Víspera, Iván Turguenev

[Nakanune]. Novela de Iván Turguenev (Ivan Sergeevič Turgenev, 1818- 1883), publicada en 1860. El título Víspera puede referirse, ya a la guerra de Crimea, porque la acción se desarrolla precisamente cuando aquélla se preparaba, ya a la época de las grandes reformas de Alejandro II, que siguieron a poca distancia de dicha guerra.

La primera referencia es ciertamen­te mucho más precisa para explicar la figu­ra del búlgaro Insarov que es, al’ menos nominalmente, el centro de la novela, dado que la campaña de Crimea suscitó reaccio­nes también entre las nacionalidades eslavas sujetas a Turquía. El argumento de la no­vela, ha explicado el propio Turguenev, lo extrajo de un manuscrito sin pretensiones literarias que le dejó un tal Karataev que marchó hacia Crimea al estallar la guerra en 1855: en dicho manuscrito Karataev ex­plicaba que durante una estancia en Moscú se enamoró de una jovencita, pero que ésta se había encaprichado a su vez de un pa­triota búlgaro desterrado en Rusia, y le había seguido luego a Bulgaria, donde aquél murió. En la novela de Turguenev no hay más argumento que en el relato de Kara­taev, pero la novedad, una vez más, es la fiel reproducción de un ambiente completo y una serie de tipos interesantes y, como sucedió ya en Un nido de nobles (v.), una protagonista, Elena (v.), la muchacha enamorada del búlgaro que en la novela se llama Insarov (v.).

La acción se desarrolla en parte en Moscú y en parte en Kuncovo, una residencia señorial próxima a la anti­gua capital, perteneciente a un oficial de la guardia retirado, Stachov, que descuida a su mujer, quien se consuela educando al mismo tiempo a su hija Elena, a una pupi­la, Zoé, y a un sobrino, Šubin, estudiante en la Escuela de Bellas Artes, Šubin corteja a Elena y tiene como rival a un tal Bersenev. Representan, al modo de Turguenev, las dos tendencias características de la ju­ventud rusa de 1840: Šubin la «francesa», Bersenev la «alemana»; pero Elena es una criatura superior al elegante y ligero Šubin, como al desmañado, aunque bueno, leal, docto, idealista, Bersenev. Le caracteri­za una voluntad fuerte, mientras que la vo­luntad y la seguridad en ellos mismos no es la calidad específica de ambos adoradores. Y cuando, cierto día, Bersenev lleva a casa de los Stachov al búlgaro Insarov, que es el retrato de la voluntad y de la tenacidad, Elena se interesa por él, por su trágico pa­sado y sus planes futuros para la indepen­dencia de su patria.

Del interés nace el amor; ella es quien lo impone al hombre completamente dedicado a sus ideas de lu­cha política, y ella quien consigue de sus padres el permiso para casarse y seguirlo a Bulgaria, adonde no podrán llegar, sin embargo, pues Insarov muere tísico durante el viaje, en Venecia. Esperada con impa­ciencia, la novela decepcionó al principio porque, queriendo representar a un hom­bre enérgico y dedicado a un ideal, el escritor había escogido a un extranjero: se repetía a poca distancia el caso de Stolz (v.) del Oblomov (v.) de Goncharov, donde el alemán activo y enérgico es opuesto al ruso débil y soñador, Oblomov. Sin em­bargo, la novela no suscitó polémicas pro­piamente dichas, sino que, lentamente, fue apreciada por la representación de Rusia en una época tan importante como aquella que precedió a las reformas, por la pintura de los tipos (además de Šubin y Bersenev, el inolvidable, gigantesco y silencioso Uvar Ivanovic), por la creación de la figura de Elena y, por fin, incluso por la de Insarov, símbolo de las nuevas generaciones necerias a Rusia.

E. Lo Gatto