Flynders, otro tipo de aventu­rero, que vive irregularmente, sobresaliendo siempre por su elegancia: a M. Canaillard, caballero de la Legión de Honor, que discute con el barón de Bobwitz; o a Mr. Ranville del Ministerio de Asuntos Exterio­res, que contesta siempre con monosílabos y sin comprometerse nunca, va quedándose prematuramente calvo como Canning, de lo cual se siente orgulloso, cabalga todas las mañanas por el parque de Saint James antes de almorzar, y hace escrupulosamen­te un resumen de toda la correspondencia que recibe; las únicas bromas que salen de sus labios son citas de Horacio como sir Robert Peel, el cual, como única distracción en los días de fiesta, lee a Tucídides y se le in­vita a todas las fiestas debido a sus botones de latón con el monograma de la reina; y muchas figuras más que el lápiz del dibujan­te, tal vez más aún que la pluma del escri­tor, ha trazado en sabrosas caricaturas. Es la sociedad londinense de los cuentos más que de las novelas de Thackeray, retratada con el humorismo satírico del «Punch». Después de la polka final y la cena, Mulligan, que ha iniciado la velada haciendo la corte a la señorita Perkins y la ha continuado renovándola por turno casi a todas las mu­chachas presentes, completamente borra­cho, es despedido bruscamente por el dueño de la casa con gran humillación del autor.

A. Cellini