Yo Acuso, Émile Zola

[J’accuse]. Bajo este título, célebre desde entonces, el día 13 de enero de 1898 apareció en el diario «L’Aurore» la carta abierta de Émile Zola (1840-1902), di­rigida a M. Félix Faure, presidente de la República, a propósito del «affaire Dreyfus».

Recordemos los hechos: el 22 de diciembre de 1894, el capitán Alfred Dreyfus, que no había cesado de proclamar su ino­cencia, inculpado de traición, fue conde­nado por un consejo de guerra a la degra­dación militar y al destierro perpetuo. En verdad la cuestión había sido suficiente­mente debatida y eran raros ya aquellos que se interesaban todavía por el deportado a la Ile-du-Diable. No obstante, hombres ena­morados de la justicia, y a quienes no ha­bía convencido el proceso, como Bernard Lazare, Marcel Prévost o el senador Scheurer-Kestner, habían promovido una cam­paña en favor de la revisión del mismo. Zola no tardó en figurar entre aquellos que ellos ganaron para su causa. Un hecho vino a colmar su indignación y afirmarles en sus convicciones sobre el asunto: sucedió el 11 de enero de 1898. Esterhazy fue absuelto en consejo de guerra y una encuesta promo­vida por el teniente coronel Picquart (nom­brado nuevamente jefe del Bureau de Renseignements) había demostrado que era él el autor del famoso memorándum que ha­bía servido de pieza maestra en la acusa­ción contra Dreyfus.

La cólera de Zola ha­bía llegado a su punto culminante y fue entonces cuando escribió la carta que nos. ocupa y que Clemenceau publicó en «L’Au­rore», bajo el título sorprendente y sonoro de J’accúse. Tras la exposición histórica del proceso y demostrado que si el Consejo que juzgó a Dreyfus fue «estúpido», el se­gundo absolviendo a Esterhazy «es forzo­samente criminal», Zola concluye su carta con una serie de acusaciones, comenzando todas ellas con la famosa fórmula incansa­blemente repetida y señalando por su nom­bre a los culpables. Consciente de la grave responsabilidad que contrae, Zola pide que se ose llevarlo ante los tribunales y que la encuesta se celebre a la luz del día, termi­nando con estas palabras: «Quedo esperan­do». El efecto de la carta fue grande: tres­cientos mil ejemplares del periódico ven­didos en pocas horas. El conde de Mun re­quiere del Gobierno que Zola sea perseguido. Sin embargo, el Gobierno procura no «des­pertar» el caso Dreyfus y se limita a incul­par a Zola por difamación, relativa al caso Esterhazy.

El 22 de enero, protestando con­tra la limitación de esta demanda, Zola re­emprende en «L’Aurore» todas sus acusa­ciones, una tras otra, precediéndolas en esta ocasión de la fórmula «J’ai dit: J’accuse…» («He dicho: Yo acuso»…). El 7 de febrero, Zola, rodeado de un grupo de amigos (entre ellos Alfred Bruneau, Eugène Fasquelle, Paul Brulat, Jean Ajalbert, Marcel Batilliat y Clemenceau) y asistido por el abogado Mabori, compareció ante el tribunal, mien­tras en la sala una muchedumbre le insulta y le desprecia. Los debates son apasionados y vivos. Sólo en una ocasión Zola perderá su calma ante el general De Pellieux, a quien dirige la siguiente respuesta: «Hay muchos modos de servir a Francia. Se la puede ser­vir con la espada y con la pluma. El gene­ral De Pellieux ha conseguido para ella, sin duda alguna, grandes victorias.

Yo he ga­nado las mías. Por mis obras la lengua fran­cesa ha sido llevada al mundo entero. Lego a la posteridad el nombre del general De Pe­llieux y el de Émile Zola; ¡ella elegirá!». Nadie hubiera sabido decirlo mejor. Pero las consignas dadas son tajantes: el 23 de febrero se dicta la sentencia. Zola es con­denado a un año de prisión y a tres mil francos de multa. En la sala se da un hecho nuevo, entre los gritos de « ¡Viva el Ejér­cito! ¡Abajo Zola!», resuena también el de « ¡Mueran los judíos!». Es así como las pa­siones, aguijoneadas por los periódicos, han mezclado en este proceso, en el que sólo la inocencia de un hombre era la causa plan­teada a la razón de Estado, consideraciones étnicas que han hecho paulatinamente del «affaire Dreyfus» una verdadera máquina de guerra de la que el antisemitismo ha sabido aprovecharse largamente. La intran­sigente actitud de Zola le valió la pérdida de amigos como Huysmans, Paul Bourget y François Coppée, que tomaron partido por los «antidreyfusards».

Zola presenta re­curso de casación: las diligencias son anu­ladas, el juicio realizado contra él había sido irregular. Pero el Gobierno no se da por vencido y lanza una nueva acusación contra el autor de Germinal (v.). En un intento de ganar tiempo — pues parecía im­ponerse cada día más la revisión del pro­ceso Dreyfus, permitiendo a la verdad se­guir su curso — y para impedir que la nue­va condena que ha sido pronunciada contra él tras un tercer proceso llegue a cum­plirse, Clemenceau y sus amigos le obligan a refugiarse en Inglaterra. Zola, refiriéndose a tal circunstancia, escribirá más tarde: «El 18 de julio de 1898 será la más horrible de las fechas de toda mi vida, aquella en que se me hizo sangrar hasta la última gota de mi sangre… Esta brusca partida ha sido se­guramente el más cruel sacrificio que se me podía exigir, mi suprema inmolación a la causa. Las almas bajas y estúpidas… que han proclamado que yo huía de la prisión, han dado pruebas no sólo de su villanía sino también de su falta de inteligencia». Zola permaneció un año en el exilio; no regresó a Francia hasta el 5 de junio de 1899, cuando ya el Gobierno había cambiado y la nece­sidad de revisar el proceso Dreyfus era in­evitable; el tribunal de casación anuló el jui­cio que le había sido promovido.

Así con­cluyó uno de los episodios más desgracia­dos de la historia de Francia al que el nom­bre de Zola estará para siempre estrecha­mente unido. La grandeza del novelista de los Rougon-Macquart (v.) fue la de no haber dudado en lanzarse a la lucha por la justicia, de haber conformado sus actos a su pensamiento, arriesgando en ello la glo­ria, la tranquilidad y cuanto le era más querido.       *