Safo

Como ocurre con muchos poetas y especialmente con aquellos cuya persona­lidad histórica fue esfumada por el tiempo, Safo se ha convertido en la «protagonista» de su poesía, y ha dado lugar a figuraciones y leyendas diversas, algunas malignas y có­micas, otras poéticas. Entre estas últimas la más conocida es la de su infeliz amor por Faón y del salto de Leucade, que gozó gran fama en la literatura de los si­glos V-IV a. de C., y fue acogida por Ovi­dio en la XV epístola de las Heroidas (v.).

*    Una de las primeras elaboraciones mo­dernas de la leyenda es la comedia román­tica Safo y Faón [Sapho and Phao] del es­critor elisabetiano John Lyly (1554-1606), escrita en 1584, como otras comedias román­ticas suyas, no para el teatro sino para diversión de la corte de Isabel. El asunto es el de los amores de la famosa y ya ma­dura poetisa Safo por Faón, jovencito de maravillosa belleza, y está basado en la epístola de Ovidio. Safo ama y es amada, pero aquel regocijo dura poco porque Faón se aleja, y Safo, perdido todo recato, des­cubre a todos su amargo dolor. Mientras de este modo se desespera, se le aparece en un bosque, junto a una fuente, una náyade, la cual, compadecida, le aconseja que se vaya a Leucade y pruebe el salto del pe­ñasco, citándole el ejemplo de Deucalión, quien enamorado de Pirra, con aquel salto se liberó del amor y consiguió que aquel amor pasase de su pecho al de Pirra.

La poetisa se decide a seguir el consejo, se cura del amor y en cambio gana el del joven. Esta comedia está escrita en prosa alternada con versos; la prosa a menudo fatiga por la abundancia de aliteraciones, asonancias, antítesis, afectaciones que por la obra anterior de Lyly, Euplnues (v.), to­man el apelativo de Eufuismo (v.). Sobre todo, esta obra tuvo el mérito de mostrar a los escritores elisabetianos, y al propio Sha­kespeare, con cuánta eficacia los cantos y la música se pueden introducir en un drama, y cómo la prosa es susceptible de ser tra­tada con agudeza y brío; cómo se utilizan con ventaja las comparsas coreográficas, las escenas laterales, los recursos histriónicos: y les ofreció admirables ejemplos de diá­logo con frases eficaces e incisivas.

G. Furliani

*    Es notable la novela Avventure di Saffo poetessa di Mitilene de Alessandro Verri (1741-1816), inspirada en su estudio entu­siasta de los griegos, compuesta en poco más de cuatro meses y dada a las prensas en 1780, so capa de ser traducción de un ma­nuscrito griego recientemente descubierto. El público, que había caído en el engaño, elogió muchísimo la obra y Verri se vio obligado a salir de su anónimo. El funda­mento de estas aventuras está sacado de lo poco que nos queda de los antiguos en tor­no a Safo, a lo que se añaden episodios de nueva invención, debidos a un serio cono­cimiento del corazón humano y de las pa­siones, con algunas resonancias de Las cui­tas del joven Werther (v.). Safo, joven no agraciada, enterada de los casos de amor, bien aprendidos en los libros de los poetas, pero ignorante todavía en cuanto a expe­riencias propias, es blanco de las venganzas de Venus, por haber descuidado un sacri­ficio.

Venus, en efecto, vuelve bellísimo a Faón, y Safo, al verlo en una fiesta de Mi­tilene, se enamora de él perdidamente. Por él se vuelve poetisa; pero Faón se muestra extremadamente frío para la mísera aman­te, y por ella no experimenta más que una estéril compasión. Después de muchos y diversos acontecimientos, la muchacha, no pudiendo recuperar la calma perdida, resuelve arrojarse a las olas del mar Jonio desde la peña de Leucade, esperando en­contrar en ellas el olvido de su infeliz amor. El hombre y el literato se alternan en esta obra, el uno en el análisis del do­lor y el otro en la evocación de tiempos y lugares. Las descripciones de las fiestas de Mitilene nos vuelven a las descripciones de Homero, de Sófocles, de Virgilio, y las disputas de los comensales y los razona­mientos en casa del huésped siciliano nos recuerdan las «cuestiones» convivíales y los simposios descritos por Platón, Jenofon­te y Plutarco. En su lenguaje, Verri se propone ser armonioso y pulcro, excluyen­do las pedanterías de los puristas; pero la redundancia de los epítetos y de las tra­bajadas exquisiteces inclina a menudo su estilo más a lo amanerado que a lo gracioso.

M. Maggi

*     Una inspiración poética más genuina nos ofrece el drama en cinco actos Sappho del poeta austríaco Franz Grillparzer (1791- 1872), estrenado en 1818 en el Teatro de la Hofburg de Viena, un año después de la representación de la Abuela (v.), de cuyo tono fatalista se separa decididamente elevándose a pura poesía clásica. La poetisa de Lesbos, de regreso de los triunfos de las Olimpíadas, saciada de gloria y alaban­zas, quiere descender de las cimas etéreas de la poesía para gustar el amor terrenal, única razón de vida. Faón, el bello joven que aquella mujer sedienta de amor se ha elegido por compañero, ama, en cambio, en Safo únicamente a la poetisa celebrada por todos, y responde a las ardientes de­claraciones con una fría admiración que ella, por su inexperiencia, confunde con el amor. De los dos, Faón es el primero que advierte el engaño cuando se le muestra la juventud floreciente de Melita, joven es­clava de Safo, sencilla y natural como él, y como él extranjera y de origen humilde. Poco a poco la discrepancia entre Safo y Faón se agudiza para volverse intensamente ‘ trágica. Safo, que ahora ya tiene las pruebas del amor de Faón por Melita, no puede refrenarse.

Cegada por los celos, se desahoga maltratando a la inocente esclava, mientras Faón, que acude en defensa de ésta, con­sigue arrancar el puñal de manos de la furibunda. Después de esta profunda caída, el alma noble y generosa de Safo se sobre­pone; no se desciende impunemente de las cimas de/la poesía, entre los humildes mor­tales. Ella lo reconoce así, y despidiéndose de todos los seres queridos, se arroja de una peña a las olas para reunirse con los dioses. Un ardor contenido penetra todo este drama; como en la Ifigenia (v.) de Goethe, también en Safo el clasicismo, que se revela en la sencillez lineal del argu­mento, en la pureza de la forma, en la selección del metro (quinarios yámbicos), no está en desacuerdo con motivos más complejos que vibran en los contrastes y en los matices con que se da vida a los personajes. El argumento, en elementos de su composición, recuerda al Tasso (v. Torquato Tasso) de Goethe, pero su poesía tie­ne una inflexión más elegiaca y es diverso también en parte el concepto en que el drama se inspira: sólo quien sabe sobreponerse a sus propias pasiones y sabe renun­ciar, puede alcanzar la felicidad, porque la vida es una continua renuncia.

C. Zurlini

¡Grillparzer, nombre diabólico! Pero será necesario habituarse a pronunciarlo. Esta tragedia es grande y sublime. ¿Quién es el poeta? Yo no lo conozco, pero la poste­ridad lo conocerá. Grillparzer es grande, antiguo, pero no tan sencillo como los an­tiguos, y, con todo, sencillísimo para un moderno. En suma, es un escritor elevado y atractivo. (Byron)

*    Como una de las más célebres figura­ciones de la poetisa ha quedado El último canto de Safo (v.) de Giacomo Leopardi (1798-1834), en que el poeta ha personifica­do en Safo su desesperado pesimismo.

*    También el autor catalán Víctor Balaguer (1824-1901) escribió una tragedia Safo publicada en 1870.

*    Entre las obras musicales inspiradas en la leyenda, está la ópera Saffo en tres actos de Giovanni Pacini (1796-1867), con libreto de Salvatore Cammarano (1801- 1851), representada en Nápoles el 14 de marzo de 1840. Alcandro, sacerdote de Apo­lo, celoso de Faón, que es amado por Safo, consigue separarlo de ella y hacer que se case con otra. Llega Safo durante la ce­remonia y, llena de furor, derriba el altar. Es condenada a muerte por sacrilegio. En tanto, Faón se entera de que la mujer con quien iba a casarse es su propia hija, e intenta salvar a Safo. Pero la poetisa reci­be los honores de su triunfo poético y des­pués se precipita de la peña de Leucade para substraerse a la venganza popular. Pa­cini pagó con la antipatía del público una mala acción cometida por una amante suya, una rusa de alta posición, contra Bellini. Pero su Saffo puede con todo honor dispu­tar muchas palmas a las más reputadas pro­ducciones del siglo XIX. Es orgánica, fuer­te, rica, digna de un maestro que conocía el contrapunto mucho mejor que muchos rivales suyos. Ya no se presenta sino en ocasiones conmemorativas o por amor de exhumación: pero merecería ser escuchada más a menudo por sus excelentes coros (dignos de Cherubini o de Spontini) y por algunos famosos trozos: el dúo «Di quali soavi lagrime» (soprano y mezzosoprano); y las arias: «Di sua voce il suon giunge» (barítono), «Ah con lui mi fu rapita» (mez­zosoprano), «Teco all’altare pronube» (soprano).

E. M. Dufflocq

*    Sapho es también el título de una ópera en tres actos de Charles Gounod (1818-1893) con libreto de Augier, representada en París en 1853, con escaso éxito. Fran­camente inferior a Fausto (v.), no carece sin embargo de trozos notables, entre los cuales las romanzas de Faón y del Pastor. Esta obra, refundida y con la añadidura de un acto y cinco cuadros, fue reestrenada en París en 1878.

*    El mito de Safo inspiró también a otros muchos músicos: Bernard Anselm Weber (1776-1821), en el monodrama Sappho; Albrecht Roudegger (1832-1911), en sus escenas dramáticas para soprano y orquesta, Sapho (1878); Karl Goldomarch (1830-1915), con una ópera Sapho; Waldemar Baussnern (n. en 1866), en el Gesang der Sapho [Canto de Safo); Granville Bantock (n. en 1868), en la canción Sapho; Johannes Conze (n. en 1875), en fantasía sinfónica del mismo título.

*    En las artes figurativas se recuerda una pintura y una escultura en el Museo Na­cional de Nápoles, en las cuales se quiso reconocer las facciones de la poetisa. Más recientemente se conocen el lienzo de Gros, Sapho au cap Leucade, y las estatuas de Pradier y Dupré.