Sonatas de Debussy

La idea de esta serie de Sonatas se le ocurrió a Claude Debussy (1862-1918) durante el veranó de 1915. De las seis proyectadas no fueron com­puestas más que las tres primeras: Sonata para violoncelo y piano; Sonata para flauta, viola y arpa; Sonata para violín y piano. Con estas composiciones Debussy se pro­puso enlazar con el gusto de los sonatistas franceses del siglo XVIII, dejando aparte, a propósito, lo que había llegado a ser la «forma-sonata» por medio de la expe­riencia y la obra de los músicos románticos. (Firmó en aquella ocasión con el título de «C. D. músico francés»). Una música de estructura ágil y armoniosa, privada de los amplios y profundos desarrollos temá­ticos propios de la sonata ochocentista.

Co­mo en casi todas sus últimas obras, también aquí Debussy realiza una escritura más sim­plificada, una mayor firmeza de carácter melódico, un gusto más marcado por ciertos elementos de línea que delimitan las imágenes sonoras, un tiempo inmersas en rumorosa atmósfera de sonidos. El músico se iba alejando de este modo de la expe­riencia impresionista para orientarse hacia una materia menos frágil y evanescente, encerrada en formaciones más precisas. La Sonata para violoncelo y piano, compuesta durante el verano de 1915, se resuelve esen­cialmente en un juego hábil y finísimo de floridos arabescos que se despliegan en de­licados festones. Es un sentimiento que oscila entre una sonrisa irónica y una confesión apasionada. La Sonata para flauta, viola y arpa, compuesta en otoño de 1915, debe considerarse como la mejor de las tres. «Es terriblemente melancólica», escri­bió de ella Debussy, captando el rasgo más característico, en oposición a la primera, que tiende a la vivacidad, sanguínea, sa­brosa en sus contrastes, en el oscuro colo­rido que la confiere el violoncelo.

En oc­tubre de 1916 Debussy inicia la composi­ción de la Sonata para violín y piano; el primer tiempo y el segundo le salen bien con relativa facilidad; el tercer tiempo, en cambio, le cuesta largas fatigas: compone, destruye, vuelve a comenzar. Queda abati­do: «Es una de esas mil pequeñas tragedias íntimas que no producen, al caer, más ru­mor que una rosa que se deshoja y dejan indiferente al universo». Por fin, en marzo de 1917, la Sonata está terminada: pero se sostiene como uno de los organismos sono­ros más frágiles y delicados que Debussy haya realizado. En este equilibrio casi mi­lagroso, en esta etérea inconsistencia, en este supremo homenaje a la fragilidad y a la gracia reside toda la belleza de la So­nata. En ella se dibuja una línea melódica casi imperceptible y que de pronto se di­suelve en un hábil y delicado juego de re­camados y arabescos. Esta Sonata es crono­lógicamente la última obra que llevó a cabo Claude Debussy.

A. Mantelli