Rougon-Macquart, Émile Zola

[Les Rougon-Macquart]. «Historia natural y social de una familia bajo el Segundo Imperio», de Émile Zola (1840-1902); ciclo de veinte novelas publicadas entre 1871 y 1893.

Al describir la vida de una familia rica, en los diversos tipos de caracteres represen­tativos de aquel período, el novelista se propone hacer la historia de una época, la que, desde el golpe de estado a Sedán, condujo a Francia al borde de su ruina. Aquella actitud política coincide con los principios literarios del Naturalismo (v.) y explica el doble intento de la obra: descri­bir ambientes y caracteres, y elogiar la vida sana contra la corrupción moral y la ambi­ción de los advenedizos. El autor afirma que la herencia «tiene sus leyes como la grave­dad», y que entre vicios y virtudes cada ambiente ofrece al artista un medio expresivo, y al mismo tiempo una inspiración cientí­fica, dirigida al bien de la humanidad. De este modo la materia se presenta — por «te­mas» — de volumen en volumen, cruzando ambientes de obreros o de financieros, de artistas o de mundanos. En esta investiga­ción polémica — contra el Segundo Imperio en política y contra el romanticismo senti­mental en literatura — se encierra el interés de una obra vasta, que no se sostiene sólo por sus virtudes narrativas. Con su sucesión cronológica las vicisitudes de la familia for­man las diversas ramas de una gran planta; y el árbol genealógico que en el último vo­lumen dará la razón a las investigaciones de un fisiólogo, Pascual Rougon, muestra el ca­rácter equívoco de una obra que no se aplica nunca decididamente a problemas científicos o literarios por sí mismos.

En la Fortuna de los Rougon (v.), de 1871, es presentada la vida de una familia en una pequeña ciudad provenzal, Plassans, en el momento del golpe de estado de Luis Na­poleón (1851), cuando, con el nuevo go­bierno despótico, se podrá ganar riqueza por todos los medios. Entre los Rougon, siempre ávidos y violentos, Eugenio se apro­vecha de la corrupción política de París, mientras Arístides en Plassans halla su oca­sión en la nueva situación de la provincia. Con el restablecimiento del Imperio (v. La Ralea, también de 1871), el vicio alimenta a la sociedad; desde las clases altas la co­rrupción se infiltra en el pueblo y en la pequeña burguesía. Además, a causa del temor del gobierno ante el peligro de una revolución, la traición hiere a los honrados y a los humildes y es aplastado todo el que intenta traer un hálito de libertad contra la tiranía de Napoleón III (v. El vientre de París, de 1873). Con La conquista de Plas­sans [La conquéte de Plassans], de 1874, se examina la decadencia de la provincia; también aquí pasión e instintos son alimen­tados por la necesidad que el Segundo Im­perio tiene de fautores. En aquella ciudad, los Rougon, violentos y sanguinarios, ejer­cen su dominio hasta sobre sus parientes. En una serie de vilezas y oprobios se ponen de relieve las degeneraciones hereditarias de la familia.

Tanto por la rama legítima como la ilegítima, ha salido de Adelaida Fouqué, una histérica que luego murió loca; ésta tiene hijos de su marido el débil Rou­gon, y de su amante, el contrabandista y borrachín Macquart. Sucesivamente, las nuevas generaciones irán siendo cada vez más enfermas y desequilibradas ante la vida; la tuberculosis y alguna vez el sui­cidio resolverán los casos más tristes. En torno a los personajes más representativos son examinados otros aspectos de la socie­dad francesa; cada uno ofrece un nuevo do­cumento. Un ambiente muy particular es el de La caída del abate Mouret (v.), de 1875. Un mundo de trampas y de corrupcio­nes origina los acontecimientos descritos en Su Excelencia Eugenio Rougon [Son Excellence Eugéne Rougon], de 1876: es el mundo político en que el sagacísimo Rou­gon obtiene el poder con el apoyo de su vasta y bien remunerada clientela; y cuando la pierde por haberse atrevido demasiado escandalosamente, la vuelve a ganar con su pronto y desenvuelto cambio de princi­pios y anuncia con sus miserias y sus vile­zas la próxima catástrofe imperial. En con­traste más. sombrío con los esplendores de la corte y de la banca, La taberna (v.), de 1877, describe la vida de una Macquart, Gervasia: ésta — que acabaría embrutecida en la embriaguez y en la prostitución — tiene dos hijos de un amante, el operario Lantier y una hija de su esposo, Coupeau.

Forma un paréntesis idílico y sentimental el de Una página de amor (v.), en que algunos personajes con su bondad y su pureza, más que una excepción a las leyes de la he­rencia, son una desviación que no tendría verdadero desarrollo en la vida. Mucho más sombrío y terrible es, sin embargo, el mun­do del pecado: como en Naná (v.), de 1878, que traza la existencia de la hija de Gervasia, una mundana de alta categoría. En otros dos libros del ciclo, Olla [Pot-Bouille], de 1882, y El paraíso de las damas (v.), de 1883, burgueses y comerciantes son estudiados por medio de la descripción de la vida de una casa distinguida, y de un almacén de modas. Particularmente acre es la condena de los burgueses en Olla [Pot-Bouille]: detrás de las apariencias más respetables, en los diversos pisos, en las distintas familias de una casa, se ocultan las más tristes pasiones, los vicios más ver­gonzosos, acompañados de la más tranquila y satisfecha hipocresía. Para salir del vicio es necesario ser buenos y honrados; por esto, en tentativa suprema, en La alegría de vivir [La joie de vivre], de 1884, se in­tenta evadir de las opresoras fatalidades que rigen a la familia en su desarrollo bio­lógico.

En un cuadro dolorosamente pesi­mista, en que todos resultan desgraciados, y los intelectuales más que todos, por su conciencia del padecer humano, una joven- cita huérfana — Paulina Quenu, una Macquart sana —, explotada, despojada por sus parientes, afirma, a pesar de todo, la bon­dad de la vida por el sentido mismo del existir, en ella, pleno de absoluto gozo. Un mundo muy complejo, por su visión de obreros, artistas y campesinos, es el que nos ofrecen libros como Germinal (v.), de 1885, basado en la lucha de los mineros y el anhelo por una libertad social; La obra (v.), de 1886, que muestra el vano espejis­mo de un artista, o la Tierra (v.), de 1887, unido al egoísmo insuprimible y hasta de­lictuoso de la riqueza. Por otra parte, El sueño (v.), de 1888, y La bestia humana (v.), de 1890, indican nuevas diversidades de individuos en el seno de una misma fa­milia: la neurosis puede dirigirse lo mismo hacia el misticismo que hacia el delito. En El dinero [L’argent], de 1891, es estudiada la fiebre de los negocios en torno a la Bolsa de París, con las fantásticas y delictivas especulaciones que arrastran a la miseria a tantos ingenuos y ávidos: quien repre­senta el espíritu de los negocios es Arístides Rougon, que vuelve a presentarse después del drama de La ralea (v.) con el nombre de Saccard, y nuevamente hundido junto con sus víctimas. Y, en fin, en La debacle (v.), de 1892, se nos ofrece la ruina del militarismo napoleónico en la campaña con­tra Prusia (1870-1871), ápice de una vida convulsa y febril, substancialmente falsa, en el régimen del Segundo Imperio.

Entre tantos hijos enfermos y delincuentes de la familia, un Macquart, Juan, campesino sano y bueno, que había ya combatido en la campaña de Italia de 1859, verá en Sedan toda la desgracia de la Francia invadida y que­rrá aportar una vez más su contribución al resurgimiento de la patria. Después, mientras se reducen las filas del ciclo y sus personajes van poco a poco desapare­ciendo en el delito y en el mal, el último de los Rougon (v. El doctor Pascual, de 1893) estudia científicamente, en medio de la vida de familia, las vicisitudes de toda la familia, para fijar las leyes hereditarias: de sus amores con una sobrina suya nacerá un ser, el único que tal vez sobrevivirá a todos los Rougon, a todos los Macquart. Con estos propósitos, pues, se rige todo el des­arrollo de las veinte novelas, cuyo sentido científico, según declaración del propio Zola, explica la Introducción al estudio de la medicina experimental (y.), de Claude Bernard. Esta obra asombra por la magnitud de su concepción, pero carece de verdadera continuidad de estilo y de fantasía.

Su ca­rácter voluntariamente documental se deja sentir hasta en las novelas que se conside­ran más personales en cuanto a su vigor y fuerza descriptiva, como La taberna, Germinal y La debacle. De su ciclo de no­velas el autor sacó, con ayuda de colabora­dores, algunas obras dramáticas: La taber­na (1879), Nana (1881), Pot-Bouille (1883), El vientre de París (1887), Renata (1887), La ralea y Germinal (1888). En cierto sen­tido Los Rougon-Macquart se pueden tam­bién valorar como tentativa de interpreta­ción histórica y situarla, aunque sea to­mando en cuenta su menor potencia artís­tica, entre la Comedia humana (v.) de Balzac y En busca del tiempo perdido (v.) de Proust.

C. Cordié

He tomado Zola… y figúrate: a duras pe­nas puedo leer semejante fealdad. Y entre nosotros no falta quien grite que Zola es una celebridad, un astro del realismo. (Dostoevski)

Una epopeya pesimista de la animalidad humana. (Lemaitre)

Su obra no tiene ni puede tener ningún valor científico: no aporta ninguna contri­bución a la biología moderna; además, como obra de arte considerada en su totalidad, queda deformada por la vana e intermitente preocupación del artífice. (D’Annunzio)

Pocas cosas hay más simplificadas que aquella especie de psicología rudimentaria que corre por debajo de sus novelas, en las cuales hay un elemento puramente artístico no desprovisto de valor. (Unamuno)

Es el cuadro de una familia, de una so­ciedad, de una humanidad que se desarro­llan, se vician, se envenenan, se disuelven… es una construcción considerable llevada a término con fuerte voluntad y enorme ta­lento. Pero esta novela del Segundo Impe­rio fue, comparada con la Comedia huma­na, lo que la monarquía del sobrino com­parada con el Imperio de su tío. (Thibaudet)