El teatro del italiano Tommaso Marinetti (1896-1944) se halla ya «in nuce» en el «Manifiesto del teatro futurista sintético», publicado en 1915 (v. Futurismo). Semejante teatro constituye la lógica prolongación de su concepción del arte, reflejo teórico, a su vez, de su temperamento artístico: Marinetti es «parolíbero» tanto en su teatro como en su poesía lírica.
Lo mismo que en las poesías y en la novela el «paroliberismo» es el esfuerzo que hace el espíritu para quebrantar todo pre- concepto, todo ordenamiento gramatical sintáctico o métrico, para adecuarse a la onda fluyente, al impulso vital de la Vida inmediata, sentida como sucesión de cualidades siempre nuevas, como choque y equilibrio de energías en continuo movimiento, cómo un tumulto de violentas sensaciones infinitamente múltiples entre las que se establecen por un momento las relaciones más imprevistas; así el «Teatro futurista sintético» es el esfuerzo para quebrantar todo preconcebido ordenamiento o esquema escénico y para adecuarse a la vida, sentida también aquí como flujo vital perpetuamente en renovación y que tiene lugar más allá de toda concatenación lógica. A la laboriosa combinación de la intriga o «acción», absurda porque «la realidad nos vibra en torno, asaltándonos con ráfagas de fragmentos de hechos combinados entre sí, incrustados los unos en los otros, confusos racimos caóticos», sucede la estilización de la vida en «gestos» culminantes, definitivos, esenciales.
A los laboriosos desenvolvimientos psicológicos, la «atmósfera» en que se incuba el drama termina por estallar en un grito o un gesto elemental. La supresión de toda lógica y de toda verosimilitud permitirá el paso rápido del plano de la realidad al plano de la fantasía, del plano de la existencia al plano del sueño, la intersección y la interferencia de los dos planos, la reintroducción del símbolo (entendido como realidad sensual, física, que reclama otra realidad o que la sustituye), y todo el juego de las simultaneidades temporales y espaciales variadas hasta el infinito, único medio de dar al espectador sensación física de la ondulante complejidad de la vida. El personaje cesará de ser tal o cual señor, de tal o cual manera, definido una vez para siempre y todo de una vez, cesará de ser un «carácter»: encarnación de la vida mudable, concebida como alógico flujo de cualidades en eterno devenir. La lista de personajes aumentará hasta incluir señores desconocidos a la antigua dramaturgia, animales, vegetales, minerales, cosas inanimadas naturales o artificiales, que también forman parte de la vida infinita, que en ciertos momentos y condiciones palpitan con un alma oscura y misteriosa, adquieren significado, entran a formar parte del drama.
Palabras, gestos, actos, desenvolviéndose en un plano distinto del común y trivial, pueden ser extraños, tan inusitados como se quiera, porque están cargados de significado concentrado y explosivo. Se buscará siempre la sorpresa, la sorpresa a toda costa, porque ésta — piensa Marinetti —, rompiendo la costra superficial de la Vida, vida vulgar y cadavérica, nos da el sentido de la vida permanentemente virgen y nueva. Artísticamente sólo se trata de tentativas no completamente logradas, pero, entre tanto, desde fines de 1915, han obrado como eficaz fermento disolvente de un mundo dramático que se había sobrevivido a sí mismo, y que se hallaba privado de toda razón de vivir. Con estas extrañe- zas se oponía al viejo drama psicológico a la francesa, matemático desenvolvimiento de datos comprendidos en premisas sentadas inicialmente y que todos habían entendido desde el momento en que se habían expuesto, la exigencia de que el teatro fuera algo más y mejor que el paciente y gélido análisis de la vida interior. No un arte efectista, sino la exigencia de un arte nuevo: la importancia y el significado del «teatro futurista sintético» está todo contenido aquí. Como vuelta y parodia del teatro naturalista y psicológico que se hacía antes de la guerra, es preciso reconocer que algunos de sus experimentos han tenido éxito y han puesto el dedo en la llaga. Y aunque no hubiesen dado otros resultados que los de hacer expedito el camino a Pirandello, el «teatro futurista sintético» no hubiera pasado en balde por la escena italiana.
Y no tratamos de Rey Francachela [Rey Baldoria], estrenado en París en 1909 con el título de Roí Bombance, y de las «síntesis» publicadas en el Teatro sintético futurista [Teatro sintético futurista, 1916] y en Electricidad sensual [Elettricità sessuale, 1920], obras que no tienen de teatral más que la forma dialogada, para hablar solamente de las obras de Marinetti representables y que de hecho se han representado. En el Tambor de fuego [Tamburo di fuoco], estrenado en Milán en 1922, el hilo del drama es solamente un pretexto y un magnífico y suntuoso despliegue de imágenes multicolores y multísonas, rebosantes de vibración enérgica que las prolonga y las sobrepasa, y hace de él un momento no de pasividad dócilmente aceptada, sino de intensa vida del espíritu. En Prisioneros [Prigionieri], drama en ocho síntesis, representado en Milán, en 1927, el sentido nostálgico de la imposible libertad humana negada y destruida por las prisiones en las que la vida se complace en encerrar a todos los seres, y el erotismo insaciado y la angustia de una existencia siempre igual son lo que atormenta a los prisioneros; son el tormento atroz de la vida promiscua, y las punzadas de la locura, con la pesadilla de la muerte que pasa.
Volcanes [Volcani], drama en ocho síntesis, representado en 1927, es una exaltación del volcán de las lenguas rojas y de la ardiente lava, esto es, de la vida intensa, dinámica, torrencialmente lanzada contra todo margen y dique, pero que la ciencia y la religión logran frenar. El Océano del corazón [Oceano del cuore] es la oposición entre almas extrañas, encerrada cada una en su mundo interior, impenetrable e impermeable a los mundos en que están encerradas las otras. Estos cuatro últimos dramas de Marinetti, como sus anteriores experimentos sobre el «Teatro Sintético», no superan, en general, el nivel de tentativas realizadas sólo parcialmente. Sobre todo en Prisioneros hay algún bello cuadro parcialmente sugestivo, pero ha de reconocerse que, en conjunto, estas síntesis dramáticas, sintéticas en los detalles, lo son bastante poco en el todo, y que, por eso, no obstante la brevedad material, resultan prolijas de hecho. Las bellas imágenes marinettianas, cálidas y sanguíneas, pulposas y carnales, abundan, pero no faltan tampoco las imágenes rutilantes que deslumbran y no iluminan, que suenan y no crean.
Y aún algo más grave: la modernidad de estos dramas es completamente superficial y exterior, toda hecha de hallazgos escénicos, pero lo que de veras importa, el fondo de sentimientos y pasiones, en las que se oculta una desesperada sensualidad y sexualidad, no sale de los límites de la humanidad vulgar y corriente. La exigencia profunda que se halla en el centro del teatro de Marinetti — sustituir por fulguraciones eléctricas el teatro construido, sustituir el teatro arquitectónico por el teatro lírico — no se ha realizado plenamente. Él trabajó sobre todo para los demás.
A. Tilgher

