Alejandrinismo

Se suele llamar Alejandrinismo (de la ciudad de Alejandría, su centro principal), Cultura helenística o Helenismo, la civilización que se desenvolvió en la cos­ta del Mediterráneo después de la con­quista de Alejandro Magno, y duró unos tres siglos, desde fines del siglo iv a fines del siglo i a. de C., hasta que fue ab­sorbida por la civilización romana. Ale­jandría bajo el reinado de los Tolomeos fue el centro principal de esta civiliza­ción, no el único: por esto modernamente se prefiere sustituir por el término “he­lenismo”, más comprensivo, el de “ale­jandrinismo”. La civilización helenística, es decir, la de los pueblos helenizados, fue la continuación natural de la “helé­nica”, esto es, de la del pueblo griego. Alejandría, la mayor ciudad y la más rica, fue también el centro cultural más espléndido. Después de la batalla de Isos (301 a. de C.), cuando Egipto se convir­tió definitivamente en un reino indepen­diente y pudo disfrutar de cierto perío­do de tranquilidad y de paz, Tolomeo Soter empezó a invitar a su corte a los poetas, los escritores, los gramáticos y los hombres de ciencia más famosos. Por voluntad del rey fue instituido el célebre Museo (templo de las Musas), que era al mismo tiempo una Academia científica y un pensionado de doctos, con su Biblioteca aneja, que en la épo­ca de Tolomeo II Filadelfo, contenía 490.000 volúmenes. Fueron bibliotecarios de Alejandría los doctos más famosos; en el siglo m el gramático Zenodoto, el poeta Apolonio de Rodas, el hombre de ciencia Eratóstenes; más tarde, los más célebres gramáticos de la antigüedad, Aristófanes de Bizancio y Aristarco de Samotracia. El reinado de Tolomeo Fi­ladelfo (135-247) corresponde al mayor esplendor de la poesía y de la cultura helenísticas. El rey, muelle y refinado, amante del lujo y de los ocios de la paz, fue munífico protector de literatos, de investigadores, de artistas, de tal modo, que puede parangonarse por su sincero amor por la ciencia y por el ar­te a los señores italianos del Renaci­miento. Hasta el final del Helenismo, Alejandría siguió siendo la capital de la ciencia, particularmente de la medicina, de las matemáticas, de la astronomía, y tuvo origen alejandrino el neoplatonismo, la filosofía que tanta importancia y difusión alcanzó en la época romana: Amonio Saccas y Plotino, fundadores del sistema, eran dos egipcios.
Rival de Alejandría fue Pérgamo, que tuvo especial importancia en el siglo n. Los atálidas, sobre todo Atalo I y Eu- menes II, fueron, a su vez, protectores de artistas y doctos. También Pérgamo tuvo una famosa biblioteca, y floreció allí una célebre escuela de gramáticos en áspera lucha con los de Alejandría. Ata­lo I, para celebrar su victoria sobre los gálatas, mandó erigir el altar de Zeus, con el gran friso de la Gigantomaquia y con las estatuas de los gálatas vencidos, obra, cuya audacia barroca y violento patetismo marca el punto culminante de la escultura helenística. Atalo II fue gran gustador y apasionado coleccionista de pinturas. Si Alejandría se había convertido en la capital de la poesía y de la ciencia, Atenas seguía siendo sede de la filoso­fía. Poco antes de comenzar el siglo m, Epicuro fundaba allí su escuela; a prin­cipios del siglo Zenón fundaba la Stoá, el Pórtico. Epicureismo (v.) y Estoicis­mo (v.) dominarán la gran mayoría de los espíritus durante toda la época he­lenística y romana, y serán practicados y sentidos como religiones. Continúan existiendo el Peripatos y la Academia, aunque ésta cambie de dirección con el probabilismo de Arcesilao. Centros menores de cultura fueron Antioquía, Pella, en Macedonia, Cos, Sa­rrios, Rodas. En el siglo I esta última pasó a ser, en lugar de Atenas, el ma­yor centro de cultura de Grecia; allí acudían los jóvenes romanos de las me­jores familias para completar sus estu­dios. En el siglo n, nació en ella Panecio, que renovó el estoicismo y, sobre todo, difundió en Roma la “humanitas” del Helenismo; en el siglo I, fue la segunda patria de Posidonio, filósofo, historiador, científico insigne, el últi­mo hombre universal de la civilización griega.

El Alejandrinismo es una civilización multiforme, compleja, varia, rica en con­trastes, que no es fácil reducir a fór­mula. Cosmopolitismo e individualismo constituyen sus notas más acusadas. El griego del siglo III ya no es ciudadano, es un súbdito. Excluido de la vida polí­tica, no mira a su ciudad, sino al mundo. Poetas y filósofos no hablan ya a sus conciudadanos para instruir, acon­sejar, educar; se dirigen a cuantos pue­dan entenderles, a todos los que hablan griego. La cultura es también cosmopoli­ta en otro sentido: en la época helenís­tica, los hombres de cultura son los hombres de todo el mundo civil. El poe­ta más famoso es Calimaco, nacido en Cirene, en el umbral del desierto líbico. La fuerza de expansión del Helenismo es inmensa. Incluso Jerusalén, que, por ra­zones religiosas era hostil a toda influen­cia extranjera, en el siglo II a. de C., bajo Antíoco Epífanes, que intentó helenizarla por la fuerza, estuvo a punto de convertirse en una ciudad helenísti­ca; y la cultura griega conquistó tam­bién Cartago y Roma, las dos nuevas potencias mediterráneas. Instrumento de la difusión del Helenismo fue la nueva “lengua común”, que es, en substancia, el ático, hablado y es­crito por gentes diversas y, por ello, mo­dificado paulatinamente, sobre todo por influencias jónicas. La filosofía más difundida del Hele­nismo fue la estoica, precisamente por­que era cosmopolita por excelencia. Los estoicos recomendaban la virtud de la vida social, la justicia y la benevolencia; enseñaban que todo individuo debe subordinar su bien al bien universal; pre­dicaban la que será llamada por Cice­rón “caritas generis humani”. Se difun­dió una nueva humanidad: la mujer, el esclavo, el niño, comenzaron a gozar de mayor consideración. Por ahí el Hele­nismo abre el paso al Cristianismo.

Pero el siglo III fue también el siglo del individualismo. Obligado a no ocu­parse más en política, el hombre helenístico se refugia en sí mismo, busca la felicidad en la quietud de las paredes domésticas. La filosofía epicúrea, individualista por excelencia, enseñaba al hombre a ser feliz como un dios en la dulzura de la impasibilidad. Epicuro fue el primero en comunicar a los hombres el sentido de la vida íntima, desconocido por los griegos de la época clásica. El griego antiguo deseaba vivir en presen­cia de los demás, porque por encima de todo ansiaba la gloria; Epicuro despre­cia la gloria y enseña que la felicidad sólo se encuentra en una vida oscura. Producto de una época de contrastes pro­fundos, el Helenismo muestra excesos de racionalismo junto a un ardiente fer­vor de religiosidad. El hombre helenís­tico es más religioso, generalmente, que el de los siglos V y IV; le preocupa mu­cho más la vida futura, que en la edad clásica sólo tenía importancia para los órficos y los pitagóricos. Prevalece cada vez más la tendencia al monoteísmo, re­flejada también en el culto tan difundi­do de la Tyje (la Fortuna, diosa del Destino); se difunden los cultos orientales, especialmente los misteriales y orgiásticos. Pero frente al misticismo surge el extremo racionalismo de Evémero, que reduce los dioses a hombres divinizados, esto es, a dioses creados por los hombres, y es, en suma, una forma de ateísmo.

El arte plástico revistió, en la época helenística, tendencias muy diversas, que podrían llamarse opuestas; una barroca, dada a lo grandioso, a lo fastuoso, a lo colosal; y una tendencia a lo pequeño, elegante, refinado. La primera se mani­fiesta en las esculturas de Pérgamo y de Rodas, en el friso del Ara de Pérgamo, en el Laocoonte, en el Toro Farnesio. La segunda se muestra en las estatuillas de bronce, en las terracotas, en las copas y camafeos. Además, existe gran diferen­cia entre las varias escuelas: junto al ba­rroco vigoroso y patético de la escuela de Pérgamo, tenemos el barroco de la escuela de Rodas, que tiende a conver­tirse en frío, académico. En general, el arte helenístico es un arte naturalista, y en su período mejor muestra el gusto por la forma rápida, que tiende a la libertad de espacio (“ilusionismo”, que tanta importancia tendrá en la escuela romana). La doble tendencia de las ar­tes plásticas se halla también en la lite­ratura, pero de modo muy diverso: todo paralelismo entre literatura y artes figu­rativas, apenas salimos de las generali­zaciones, resulta ilusorio. Barroca es ciertamente la prosa de Egesia y del asianismo, mas pertenece a otro género de barroco: el que tiende a los chistes y agudezas, no a lo espectacular y grandio­so. Sólo doscientos años después, en el siglo I a. de C., se tendrá un segundo tipo de prosa asiática, que corresponderá en cierto modo al estilo del Ara de Pér­gamo.

Pero no hay que olvidar que el helenismo tuvo otro tipo de prosa, des­nudo y enjuto, que es precisamente todo lo contrario del barroco; el estilo no sólo de la prosa científica sino de las memorias históricas y autobiográficas, el estilo que César tomará por modelo en sus Comentarios (v.). Y la tendencia ba­rroca no tuvo, por lo demás, ninguna im­portancia en la poesía. Barroco es sin duda Licofrón, pero en una obra que se propone ser adrede sibilina y enigmáti­ca; barroco en su patetismo violento es Bión, con su grandiosa sinfonía fúnebre a la muerte de Adonis (v. Idilios). Pero los grandes poetas helenísticos Calimaco, Teócrito, Apolonio de Rodas, están muy lejos del barroco; son clasicistas refina­dos. No hay poeta más enemigo de la hinchazón que Calimaco: su rasgo más característico es la sobriedad del estilo. Domina en la poesía helenística la ten­dencia hacia todo lo que es fino y gra­cioso, y prevalece la teoría del arte por el arte, que en la perfección formal ha­lla su principal razón de ser: teoría re­presentada sobre todo por Calimaco. Mas tampoco falta la expresión de sentimien­tos vigorosos y apasionados, como en algunos de los Idilios (v.) de Teócrito, como en la maravillosa representación del amor de Medea (v.) en el tercer li­bro de los Argonautas (v.) de Apolonio de Rodas.

La predilección por la farsa, por los detalles ínfimos, por las escenas de la vida cotidiana, ha hecho que la lite­ratura helenística fuera definida como “realista”. Pero es un realismo aparente. Los pastores de Teócrito son cumplidos y refinados, están dotados de exquisi­ta sentibilidad y discreción, e incluso, en ocasiones, son literatos disfrazados; rara vez el poeta les presta algún rasgo de ingenua rusticidad, al acordarse de que deberían ser verdaderos pastores, y toda su poesía es un sueño idílico, una libe­ración del mundo real. Una poesía menos realista que los Himnos (v.) de Ca­limaco no se podría imaginar siquiera.

La poesía alejandrina triunfa, sobre todo, en la elegancia y en la perfección formal. Calimaco, el poeta más refinado, en el largo poema las Causas (v.), cuen­ta antiguas leyendas raras, curiosas o pa­téticas, y en los Yambos (v.), de los cua­les se han descubierto recientemente im­portantes fragmentos, muestra una hu­manidad que se anticipa a la de las Epís­tolas de Horacio (v. Sátiras y epístolas), al paso que en los epigramas suele ex­presar con más llaneza sus sentimientos. Por todas partes campea aquí el mismo refinamiento en el lenguaje, en el estilo, en el verso. Pero sería un error juzgar a Calimaco como poeta frío, mero rebusca­dor de exquisiteces formales; la gracia, el donaire, la ironía constituyen la me­jor parte de la personalidad del poeta, y se revelan más o menos por toda su obra. Y, más de una vez, el poeta se conmueve, aunque intente disimularlo.

Hoy, cuando se habla de Alejandrinismo, se piensa en seguida en una elegan­cia formal, exquisita, sin vigor y sin contenido sincero, en un arte que gusta de juegos y refinamientos exteriores, sin vida y sin alma. Pero es un error redu­cir el Alejandrinismo a algunos de sus caracteres externos y deficientes. Una civilización nueva, tan rica de vida, tan llena de empuje, todavía la consideran muchos como una civilización de epígo­nos fatigados, de imitadores sin genio, como una civilización de decadencia. Harto a menudo lo vemos todo con las lentes del clasicismo, lo medimos todo con el continuo parangón de las obras maestras de la época clásica. Así, a Ca­limaco se le condena en nombre de Ho­mero, pero es una condena que hubiera hecho sonreír al poeta helenístico: pues fue considerado grande por los poetas ro­manos.

Gennaro Perrotta