Bien Está lo que Bien Acaba, William Shakespeare

[All’s Well that Ends Well; traducido también: A buen fin no hay mal principio]. Comedia en cinco actos en verso y prosa de William Shakespeare (1564-1616), escrita probable­mente hacia 1602-1603; según otros, que tienen en cuenta las desigualdades del tex­to, fue escrita en una primera redacción durante la juventud de Shakespeare, en el período 1590-1594 y, una decena de años des­pués, rehecha por el mismo autor asistido por un colaborador; publicada en el infolio del 1623; no se tiene noticia de que haya sido representada antes del mes de marzo de 1714; en una época de vuelta al fervor por las comedias de Shakespeare, ni que tuviera fortuna en la escena. La trama está sacada de la novena historieta de la ter­cera jornada del Decamerón (v.) de Gio­vanni Boccaccio, traducida en el Palacio del placer (v.) de William Painter (I, 38). Es la conocida historia de Giletta de Narbona que cura al rey de Francia de una fístula y pide por marido a Beltrán del Rosellón. Beltrán (Bertram, v.), joven con­de del Rosellón (Roussillon), a la muer­te de su padre es llamado a la Corte del rey de Francia, y deja en el castillo here­dado a su madre y a Elena, hija del famoso médico Gerardo (Gerard) de Narbona, que ha sido educada a expensas del viejo con­de. El rey de Francia (Carlos V, nombre que no se cita en el drama de Shakespeare) está enfermo de una fístula incurable.

Ele­na, que está enamorada de Beltrán y le ama, concibe el atrevido plan de trasladarse a París e intentar la curación del rey por medio ‘de una receta que le dejó su padre- y la madre de Beltrán, descubierto el amor de Elena por su hijo, secunda su proyecto. La curación sale bien y Elena obtiene como recompensa del rey el poder escoger un marido entre los gentilhombres de la Corte; así deja recaer su elección en Beltrán, que, aunque irritado por tener que casarse con una mujer de rango inferior, es apremiado a obedecer la orden del rey. Pero, instigado en parte por el fanfarrón Parolles (v.), se alista inmediatamente al servicio del du­que de Florencia en la guerra contra Siena, y escribe a Elena que no piense en consi­derarle su marido mientras no haya obteni­do el anillo que lleva en su dedo, y del que no tiene intención de desprenderse jamás, y hasta que no tenga un hijo de él, que no ha de compartir su lecho. Elena, vestida de peregrina, se dirige a Florencia, y encuentra que Beltrán está enamorado de Diana, hija de la hospedera de peregri­nos, la que, sin embargo, rehúsa sus ofer­tas. Elena se da a conocer a la joven y a su madre como la esposa de Beltrán, y ob­tiene, prometiendo a Diana una dote, que ella finja aceptar un convenio del enamo­rado a condición de que le entregue el anillo; luego, cuando tenga que verificarse la cita, Elena sustituirá a Diana. Poco tiempo después, difundida la falsa noticia de la muerte de Elena, y habiendo termi­nado la campaña en la que Beltrán se ha distinguido extraordinariamente, vuelve al Rosellón. Entretanto su amigo Parolles ha sido desenmascarado como abyecto cobarde traidor. En el castillo del Rosellón se en­cuentra el rey, que viendo en el dedo de Beltrán el anillo que él mismo había dado a Elena, y del que ella no debía separarse más que para enviárselo en demanda de auxilio en caso de gran necesidad, sospecha que Beltrán ha hecho desaparecer a su mu­jer; Diana se presenta con una súplica, acusando a Beltrán de haberla seducido y diciendo que se ha visto obligada a entregar a Beltrán el anillo.

El enigma se resuelve finalmente con la aparición de Elena, quien mostrando a Beltrán el otro anillo que él había creído dar a Diana, y habiendo que­dado encinta de él, es finalmente recibida como esposa del marido arrepentido y per­donado por el rey. No se puede decir que el bien trazado cuento de Boccaccio salga mejorado en la dramatización shakesperiana; quizás para ofrecer un papel brillante a un actor cómico, Shakespeare ha intro­ducido los episodios relativos a Parolles, que probablemente pusieron a flote el dra­ma con perjuicio de la trama principal. Sin embargo aquellos episodios son parte esen­cial de la atmósfera del drama, del mismo modo que el lenguaje de burdel y las ve­nenosas maledicencias de Lucio son partes inseparables de Medida por medida (v.), la amarga comedia que tiene estrechísima afinidad con Bien está… Elena tiene un poco de Isabel (especialmente en sus dis­cursos para persuadir al rey’ de la eficacia de la curación), un poco de Mariana de Medida por medida, el desenlace en el últi­mo acto procede por estadios bastante afines en entrambos dramas, y en fin la seme­janza de estilo, de diálogo, de general colo­rido pesimista, nos autorizan a sostener que Bien está… es una obra gemela de Medida, pero no tan vital. De los dos personajes principales, Elena nos puede parecer ambigua, Beltrán odioso; más nobles el rey y la condesa, pero secundarios; el bufón Lava- che es flojo, y sólo Parolles puede mover­nos a risa, pero como en una amarga farsa, sin la humana simpatía que suscita en nos­otros un fanfarrón como Falstaff (v.). Pero sobre todo no nos dice el drama por qué manera Elena, aborrecida por Beltrán, logra al fin hacerse amar: conclusión, esta última, que debería verificarse si todo verdadera­mente «debe terminar bien». La deficiencia de toda justificación psicológica queda su­plida por lo prodigioso del caso, por el hábil expediente con que Elena llega a cumplir las dos condiciones puestas por Beltrán, pero este expediente opera de modo excesivamente mecánico para producir con­vicciones, ni tampoco se ve en qué pue­de Beltrán ser un marido deseable, a no ser por su recia posición social. [Trad. de R. Martínez Lafuente en Obras completas, tomo III (Valencia, s. a.) con el título Bien está lo que bien acaba y de Luis Astrana Marín en Obras completas (Madrid, 1951,10.a edición) con el título A buen fin no hay mal principio].

M. Praz

Falta aquí la concepción simultánea de la visión temporal y espacial. (F. Gundolf)