Salammbó, Gustave Flaubert

Novela de Gustave Flaubert (1821-1880), publicada en 1862. En Cartago, después de la primera guerra púnica, los mercenarios, turbulentos y hostiles, consti­tuyen una auténtica amenaza. Persuadidos a retirarse a Sica, en vista de que no les pa­gan, se dirigen contra la ciudad. Los manda uno de ellos, el líbico Mátho, incitado por el esclavo griego Spendio y, más todavía, por el amor de Salammbó, la bellísima hija de Amílcar, a la que ha visto una vez, que­dando como hechizado. Audazmente logra penetrar de noche en Cartago, y robando del templo el velo de la diosa Tanit (la. luna), llega hasta la estancia de Salammbó, se muestra a ella y luego huye con el velo, al que se cree está ligada la suerte de la ciudad. El númida Narr’Havas se une a los insurgentes, que logran varios éxitos. Entonces Amílcar toma el mando de la guerra, pero después de una victoria en Macar, es derrotado también él; con el velo, la fortuna ha abandonado a Cartago.

Entonces, Salammbó, la virgen sacerdotisa tan devota de Tanit, persuadida por el gran sacerdote, va a la tienda del enemigo, que se embriaga con aquella visión, con aquella felicidad; a la vuelta, ella trae el precioso velo. Entonces cambia la suerte para los cartagineses, que reforzados también por Narr’Havas, que ha vuelto a cambiar de campo, desbaratan a los mercenarios. Éstos, sin embargo, asedian la ciudad y la privan de agua al destruir el acueducto. Después de sacrificar algunos niños a Moloch, viene por fin la lluvia; Amílcar sale con al­gunas naves, y los mercenarios, atacados por ambas partes, son empujados a un des­filadero, encerrados allí y vencidos por el hambre. Mátho, con las últimas fuerzas, es derrotado, preso y llevado al suplicio; Sa­lammbó, ahora prometida de Narr’Havas, pero siempre obsesionada por el recuerdo del enemigo enamorado y de aquella noche, muere ante el horrible espectáculo. Des­pués de Madame Bovary (v.), Flaubert pasa de la cotidiana vida moderna a la antigüe­dad más exótica y bárbara, con las supers­ticiones más misteriosas y crueles, evocada en vastos cuadros, con pasajes épicos y exaltaciones líricas. Pero el método, el ideal artístico, no cambia; es siempre la realidad, buscada aquí con minuciosas indagaciones históricas y arqueológicas, y hecha sentir a través de la virtud del estilo.

Es también el mismo espíritu, porque la vaga tristeza y curiosidad de la protagonista recuerda a Emma Bovary (v.). Sólo que la hija de Amílcar es fría, con su fijeza hierática, con su humanidad demasiado lejana de nos­otros, y hace tan frío al libro que éste vive sobre todo por sus cuadros ardientes, lu­minosos, profundos, a veces excesivamente llenos de horror. Pero la pasión de artista que ha hecho revivir aquel mundo desapa­recido anima esta obra admirable, fuerte, de vastas miras, aunque un poco fatigosa. Es una obra maestra en la que el esfuerzo, nunca ausente de Flaubert, se advierte más que en otras obras del autor. Junto con La tentación de san Antonio (v.), ha dado el tono a las narraciones de evocación arqueo­lógica, preciosas y artificiosas, tan caras a la época parnasiana y decadente. [Trad. es­pañola de María Lauder de Dutemblay (Pa­rís, 1896); de Augusto Riera (Barcelona, 1901); de Ciro Bayo (Madrid, 1922) y de Vicente Diez de Tejada (Barcelona, 1928)]. V. Lugli

Es como un desafío a todos los ‘procedi­mientos conocidos y a todas las osadías del lenguaje, porque raramente se sirve de las comparaciones. Las desdeña, sólo necesita el hecho para hacer brotar de él la impre­sión completa. (G. Sand)

Un poco recargado en la riqueza descrip­tiva — «el pedestal», decía juiciosamente Flaubert, «es demasiado grande para la es­tatua» — esta novela es superior a todo cuanto se ha podido intentar, por la pinto­resca profusión y por la energía dramática de los cuadros.                           (Lanson)

En estos días he releído a trozos Sa­lammbó con delectación intensa, ¡Qué ar­tista es Flaubert! ¡Qué estilo! (D’Annunzio)

*    De la novela de Flaubert se sacaron al­gunas obras musicales tituladas Salammbó. La primera idea la tuvo en 1863 Modesto Petrovic Musorgskij (1839-1881); pero de su obra apenas compuso más que algunas escenas. Una obra mediocre y ya olvidada es la Salammbó de Niccoló Massa, represen­tada en Milán en 1886; algún interés pre­senta a su vez la ópera Salammbó del bohe­mio Karl Navratil (n. en 1867).

*    Sigue una Salammbó de Ernest Reyer (1823-1909), con libreto de Camille du Lóele, representada en París en 1892. El ar­gumento se desarrolla en cinco actos y ocho cuadros. Dotada de fuerte sentido tea­tral, esta ópera tuvo éxito y fue considerada como la mejor de este autor. La música traduce un eclecticismo en el que pre­domina la influencia wagneriana; Reyer fue, en efecto, uno de los más fervorosos propagandistas de Wagner en Francia, y lo sostuvo a través de duras polémicas. Aun cuando hoy está considerado en Francia como uno de los más vigorosos y geniales compositores de la segunda mitad del si­glo XIX, Reyer figura sólo entre los músi­cos menores; su inspiración cede a un tec­nicismo refinado e impetuoso, aunque de escritura fácil, que domina la partitura de esta ópera; una notable fuerza dramática y un vivo sentido del teatro animan sin embargo a Salammbó, que posee unidad expresiva, un carácter propio y algunos pasajes de un lirismo refinado.

L. Rognoni

En la partitura de Reyer encontramos to­das las cualidades musicales y escénicas que hacen de él el más autorizado representante de la tradición lírica francesa. El talento de Reyer desciende en línea directa de Gluck, de Spontini y de Berlioz. (Dukas)

= Heinz Tiessen (n. en 1887) compuso un en cuatro cuadros, Salammbó, deri­vado de la misma fuente, y Florent Schmitt n. en 1870) compuso la música para la película del mismo nombre (1925).