[Serenissima]. Comedia en dos actos de Giacinto Gallina (1852-1897), representada en 1891. Corresponde, al ciclo de las comedias de Gallina evocadoras de una antigua Venecia un poco amanerada, pero sentida con honda emoción. Serenísima (v.) es el viejo Piero Grossi, que debe su sobrenombre al culto de las antiguas tradiciones venecianas. En su casa conserva una «vera» de pozo, esto es, el parapeto circular, de mármol esculpido, de los antiguos pozos, correspondiente a la decaída familia Vidal, de la que Serenísima fue servidor; hoy esa piedra es lo único que queda de la antigua riqueza y no debe venderse.
Pero el «noble Vidal» (v.), último descendente de la familia, debe decidirse al sacrificio y habla de la «vera» a una rica americana, Mary, que está dispuesta a adquirirla. Para él esta venta carece del carácter de simbólica ruina que ve en ella Serenísima. Vidal ha aceptado la ruina con la íntima conciencia de la incapacidad vital de su generación. Alegre y sonriente, lleno de un optimismo heroicocómico, parece no darse cuenta de que se ha convertido en un pequeño empleado; su aparente adaptación a las nuevas condiciones proviene en realidad de una incapacidad absoluta de reacción que le permite renunciar a todo. Pero Serenísima, el hijo del pueblo que conserva vivas en sí las antiguas tradiciones, comprende claramente el sentido de la disolución y se opone a la venta por todos los medios a su alcance; el criado viene así a superar al señor. Vuelve entretanto a casa de Serenísima una de sus sobrinas, Cecilia, que, evadiéndose de la segura y honesta tradición de los viejos, ha huido con un joven en busca de una vida nueva y más intensa; no está arrepentida, sólo necesita dinero y ruega a su hermana, Lisa, que le venda un reloj. Cuando llega la americana para ver la «vera», Lisa le muestra también el reloj; con lo que descubre que éste pertenece a un atolondrado sobrino de Mary, el mismo que ha huido con Cecilia.
Cosa triste e irreparable, porque el joven está casado; la americana está dispuesta a reparar en lo posible con dinero, pero Serenísima no acepta. Volverán a casa la seducida y el niño que debe nacer, y él les ofrecerá su vieja casa y su honrada pobreza. Como en Teleri Veci (v.), viejos señores y viejos criados representan a la antigua república en ruinas, de la que huye la juventud hacia nuevas experiencias. Pero aquí la vejez es más fuerte, ella es aún, entre tanta subversión, el seguro puerto en el que hallarán refugio los extraviados. Refugio melancólico, porque la vida no se detiene, y los que vuelven atrás son los derrotados, y sólo para ellos puede todavía palpitar la tradición antigua y ofrecerles un poco de calor.
U. Dettore
Sobre todas las escenas domina Venecia, la Venecia del Canal Grande, de las góndolas y de las palomas de la plaza de San Marcos, que es — como el Nápoles del Vesubio, de Santa Lucía y de las canciones de Piedigrotta — una imagen conocidísima y siempre atrayente. Y los personajes hablan aquel dulce dialecto que todo italiano culto desearía que fuese el suyo, desde que de muchacho lo aprendió en la lectura de Goldoni. ¿Qué más se desea? (B. Croce)

