Vida de Pitágoras, Jámblico de Calcedonia y Porfirio de Tiro

Bajo este título fueron re­unidas dos obras griegas; una de Jámblico de Calcedonia (m. 330?) y otra de Porfirio de Tiro (n. 232?): una y otra constituyen, junto con unos pocos fragmentos de su obra sobre la Naturaleza, todo cuanto conocemos del eminente filósofo de Samos.

La obra de Jámblico, iniciador de la escuela neoplatónica de Siria, fue escrita a principios del siglo IV. Pitágoras emigró a Egipto a los veintidós años para aprender la sabiduría y ser iniciado en las doctrinas esotéricas de aquellos sacerdotes; después de una estan­cia de veintidós años y tras otros doce de prisión en Babilonia, regresó a Samos y fundó la escuela llamada «Hemiciclo». Se dirigió después a Italia, donde atrajo un millar de discípulos. Se estableció en Crotona, en la Magna Grecia, y creó una comu­nidad de carácter eticorreligioso (histórica­mente confirmada) que se extendió por varias ciudades, ejerciendo una influencia política en sentido aristocrático; y después de haber liberado Sicilia del tirano Falaris, el «divino» Pitágoras se trasladó a Meta- ponto, donde murió centenario. Su comu­nidad, a causa de las hostilidades políticas, se disgregó; pero algunos supervivientes transcribieron su doctrina y la legaron a la renacida escuela pitagórica.

Los aspirantes a su comunidad eran admitidos después de ocho años de aprendizaje y de pruebas rigu­rosas. La amistad universal era sagrada, y cada uno debía procurar no perder nunca a los amigos, sino más bien ganarse a los enemigos. Todos debían abstenerse de in­molar animales; observar la templanza y la continencia; mantener una dieta rigurosa (hierbas, miel y pan), y dormir poco. El día estaba regulado por paseos y discusio­nes, así como por ejercicios físicos. Un ves­tido sencillo y blanco constituía el único ropaje de los pitagóricos. Pitágoras atribuía suma importancia a la eugenesia, tanto espi­ritual como física, observando una rigurosa preparación para el nacimiento de los hi­jos, con sobriedad de alimento y de vida, y con una precisa determinación del tiempo oportuno. Daba después austeros consejos sobre las relaciones entre marido y mujer, sobre la educación de los niños, sobre la modestia de las mujeres, etc.

Creía en la transmigración de las almas y en las leyes geométricas que imperan sobre el mundo, etcétera. Es difícil determinar en la obra de Jámblico dónde termina la historia y dónde comienza la leyenda. La edición de Arcerio, revisada por Ludolph Kuster, fue traducida al latín por Ulrico Obrecht, Amsterdam, 1707. Una edición crítica fue publi­cada (1884) en San Petersburgo por Nauck.

G. Pioli