Sonetos a Orfeo, Rainer Maria Rilke

[Die Sonette an Orpheus], Colección de 55 sonetos de Rainer Maria Rilke (1875-1926), escritos en 1922 «como monumento fúnebre para Wera Ouckama-Knoop». Esta muchacha, destina­da a la danza, fue afectada por un mal in­curable que, al deformarla y quitarle lige­reza, la obligó a renunciar a su arte. Se dedicó entonces a la música y, cuando también le fue imposible seguir tocando, empezó a dibujar, «como si la danza a la que renunciara, continuase brotando de ella, cada vez más dulcemente, y cada vez con mayor discreción», hasta que el mal la venció. La narración que la madre de la muchacha hizo a Rilke del curso de esta enfermedad, impresionó vivamente al’ poeta y fue el motivo ocasional del imprevisto nacimiento (fueron todos compuestos e pocos días) de los Sonetos a Orfeo. «Elegías (v. Elegías de Duino) y Sonetos se sostie­nen mutuamente; y yo veo la acción de una gracia infinita en el hecho de haber podido llenar ambas velas con un mismo aliento: la pequeña vela color de herrum­bre de los Sonetos y la inmensa y blanca de las Elegías»; son palabras de Rilke. Las dos últimas obras de Rilke son la positiva y feliz superación de la negación y el des­aliento de los Cuadernos de Malte (v.); pero mientras en las Elegías el paso ocurre de un modo dramático, en un clima de agi­tada inflamación lírica, los Sonetos llegan cuando la solución ya se ha encontrado, y su «tiempo» es de extática contemplación, de revelación y celebración de las verda­des alcanzadas en las Elegías. La tarea del hombre — concluyen éstas — es la de eternizar las cosas del mundo, captando su esencia para transmitirla a las generacio­nes futuras, reducir la vida de las cosas a espíritu: «Tierra, ¿no es esto, pues, lo que quieres? ¿En nosotros / resurgir invi­sible?… ¿Cuál es, si no metamorfosis, tu eterno mandato?»

En ellas, por tanto, la palabra «es reconocida y exaltada como el medio necesario para el “Umschlag” de las cosas, el acto místico por el que, alejándose de las condiciones precarias y con­tingentes de la materia, se salvan en un absoluto meramente espiritual, invisible» (Traverso). Como símbolo perfecto del poe­ta — del que ha de cantar la metamorfosis, el eterno mudarse del espíritu en la mate­ria y de ésta en aquél, celebrar lo que acon­tece, del más acabado artífice de aquel ma­ravilloso instrumento que es la «palabra» — es presentado Orfeo (v.), el tracio visitador del reino de los muertos, el fascinador de fieras, plantas, rocas, aún hoy vivo en la voz del torrente que arrastra su cabeza y su lira: «Sólo quien alzó su lira / hasta en el reino tenebroso / puede elevar, pro­fetizando, / el elogio infinito». La idea base de los Sonetos es la de la metamorfosis, del «Doppelbereich» en que vida y muerte se mezclan; ellos celebran las cosas en que ejemplarmente se efectúa la metamorfosis, iluminando el sentido oculto del paso de una forma a otra; los sarcófagos transformados en fuentes, el cambiarse la fruta en sabor, el paso a las hojas y frutos — a tra­vés de las raíces de las plantas — del jugo de los muertos, la expresión que una dan­zarina puede dar al sabor de una naranja, el volver de las estaciones, la fuerza que la máquina toma del hombre para convertirla en otra forma, el paso, en la mucha­cha enferma, de la danza a la música y de la música, insensiblemente, a la muerte, la respiración — este «invisible poema» por el que el espacio del mundo y la esencia del hombre fluyen con distinto ritmo de uno a otro — y los espejos, las flores, los jardi­nes… En la primera parte de los Sonetos vuelve continuamente la figura de Orfeo: «No levantéis monumentos: sólo / dejad que la rosa en primavera / para él florezca. Es esto, Orfeo, solamente / el perenne cam­biar…» (V, I); «No es terrenal, no; de am­bos reinos / su amplia naturaleza abrió las alas…» (VI, I). No menos presente está, aunque no se le- recuerde directamente, en la segunda parte; a través de la increíble variedad de imágenes que fluye en los So­netos, la figura del dios permanece inmó­vil, como significando la fidelidad de la poesía a sí misma, en el devenir perenne de las cosas. Por encima de los esquemas y de las noticias que hemos dado al lector, estos cincuenta y cinco sonetos son pura materia de poesía, sólo apreciable sobre los textos mismos. [Trad. española de Carlos Barral (Madrid, 1954)].

El monólogo infinito de una conciencia aislada, a la que nada distrae de sí misma y del sentido de ser única en el mundo. (Valéry)