Y Pippa Baila, Gerhart Hauptmann

[Und Pippa tanzt]. Dra­ma simbolista del escritor alemán Gerhart Hauptmann (1862-1946), publicado en 1906. Naturalmente, tratándose de un poeta que se formó en el movimiento naturalista, ha de esperarse de él un simbolismo «sui generis»; pero poniendo esta obra al lado de La campana sumergida (v.) se ve muy pronto que el tono, si no idéntico, al menos es muy similar.

A diferencia del otro drama más conocido, éste no es en verso, sino casi todo en prosa muy variada de ritmo: en el primer acto estamos en una casucha per­dida entre las montañas de Silesia, durante una fría noche de invierno, y no faltan los toques naturalistas de descripción ambien­tal; incluso el dialecto interviene, el cual, sin embargo, disminuye a medida que avanza el drama, mientras en los momentos de mayor tensión los personajes se ponen inesperadamente a declamar en verso. La prosa es extrañamente alusiva, pese a algu­nas inflexiones más bien crudas — y es en lo que mejor se advierte el carácter simbo­lista de la obra —. Por otra parte, si en La campana sumergida era fácil adivinar el significado de los personajes, aquí el escri­tor ha tendido, en cambio, un velo más espeso sobre las figuras, tanto que en algu­nos momentos se llega a pensar en cierto hermetismo.

Del poeta inglés Browning, Hauptmann sólo ha tomado el nombre de la protagonista y quizá algún hálito de la belleza y pureza que Pippa tiene en su obra. Aquí es la hija de un italiano, cierto Tagliazoni, un hábil vidriero, que desde su nativo Cadore ha ido a emplearse en una fábrica silesiana. De todos modos, no es sólo un maestro en su arte, sino un jugador y también un fullero. En el primer acto, entre otros, aparece un viejo artesano, cierto Huhn, una especie de gigante loco, que sueña que ha arrancado del cristal la imagen de la muchacha y quiere bailar continuamente con ella una danza de carácter simbólico en la que parece advertirse la pasión y la brutalidad tendidas desespe­radamente hacia la belleza. Durante el mismo acto lltga también un joven soñador, Miguel Hellriegel, que rueda por el mundo creyendo ver milagros en todas partes. De inmediato siente una instintiva simpatía por Pippa.

Mientras ésta baila casi a la fuerza con Huhn, los jugadores sorprenden a Tagliazoni robando dinero, se abalanzan sobre él y, como intenta salvarse huyendo al bosque con un cuchillo en la mano, le per­siguen y le matan. Pippa, al quedarse sola en la casucha, es raptada por el viejo Huhn. En el segundo acto nos encontramos preci­samente en el extraño refugio del gigante, donde llega involuntariamente Hellriegel, creyendo soñar, pero llevándose luego a la atemorizada muchacha. En el tercer acto aparece la figura misteriosa del viejo Wann, definido por Hauptrnann como «personaje mítico», especie de mago y señor que vive solitario en la montaña: atrae a su casa a los jóvenes y quiere protegerles, alegrán­dose con su presencia. Pero Huhn se intro­duce secretamente en la casa y, aunque des­cubierto y detenido, consigue hacer bailar por última vez a Pippa, cuya existencia quiebra al romper un cristal. Mientras Huhn, satisfecho su último deseo, muere, Miguel se queda ciego para conservar eter­na en su memoria la visión de la belleza de Pippa, como un legado inalienable, y se encamina, dando traspiés, hacia la tierra de sus sueños —Venecia—, adonde su corazón le dirigía instintivamente.

Como se ve, la trama da poca base para una inter­pretación precisa de los personajes; por eso el autor se preocupó de aclararla: «Quería colocar en el centro de la obra el símbolo de la belleza en toda su fuerza y caducidad; si para mí este símbolo se ha concretado en una imagen de cristal radiante, delicada­mente iridiscente y muy frágil, si he crea­do esta fábula del cristal, se debe a las impresiones que he recibido de la tierra donde nací, crecí y he vivido… En todos nosotros vive algo que danza ante nuestra alma, sin interrupción, con colores fasci­nantes y movimientos graciosos. Pippa ha de ser este algo. Es una joven belleza, tras la cual corren todos aquellos en quienes la fantasía no ha quedado completamente ani­quilada. El viejo Huhn es una naturaleza primitiva, un gran artista, un hombre bru­tal, una fuerza instintiva, y el joven Miguel Hellriegel es el símbolo de lo que vive en el alma del pueblo alemán. Es el joven lleno de sencillez y de ingenuidad, de esperanzas y aspiraciones, que se resigna serenamente a su trágico destino, pero que no abandona sus ilusiones sino que continúa viviendo entre ellas.

Pero la fuerza bruta vence en la fábula, como a menudo en la vida, a la belleza delicada, y Pippa satisface, cual su­gestionada, el deseo violento de Huhn y baila y baila hasta que cae deshecha. Y Wann, el viejo que vive solitario en la mon­taña de la ciencia y contempla con ojos purificados las cosas y los hombres, no pue­de salvarla, porque la fuerza bruta obliga a la belleza a una danza mortal. Sí, ¡qué no habrá pasado por mi imaginación! Pensaba en una unión del genio alemán, en la figura de Miguel con el ideal de la belleza meri­dional, representado por Pippa»… Aunque no se quiera aceptar a pie juntillas esta interpretación del autor, no puede dejarse de experimentar la extraña fascinación que emana de estas figuras casi dibujadas en vidrio, ya macizo como cristal de Bohemia, ya sutil como un vaso de Murano.

El dra­ma, en cuyo fondo evanescente se delinea la imagen de una Venecia mítica, transfe­rida al plano de un sueño, se impone a nuestro respeto incluso por las palabras con que Hauptmann lo presentaba: «Difícilmente conseguiré decir algo mejor; este misterio, asentado sobre su pequeña base, permane­ce indisolublemente unido a mi espíritu y quien lo rechace me hiere casi personal­mente».

R. Paoli