Sinfonías de Mendelssohn-Bartholdy.

Son cinco y fueron compuestas por el maes­tro hamburgués Félix Mendelssohn-Barthol­dy (1809-1847) entre 1824 y 1830. La pri­mera, Sinfonía en «do menor», op. 11, es­crita en 1824, a la edad de 15 años, está muy lejos todavía en inspiración y madurez musical de la milagrosa página del Sueño de una noche de verano (v.). Se advierte en ella, en realidad, una escritura que muestra todavía la influencia de Mozart, de Haydn y del Beethoven juvenil. Con todo, no se nota en la obra una precisa orienta­ción hacia ninguna de estas influencias; afloran como resultado de una cultura aún no absorbida ni profundamente madurada, sin aquel sello personal que, en cambio, ya puede advertirse en ciertas composiciones pianísticas escritas por aquellos años. Pero aquí se trataba de resolver el problema constructivo de la sinfonía; de sostener más allá de la momentánea inspiración un dis­curso musical; de desenvolver ese impulso y coordinarlo en una construcción de am­plias líneas. Pero cuando — pasados unos meses de permanencia en Inglaterra — en noviembre de 1829, Mendelssohn, a sus vein­te años, cruzaba de nuevo el Canal de la Mancha para regresar a Berlín, llevaba con­sigo en su baúl — además de otras compo­siciones — los apuntes para la Sinfonía en «la menor», op. 56, llamada Escocesa [Schottische Sinfonie]. Comenzada, pues, en 1829, esta sinfonía no quedó terminada hasta 1841. En el ínterin, Mendelssohn compuso la Sinfonía de la Reforma, op. 107 [Reformations Sinfonie], la Sinfonía italiana, op. 90 [Italienische Sinfonie] y la Sinfonía-cantata, op. 52 [Sinfonie kantate-Lobgesang]. La Escocesa, en la cual el autor trabajó tantos años, resultó una de las más perfectas, e inspiradas páginas de toda su obra. «No consigo todavía aferrar bien la Sinfonía Escocesa — escribía desde Roma en febrero de 1831 —; se me escapa de las manos cuan­do creo aferraría».

Esta sinfonía, como la Gruta de Fingal (v.), algunos trozos para piano y las ilustraciones musicales para el Sueño de una noche de verano, se origina de una sugestión del paisaje. Una infinidad de inflexiones melódicas y armónicas que da ciertos caracteres comunes a estas obras, una frescura vivísima del discurso musical — las mismas indirectas sugestiones de sus títulos — hacen pensar legítimamente que el impulso interior y oscuro del que estas músicas han surgido debe enlazarse con aquel conjunto de sentimientos y de idea­ciones musicales, provocados por el con­tacto con la naturaleza del país que aquel año Mendelssohn visitaba por primera vez y que para toda su vida había de quedar en su corazón. La Sinfonía se inicia con una conmovedora frase, de profunda me­lancolía, que casi idéntica fue repetida por Wagner en la Walkiria (v.), en el diálogo entre Brunilda y Siegmund.

Después de la introducción surge «pianissimo» el «Allegro un poco agitato». Estamos frente a uno de aquellos motivos tan car­gados de fuerza musical que, llegados al fondo, conservan intacta toda su vitalidad inicial y trepidante frescura. Obsérvese cómo este tema se deriva, enlazándose con él, del tema de la intro­ducción («mi-la-si-do»). Sobre todo, es be­llo el episodio con que se inicia la reex­posición del primer tiempo: primero «en do sostenido menor», después en «si me­nor», y que por medio de algunas modu­laciones de gran belleza, vuelve a traer el tema en «do menor». Es un momento su­surrado y suavísimo, de profunda suavidad armónica y tímbrica. Aéreo y ágil es el segundo tiempo, «Scherzo», que en medio de un saltar de notas nos hace pensar en el del Sueño de una noche de verano. El tema fundamental nació probablemente del son de alguna gaita escocesa. ¡Pero qué característico — aunque sea cierta esta re­ferencia — de la escritura de Mendelssohn, de su personalidad musical!.

El tercer tiempo, el «Adagio», reposa en una melodía amplísima, de espaciada e intensa melancolía que se resuelve en un ritmo de marcha fúnebre. Es el «Adagio» más bello y más profundamente conmovido que ha surgido de la fantasía de Mendel­ssohn. Otro toque de gaita cruza el «Fi­nal». El brotar entre nervioso y blando del primer tema de este tiempo hace pen­sar en una melodía campestre. Pero más que él resplandece y resuena el segundo motivo, amplio y melancólico, que recuer­da un poco la inflexión del tema de la introducción: «la mayor», op. 90, llamada Italiana, no ter­minada definitivamente hasta 1833. En fe­brero de 1831, escribía desde Roma acerca de este trabajo: «Marcha a grandes pasos. Será la pieza más alegre que yo haya com­puesto, sobre todo el final». Esta sinfonía irradia un sentido de melodiosa felicidad, un alegre bienestar, una musicalidad lumi­nosa y jocunda. Están aquí trasladadas en música las expresiones maravilladas y en­tusiásticas por Italia de que están llenas las cartas que el músico escribió durante su estancia en la patria de Palestrina. Le arrancan sus expresiones más vivaces en Roma, la plaza de España (donde habitaba el compositor), Trinitá dei Monti, el Pincio y el Puente Nomentano a la entrada de la campiña romana. Ese mundo mediterrá­neo, de Venecia a Nápoles, que él saboreó de un otoño a un verano, se derrama todo en la jocunda viveza de la Sinfonía en «la mayor». La rápida frase sobre la cual todo el primer tema está construido, surge de improviso.

El segundo tema se diferencia muy poco del primero y casi parece una derivación suya, dirigida, no a crear el clásico con­traste entre los dos temas, sino a profun­dizar su significado: a exaltar el sentido de aérea alegría que se inserta en los pri­meros compases. También el «Andante con moto» se inscribe en el tono de la sinfonía con su fastuosa gravedad. Nos parece en­trar en la gran luz de una plaza italiana inundada de sol, en la sombra sonora de una iglesia donde cantos y sones del órga­no se mezclan con el brillo severo de los oros y las vidrieras. De la sombra sonora del «Andante con moto» se sale a la plena luz del «Scherzo»; una música casi indo­lente y sensual, como de quien saboree y goce el sol tibio y suavísimo^ de una pri­mavera meridional. He aquí qué nuevo mundo se despliega en la fantasía de Men­delssohn, cantor de elfos, de hadas y de marinas nórdicas.

Con amplitud conmovida, con tono de cor­dial celebración, como quien saluda de le­jos una amada tierra, se cierra la Sinfo­nía escocesa. Entre 1829 y 1830, Mendel­ssohn compuso la Sinfonía en «re menor», op. 107, llamada de la Reforma por estar compuesto su final sobre el coral luterano «Ein’ feste Burg ist unser Gott» («Nuestro Señor es un firme castillo»). Si entre las Sinfonías de Mendelssohn hay una Sinfo­nía italiana y una Sinfonía escocesa, ésta podría justamente llamarse la «Sinfonía alemana». No hay en ella las aéreas lige­rezas de la Sinfonía escocesa y del Sueño de una noche de verano, ni la apasionada evocación de paisajes marinos de la Gruta de Fingal; pero en esta sinfonía el contra­punto se adensa proyectando a veces la gran sombra de Bach, resuenan toques mís­ticos y si antes del último tiempo suena el conocido coral de Lutero, en la introduc­ción, en el primer tiempo, resuena el «Amen» de la liturgia sajona, motivo que fue más tarde utilizado por Wagner en el Parsifal (v.) con el tema del Graal. Con todo, esta obra resulta inferior a la Sinfo­nía escocesa y a la Sinfonía italiana; no tiene de ellas la espontánea y penetrante felicidad inventiva y, a pesar de su fuerte coherencia lírica y su vasto y generoso flujo musical, parece situada como en una zona de sombra, en un plano algo alejado. Pertenece, por lo demás, a un orden de belleza diverso: más austero y pensativo. Recordemos los primeros compases, de re­cogida e intensa melancolía, semejante a una mirada que se hunde en la lontananza de los tiempos y la requiere con afectuosa tristeza. La «Introducción» y el «Adagio» son los momentos en que es más libre su expansión musical, en que no se deja sen­tir una preocupación constructiva que a veces ofusca su espontaneidad de expre­sión. El tema del «Adagio» tiene una pure­za melódica e intensidad lírica que raras veces Mendelssohn ha sabido alcanzar.

El «Final» está cortado sobre el ritmo y los esquemas melódicos de una danza po­pular romana, el «saltarello». De extraor­dinaria viveza de ritmos y de colores, esta página es el homenaje del músico a los hombres que le agradaba contemplar en sus paseos por los barrios populares de Roma. Dentro de la órbita de sentimientos de la Sinfonía de la Reforma, está la Sin­fonía-cantata, op. 52, llamada Lobgesang, para coros, orquesta y órgano, sobre textos de la Sagrada Escritura. Fue compuesta en 1840 con motivo de las fiestas centenarias de la invención de la imprenta (que en alemania, como es sabido, se hace remontar a la fecha convencional de 1440). Con exclusión de la Sinfonía en «do menor», op. 11, que es obra inmatura de Mendel­ssohn, esta Sinfonía-cantata es la más dé­bil de las suyas. La Sinfonía de la Refor­ma, sin alcanzar las bellezas de la Esco­cesa o de la Italiana, es notablemente su­perior a ella. Mucho más que en aquéllas se muestra aquí un esfuerzo constructivo al que no responde una adecuada produc­ción de arte. A nosotros nos parece per­cibir en ella la debilidad de los trabajos ocasionales y conmemorativos en los cua­les el artista se obliga a expresiones ex­trañas a su más íntima naturaleza poética. Queda la amplitud algo mecánica y exte­rior del fresco descriptivo, la vasta cons­trucción sonora de un músico de grandes posibilidades como fue Mendelssohn. Pero mientras en 1840 él escribía la Sinfonía- cantata, sobre su mesa de trabajo estaban todavía esperando sus últimos toques las páginas perfectas de la Escocesa, que sólo un año después había de quedar comple­tamente terminada. A. Mantinelli

Su encantador colorido particular contri­buye a asegurar a la Sinfonía Escocesa de Mendelssohn (como a la de Schubert) un puesto particular en la literatura sinfónica… Se coloca junto a sus «Oberturas» por la belleza y la delicadeza del conjunto y de los pormenores; y no es menos rica en en­cantadores efectos instrumentales. (Schumann)

La Sinfonía Escocesa y también la Sin­fonía Italiana serían obras perfectas en el caso de que Mendelssohn no hubiese in­troducido en ellas aquí y allí efusiones personales que con su elegante y frío con­vencionalismo sentimental alteran su im­presión de conjunto… [La Sinfonía Esco­cesa] es una de esas obras de las que nos cansamos pronto, a pesar de su perfección, de la seguridad de mano con que está rea­lizada y el hechizo innegable del primer «Allegro» y del «Scherzo». También aquí, como en muchas de sus obras, la maravillo­sa factura de Mendelssohn tiende a expre­sar un sentimiento algo superficial… (Dukas)

Maestría, gracia y elegancia extrema, ilu­minadas unas veces por chispeante vivaci­dad y otras veces empapadas de melanco­lía. Si bien Mendelssohn tiene pocos mo­mentos verdaderamente grandes, en com­pensación, en sus composiciones, son pocas las páginas del todo débiles, como son fá­ciles de hallar en las últimas obras de Mo­zart y de otros compositores… Tuvo perso­nalidad y un estilo vigorosamente marca­do… Además, una alegre vivacidad, una «joie de vivre» que es la expresión más evidente de su naturaleza feliz y despre­ocupada. (Cowen)

Sus Sinfonías son obras claras, elegantes, de gran riqueza de ideas avaloradas por hábiles contrastes y cuya forma tiene una belleza plástica que puede ser propuesta como modelo. La característica de ellas es un sabio equilibrio entre la independencia del pensamiento y el respeto a todas las tradiciones en cuanto al estilo; son la obra maestra del gusto; un arte placentero y seguro, inspirado y circunspecto; sabe fun­dir en ellas la galanura con la profundidad, lo gracioso con lo sublime, la gran elo­cuencia con la finura y el garbo atempe­rado… Mendelssohn es un maestro de la melodía y del ritmo. (Combarieu)