Sonata para piano, op. 13, en «do menor» (Patética), de Beethoven.

Fue com­puesta en 1798, cuando los primeros sínto­mas de su incipiente sordera habían comen­zado ya a alejar a Ludwig van Beethoven (1770-1827) del carácter placentero, galante y superficial de sus composiciones anterio­res. En los comienzos de este camino que su arte recorrerá hasta el fondo, hallamos una primera y completa síntesis de la que el editor Eder de Viena quiso bautizar, con el consentimiento tácito de Beethoven, con el nombre de Patética. Hasta entonces la elevadísima temperatura pasional del alma de Beethoven se había manifestado, con preferencia, en la libre expresión melódica de los tiempos lentos. Ahora, por primera vez, la personalidad del artista se plasma completamente, sin residuos académicos ni virtuosismos, entre un clásico «Allegro» de sonata: no sin cierta impaciencia y origi­nalidad, pues al propio «Allegro molto y con brio» se antepone una introducción «Grave», cuyo ritmo sollozante y entre­cortado  así como el continuo claroscuro dinámico de «sforzati» que se extingue en un «pia­no», sugieren la idea de un freno, de una contención que pesa sobre un impulso que quisiera irrumpir. En efecto, la primera frase del «Allegro molto e con brio» se dis­para como un resorte reprimido y final­mente soltado: cinco acordes «staccati» as­cienden desde la tónica, con elástico ímpe­tu, a la octava superior y, sucesivamente, a otra octava.

Después, secos y duros acor­des remachan con energía el ritmo y las principales estaciones armónicas alcanzadas por la modulación temática. La «eroica pro­tervia» (como decía Busoni) de la Patética está sintetizada en el impulso reprimido de la introducción y en su desenfreno en este primer tema: éste es el ardor proteico de Beethoven en sus años juveniles, el indi­vidualismo heroico que también late en los primeros dramas de Schiller y en el pe­ríodo juvenil de la poesía goethiana. El segundo tema, más melódico y reposado, está caracterizado por una especie de eco que la mano derecha va a buscar, a cada respiración de la frase, en las profundidades del teclado. Pero la idea melódica, aparen­temente tranquila y también de breve res­piro, queda prolongada con el diestro arti­ficio de una lenta progresión ascendente, que desplaza toda la frase cada vez más arriba, según una curva parabólica sabia­mente calculada. Después, la reciente pre­sión entra en una fase verdaderamente paroxística, en la que la idea melódica del segundo tema es abandonada en favor de una sencillísima línea ascendente, hasta que la concentración de estas fuerzas com­primidas se desfoga, como en una lluvia, en un célebre y anguloso arabesco que sur­ca rápidamente el teclado (uno de los ca­racteres estilísticos salientes de la Patética consiste en estos rápidos festones de notas que conducen a la cadencia resolutiva). El desarrollo, breve y recogido, descansa prin­cipalmente sobre los elementos enérgicos y volitivos del primer tema: los integra un inciso melódico de la introducción, rítmi­camente «spianato». En la reexposición, ha­cia el final, después de un dramático cal­derón sobre un acorde fortísimo, armónica­mente suspendido, tenemos un breve re­torno de la introducción «grave», y, final­mente, el primer tema se lanza por última vez hacia una vehemente y seca conclusión. También esta abundancia dramática de pau­sas, suspensiones, retardos y repeticiones es característica del romanticismo juvenil de Beethoven.

Después de la férvida realiza­ción dramática del primer tiempo, es justo que el «Adagio cantabile», en lugar del profundo carácter trágico que ya habían alcanzado algunos tiempos lentos de las precedentes Sonatas (v.), nos presente una expresión de sereno recogimiento y de afectuosa bondad. Oportunas variantes rít­micas del acompañamiento (una especie de prolongado susurro, en el cual parece presentirse la paz de la Sinfonía n.° 6, v.) y un breve episodio central más movido y dra­mático alejan todo peligro de monotonía de la tranquila belleza de esta página. Cierta­mente el danzante y gracioso «Rondó» fi­nal no está a la misma altura espiritual de los dos movimientos que lo preceden, pero quedará siempre — por su gracia fres­ca y serena — como una bella página de música, cuyo interés está avivado por una insólita abundancia de detalles imitativos y contrapuntísticos: la explicación de esta particularidad estilística podría hacerse re­montar a la circunstancia de que en su ori­gen este trozo había sido concebido para un conjunto de varios instrumentos. Su tema principal es, en substancia, el mismo diseño inicial del segundo tema en el «Allegro», y es una idea que desde las primerísimas composi­ciones de Beethoven había aguijoneado su fantasía y que encuentra aquí una formu­lación definitiva.

M. Mila