Tierra Baja, Ángel Guimerá

[Terra baixa]. Drama en tres actos y en prosa del escritor catalán Ángel Guimerá (1845-1924), Traducido al castellano por José Echegaray, fue estre­nado en el Teatro Español de Madrid por la compañía de María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza en los últimos días del mes de noviembre de 1896 y poco después fue representado en su versión original, tras varios tanteos en provincias y teatros de aficionados — el primero de los cuales tuvo lugar en Tortosa el 8 de febrero de 1897 por Teodoro Bonaplata —, en el Teatro Romea de Barcelona por la compañía de Enrique Borrás, la noche del 11 de mayo de 1897.

Terra baixa, traducida a numerosos idiomas, con­vertida en ópera y llevada al cine, es la obra más famosa de su autor. Su argumento surge de la oposición entre las Tierras Lla­nas y las Tierras Altas, que constituyen respectivamente el símbolo de la perversión y la pureza. Manelic, pastor inocente y sen­cillo de las Tierras Altas, que ha realizado su destino de hombre en comunicación di­recta con los grandes espacios de la natu­raleza, entre sus rebaños, sus perros y el temor constante del lobo, es el «bon sauvage» roussoniano que cae en las redes de la malicia y complicidad de la sociedad que le rodea. Sebastiá, lujurioso y cínico, co­rrompido y maquiavélico, es el símbolo de las Tierras Bajas. Guimerá llega al extremo pesimismo de encontrar la corrupción en el mismo mundo natural en donde la tópica literaria solía situar la raíz de la ingenuidad y la pureza. También en las pequeñas aldeas ha llegado la injusticia y la traición. Manelic no es el pueblo, sino el supremo incon­taminado. La obra se resuelve, pues, no tanto en la oposición de dos conceptos abs­tractos — Naturaleza y Civilización, pureza y embrutecimiento —, cuanto en la del hom­bre sencillo e inocente frente a la sociedad corrompida, que levanta un muro de silen­cio e ironía ante su simplicidad.

El tercer personaje del triángulo que constituye el drama, Marta, es la mujer llegada a las Tierras Bajas en donde pierde su inocencia, sin voluntad ni conciencia de sí misma, que se deja arrastrar por la vida en un completo embrutecimiento y que el amor de Manelic redime. Junto a ellos, pulula una muche­dumbre de gente egoísta y cobarde, some­tida al dominio total de Sebastiá, dueño de tierras y conciencias — a este propósito recordemos que la obra es conocida sinto­máticamente en Italia con el título de Feu­dalismo y que Piscator intentó ponerla en escena como símbolo de una situación revo­lucionaria determinada —. Sólo Nuri, en su ingenuidad infantil, escapa a este mundo de comparsería y participa de la espiritualidad de Manelic y de la Marta redimida. El dra­ma se desencadena cuando Sebastiá, amante de Marta, casa a ésta con Manelic para poner públicamente término a sus escandalo­sos amores y encontrar una rica heredera que le ayude a rescatar sus propiedades hipotecadas. El matrimonio de Manelic y Marta es, pues, un pretexto, ya que Sebastiá, apasionadamente enamorado, no puede re­nunciar a ella y, la misma noche de la boda, acude a una cita con la recién des­posada.

Pero Marta ha recobrado la con­ciencia de sí misma y, a pesar de las impo­siciones de Sebastiá, acaba huyendo con su esposo hacia las Tierras Altas. El tema de la muerte del lobo, que Manelic desenvuelve como un remoto augurio en uno de los pasa­jes más famosos del drama (acto I, esce­na XII), reaparece al final de la obra cuan­do Manelic da muerte a Sebastiá — el lobo con que se ha enfrentado en las Tierras Bajas — y constituye la clave del poema: es el acto de justicia de quien, enfrentado brutalmente con la corrupción de la socie­dad, vuelve al reino de las grandes soleda­des. La obra, aun cuando puede ser consi­derada como una de las más logradas de todo el teatro hispánico del siglo XIX, ofre­ce un desarrollo escénico más bien débil: monólogos, largas narraciones, combinacio­nes imprevistas, excesivos apartes, etc. No obstante, la figura de Manelic, cuya plenitud de desarrollo ha sido comparada a veces con la de los personajes shakespearianos, do­mina toda la escena y le infunde un sal­vaje y patético lirismo.

Mientras escriban usted y don José [Echegaray], tendrá nuestro teatro vida robusta, vida fuerte y sana. (F. Díaz de Mendoza)

[Guimerá] ha hecho el mejor drama ro­mántico de nuestro teatro, Mar i Cel, y muestro mejor drama rural, Terra baixa. (M. de Montoliu)

Guimerá es creador de caracteres que marchan a su objeto con la trayectoria de una piedra disparada por la honda. Nada de minuciosas complejidades psicológicas ni una meticulosa disección anatómica. Perso­najes fuertes que yerguen siempre la ca­beza, que vencen o mueren, pero no se do­blegan ni someten. (F. Curet)

* Sobre el texto de Terra baixa, el compo­sitor belga Fernand Leborne (1862-1929) es­cribió una ópera, La Catalane, que obtuvo escaso éxito al ser estrenada en París, y el alemán Eugen d’Albert (1864-1932) escribió otra sobre libreto de E. Lothar, Tiefland (Praga, 1903), que constituyó un éxito rotundo, como lo puede probar el hecho de que durante la temporada 1907-08 se representó hasta cuatrocientas sesenta y tres veces en los escenarios alemanes. Asi­mismo, recordemos que fue llevada nume­rosas veces a la pantalla, no sólo en España, sino también fuera de ella.