Princesa Brambilla – Un «capriccio» a la manera de J. Callot, Ernst Theodor Amadeus Hoffmann

[Prinzessin Brambilla. – Ein Capriccio nach J. Callot]. Cuen­to de hadas de Ernst Theodor Amadeus Hoffmann (1776-1822), publicado en 1820 y considerado por algunos como lo más per­sonal del escritor.

En efecto, encontramos en él aquella fusión poética del mundo real, del mundo imaginario y del mítico, típicos de los mejores cuentos maravillosos de Hoff­mann. La fábula nos lleva a Italia, objeto de la constante nostalgia de este artista, en pleno carnaval romano; protagonistas: Giacinta, graciosa y laboriosa modistilla, y su enamorado, el presumido artista Giglio Fava. Un bellísimo vestido que Giacinta cose para una princesa y que ella se pone en una ocasión le da la ilusión de ser amada por un príncipe.

También Giglio sueña con el amor de la princesa Brambilla (que en el cuento, con el príncipe Cornelio, representa el mundo del capricho y de la ilusión, de manera que sólo aparece acci­dentalmente en un clima de magia), a la que vio desfilar por el Corso en extravagante y lujoso cortejo. A Giglio, ahora ya perdido tras su sueño, le ocurren aventuras de toda clase; se encuentra, o cree encontrarse con la princesa, bailar con ella y batirse por ella contra un rival; mientras, sus extrava­gancias provocan su despido del teatro, le reducen al hambre y convencen a los demás de que está loco; por lo tanto le practican una sangría.

Le salva de la locura el abad Chiari, que le persuade para que vuelva a la escena, donde interpreta uno de sus dramas, El moro blanco; y aquí tenemos una graciosa caricatura del teatro postmetastasiano altisonante y artificioso, mezcla de reminiscencias clásicas y heroicas; mientras otro capítulo evoca la comedia del arte «Las cien y cien variaciones de la aventura amo­rosa del buen Arlequín con la pilluela Co­lombina», con las salidas de Polichinela y las rabias de Pantalón. Siempre buscando a la princesa Brambilla, Giglio penetra en el palacio del príncipe Bastianello de Pistoia, donde ella está hospedada durante su permanencia en Roma, y le introduce en un salón de mármol rojo, donde en un trono de oro y plata está sentado un vejete que lee un gran in-folio, mientras unos avestruces montan la guardia de honor, y cien damas, lindas como hadas, trabajan en una gran red.

Descubren a Giglio, le envuelven en la red y le cuelgan de la ventana; de allí lo salva el charlatán Celionati, sacamuelas y vendedor de específicos, que no es otro que el riquísimo príncipe Bastianello. A través de una serie de cuadros en que alternan los escenarios encantados del palacio Bas­tianello con las tertulias del Café Greco, nos llevan al País de Urdar, donde el me­lancólico rey Ophioch recobra la salud gra­cias a la alegre reina Liris; pero su descendiente, la reina Mytilis, pierde, a causa de un brujo, su imaginación y su feliz humorismo (simbolizado en la Fuente de Urdar) y también ella se ve reducida, como todos los desgraciados seres humanos, a la árida razón. Deshará el hechizo de la reina Mytilis, Giglio Fava por medio del teatro, que es la maravillosa Fuente de Urdar, es decir el humorismo, que sana las mentes, da equilibrio a la vida y supera las des­compuestas fantasías y el árido raciocinio.

Por lo tanto, cuando el brujo Ruffiamonte entona su himno a Italia: «Italia, país de cielo lleno de sol y sereno…» también la sala del palacio Bastianello desaparece… Son las doce y por las calles de Roma las gentes regresan del teatro. También vuel­ven a su casa Giglio y Giacinta, más enamo­rados que nunca, y que llevan un año casa­dos. Una cena opípara en la casita modesta, pero limpia y cómoda, de los esposos reúne alrededor de la mesa al sastre Bescapi y al príncipe Bastianello, que levanta el velo simbólico del cuento y pone de manifiesto el sentido profundo de la liberación a tra­vés de la alegría y el amor. En un breve prólogo al cuento, Hoffmann advierte que en él no hay que buscar sentidos recónditos, sino abandonarse «al gallardo espíritu ca­prichoso de una fantasía quizás a veces demasiado atrevida», de la que Callot, con sus grabados, fue el único inspirador. En realidad, es algo más que un capricho; a tra­vés del a menudo enigmático juego de rela­ciones internas entre los personajes y sus vicisitudes, Hoffmann hace aflorar una gran verdad ética y educativa.

B. Allason