Obra del escritor español Azorín (José Martínez Ruiz 1873-1967), publicada en 1916. Se halla dentro de la directriz literaria única y personalísima de su autor.
Aprovechando la figura de Jacinto Bejerano Galavis y Nidos, cura que debió serlo allá por el 1790 en Rio- frío de Ávila, y de quien Azorín nos dice haber descubierto un libro en la feria madrileña que ha lugar junto a las verjas del Botánico, cuya título reza: Sentimientos patrióticos o conversaciones cristianas que un cura de aldea, verdadero amigo del país, inspira a sus feligreses. Se tienen los coloquios al fuego de la chimenea en las noches de invierno. Los interlocutores son el cura, cirujano, sacristán, procurador y el tío Cacharro, mantiene el autor con él, mejor dicho, con su obra que representa sus ideas, una apacible conversación, pródiga en divagaciones, en la que, rozando los más diversos temas, vuelve una vez más al que es central en su obra: el paisaje de Castilla, que de nuevo se ofrece con su encanto redivivo por obra y milagro de la pluma de Azorín.
Bejerano es un hombre profundo, que se Va destacando progresivamente con líneas que fueron tenues al principio, pero que después se acusan cada vez más, y su profundidad trasciende el espíritu de Castilla; pero hay algo más: su profundidad admite el comentario amable, la digresión eficaz, y así a través de él puede el autor hablar de las muías y de lo que ellas representan en el panorama y en la idiosincrasia de España, de los toros y de su influencia en la vida nacional, del escritor y el estilo, y de las cualidades que éste debe poseer: ser sencillo, ser claro; y Azorín brinda una manera para conseguirlo: «haced lo siguiente y habréis alcanzado de un golpe el gran estilo: ‘colocad una cosa después de otra’».
Una descripción de las estaciones contribuye a crear el clima pretendido; sigue luego una «crítica al Atlante español», y se insertan también el formulario que su autor envió a Bejerano, y la respuesta, quizá un tanto retórica, pero de sorprendente valor impresionista, que éste remitió, o pensaba hacerlo, y que es la más bella descripción de Riofrío de Ávila. El epílogo, con la despedida a Bejerano (1879) y la evocación del «pueblecito» que no se ha llegado a visitar (1916), cierra en tono de amable lirismo esta obrita encantadora, como todas las de Azorín.
A. Pacheco

