El diablo mundo, original de José de Espronceda

Poema español, fantástico-filosófico interrumpido en el sép­timo canto, (1808-1842) y escrito en 1840. El poeta ro­mántico español, puso en el largo fragmen­to todos sus ideales, todas sus virtudes y todos sus defectos de hombre y de artista, su intuición y su cultura. Su visión dolorosa e irónica del mundo, encuentra apoyo en el tradicional naturalismo literario espa­ñol y en el «humour» byroniano; para las actitudes externas se inspiró a la vez en el Fausto (v.) de Goethe y en El ingenuo (v.) de Voltaire, hecho extraño, pero no pri­vado de significado, en cuanto demuestra que el poeta español, encontrando demasia­do abstrusa la metafísica del poeta germá­nico, sintió la necesidad de recurrir al apo­yo de la clara concreción latina.

Después de una especie de «preludio en el cielo» que invita a seguir las vías diferentes del espí­ritu y de la materia, Espronceda presenta al protagonista, Fabio (v.), un viejo que ha pasado la vida de desilusión en desilusión. En tanto que resume patéticamente su exis­tencia, en las tinieblas de la estancia se alza, como fantasma encantador, la Muerte, que con un himno, que es el más famoso de los fragmentos líricos del poema, le lisonjea y le invita. Fabio muere y otra deidad, la Vida, le resucita, prometiéndole la inmortalidad. En ese punto se extingue el motivo que podríamos llamar goethiano del poema, dejando su lugar al motivo volteriano. Fabio, renacido, se halla en análogas condiciones que el Hurón-Hércules (v.) de El ingenuo, con la diferencia de que mientras este último puede confrontar las nuevas sensaciones de un hombre civilizado con sus experien­cias anteriores de hombre salvaje, Fabio, re­sucitado por Espronceda, ha olvidado por completo su existencia anterior, lo que jus­tifica plenamente su nuevo nombre de Adán, en cuanto que semejante a un recién na­cido, paradójicamente desarrollado, debe aprender paso a paso la vida.

Cuando corre desnudo por las calles de Madrid, le de­tiene la policía y le encierra en la cárcel, donde encuentra un extraño preceptor en el tío Lucas, un viejo ladrón filósofo. La bella hija del ladrón, la Salada (v.) que frecuen­ta la sucia penumbra de las celdas, se ena­mora de Fabio-Adán y es tal su pasión, que para liberarlo recurre al mismo sacrificio que en El ingenuo realiza Mademoiselle Saint- Yves para sacar a Hércules de la Basti­lla. Los dos enamorados viven durante algún tiempo una irregular luna de miel, pero los colores y destellos de la vida que se le va revelando, llenan el corazón de Adán de un doloroso bullir de deseos. El amor ciego, devoto, apasionado, de la Salada no le bas­ta de ningún modo: una vez que ha perci­bido el sentido de la desigualdad social, se siente atraído por la riqueza, y obedeciendo a la sugestión de un grupo de ladrones, va con ellos una noche para robar a una dama.

De viril, sólo hay en Adán el ansia de ri­quezas: en cuanto a lo demás, es como un niño que se aviene a tomar parte en un juego agradable. La vista de la mujer ador­mecida y de las maravillas del arte y de la mecánica de que está llena la mansión se­ñorial, producen en Adán un efecto casi hipnótico. Las bellezas entrevistas le des­arman, colocándole frente a frente de sus propios cómplices. Fallido por eso el gol­pe, Adán vaga por las calles de Madrid y al mismo tiempo descubre la alegría inso­lente de los golfos y el dolor ante el gran interrogante de la muerte: llorando con una pobre madre que ha perdido a su hija jovencita, descubre tras la sombra de la muerte la luz de Dios, al que ruega con la esperanza que la muchacha muerta pueda restituirse viva a la madre, y en esta ple­garia el poema queda interrumpido.

El lar­go fragmento, a menos que no se quiera considerar, haciendo caso omiso de su tra­ma de relato, como un libre desahogo del prepotente yo del poeta, adolece de falta de unidad y de estructura; las continuas di­vagaciones constituyen una solución de con­tinuidad harto marcada entre una escena y otra, y el humorismo con que suele tratarlas, no cuadra al tejido lírico del poema. El defecto principal de la obra reside, ade­más, en que su trama caprichosa e inspira­da no se apoya en una ideología coherente: incapaz de penetrar en el mundo mágico de Goethe, Espronceda se revela, en definitiva, incapaz también de acercarse en el mundo teóricamente racionalista de Voltaire, así es que el poema resulta un desbordamiento de oratoria fastuosa, pero vacía, aunque reco­rrida a veces por relámpagos de verdadera poesía. El segundo canto del Diablo mundo rompe intencionalmente la economía del trabajo: constituye el llamado Canto a Te­resa, apasionada conmemoración de la mu­jer que fue el grande y doloroso amor de su vida. El Canto a Teresa, angustia y so­llozo contenido hechos poesía, es ciertamen­te el poema lírico en que Espronceda dio lo mejor de sí mismo.

A.R. Ferrarin