Últimos Versos, Jules Laforgue

[Derniers vers]. El escritor Jules Laforgue (1860-1887) era muy joven cuando escribió sus últimos versos. Las poesías que componen los últimos ver­sos y Las flores de buena voluntad fue­ron recogidas por primera vez en un solo volumen en 1890 por las piadosas manos de Dujardin y M. Fénéon, amigos del poeta.

Pero gran número de ellas ya habían apa­recido — y desde luego las doce piezas de los últimos versos — en vida de Jules La­forgue en las revistas de la época, sobre todo en «La Vogue» y en «La Revue indépen­dante». Lo que hace realmente encantado­res los últimos versos de Jules Laforgue es su forma flexible, sus imágenes simples y sus sinceros sentimientos. Durante su vida, el poeta buscó la limpidez de las imá­genes y el ritmo en los movimientos múltiples y combinados, cosas ambas que pres­taron una singular expresión a su obra. En efecto, el poeta se libró poco a poco de los alejandrinos de sus primeros sonetos («El llanto de la tierra») : «Los jardines de rosa­les bañados en el claro de luna/dejan escu­char el rumor de la seda con la languidez de los chorros del agua…» [«Les jardins de rosiers mouillés de clair de lune/Font des rumeurs de soie, aux langueurs des jets d’eaü…»], o también: «Bajo el cielo lluvio­so anegado de sucias brumas/Ante el océa­no sin color, sentado sobre un islote,/Solo, lejos de todo, sueño al golpear del oleaje,/ En el concierto ruidoso de las ráfagas que mueren…» [«Sous le ciel pluvieux noyé de brumes sales,/Devant l’océan blême, assis sur un îlot,/Seul, loin de tout, je songe au clapotis du flot,/Dans le concert hurlant des mourantes rafales…»].

Ciertamente, el poeta volverá de vez en cuando a los sone­tos, y a los alejandrinos, pero jamás con la misma convicción. En las Lamentaciones (v.), en la Imitación de Nuestra Señora la Luna (v.), buscará lograr los efectos que se propone, con toda clase de recursos técnicos: «Luna bendita/De los insomnios/Blanco medallón/De los Endimiones/Astro fósil/Que todo destierra…» [«Lune bénie/Des insom­nies, /Blanc médaillon/Des Endymions/Astre fossile/Que tout exile…»]. Los buscará tan­to en los versos breves como en su misma abreviación, sabiendo «captar» igualmente con extraordinaria perfección las imágenes fugitivas y señalar del mismo modo la be­lleza móvil del pensamiento y del estado poético: «La Mujer,/Mi alma:/¡Ah, acuellas /Llamadas ! /Pastel/Preocupaciones /Que uno reprueba/¡ Mis gamas !/Un loco/Se adelanta/Y danza/Silencio…/Él, ¿dónde?/Cú cú» [«La Femme,/Mon âme:/Ah! quels/Appels!/Pastel/Martels/Qu’on blâme/Mes gam­mes !/Un fou/S’avance/Et danse/Silence… /Lui, où?/Coucou»].

Pero lo que presta una extraordinaria calidad a los últimos versos de Jules Laforgue es su forma flexible, voluntariamente desarticulada. El poeta, con toda su aparente indolencia que casi siem­pre esconde un trabajo lento y seguro y también un talento real, busca sin cesar nuevos efectos rítmicos y, como en ciertas piezas de las Lamentaciones, un trazo nítido, una forma casi popular en la que él puede desahogarse: «Yo hubiera pasado mi vida estando a punto de embarcarme/ en muy funestas historias,/Por el amor de mi cora­zón de Gloria…/!Oh, cuán queridos son los trenes perdidos/En los que yo he pa­sado mi vida estando a punto de embar­carme!…» [«J’aurai passé ma vie à faillir m’embarquer/Dans de bien funestes histoi­res, / Pour l’amour de mon cœur de Glo­rie!…/Oh! qu’ils sont chers, les trains manqués/Où j’ai passé ma vie à faillir m’em­barquer!…»].

La melancolía de Laforgue no es grandilocuente, y si a veces se mani­fiesta entre suspiros y lágrimas, aun entonces se guarda el poeta de dramatizar. Hay, en los últimos versos de este «buen bretón nacido bajo los trópicos», la tristeza y los lamentos — acaso no tiene poco más de vein­te años — pero ni la tristeza ni los lamentos llegan al «trémolo». Por eso sus poemas ofrecen tan particular encanto. Pueden pro­ducir en nosotros una gran emoción, preci­samente porque conservan en ellos un equi­librado sentido de la mesura y un cierto pudor de los sentimientos. Esto les protege de los excesos de lenguaje que con tanto agrado se cometían en la época. Hay en esta poesía sentimental, ligeramente desengaña­da, una gracia y sabia ironía que la acom­paña, una frescura, una juventud que le proporcionan un sonido claro y que en­cuentran infinitas resonancias en nuestro espíritu y en nuestra alma: «Así, pues, ¿tú no me amarías,/Tú no me amarías ya,/ ¿Nada más, entre nosotros,/Que una frater­nal ocasión?» [«Vous ne m’aimeriez pas, vo­yons,/Vous ne m’aimeriez pas plus,/Pas plus, entre nous,/Qu’une fraternelle occasion?»].

Laforgue nos enseñó el encanto seguro del verso falso. (Mallarmé)