Roman del Castellano de Coucy y de la Dama de Fayel, Jakemon Sakesep

[Román du Chatelain de Coucy et de la dame de Fayel]. Román en verso, del. siglo XII, del francés Jakemon Sakesep.

Reinaldo, caste­llano de Coucy, valeroso caballero y buen poeta, se enamora de la señora de Fayel. Al principio, ella, fiel a su marido, no le co­rresponde; pero luego, conmovida por el ar­dor del sentimiento que ha despertado, per­mite que él participe en un torneo llevando sus colores. El caballero realiza prodigios de valor y, poco a poco, el corazón de la dama queda conquistado. Con ello empiezan las citas nocturnas, con la complicidad de una fiel doncella, Isabel, que está dispuesta, si algún día el señor de Fayel se enterara del asunto, a hacer creer que el castellano de Coucy viene a verla a ella. Denuncia­dos por una dama que está enamorada de Reinaldo, espiados por el señor de Fayel, logran conjurar el peligro gracias a Isabel. Aunque a partir de entonces se muestran más discretos, sin embargo, siguen viéndose gracias a la ayuda de un criado, Goberto, cuya confianza ha conquistado la señora de Fayel. Pero el marido, que ha concebido nuevas sospechas, fragua una estratagema: fingirá que quiere marcharse como cru­zado a Tierra Santa y llevarse consigo a su mujer.

Los dos amantes se desesperan) e inmediatamente Reinaldo piensa tam­bién en hacerse cruzado. Y, en efecto, se une a los caballeros de Ricardo Corazón de León; pero en el momento de partir, el señor de Fayel finge estar enfermo y renuncia a marchar, con desesperación de los dos enamorados. La dama entrega su trenza a Reinaldo, que parte; se cubre de gloria contra los sarracenos, y luego, mor­talmente herido por una flecha envenena­da, antes de morir encarga a Goberto, que le ha acompañado, que embalsame su co­razón y lo lleve en un cofre, junto con las trenzas, a su dama. Cuando Goberto está a punto de llegar a Fayel con su pre­ciosa reliquia, se encuentra con su antiguo señor, que se la arrebata. El antiguo odio y los celos le sugieren una terrible ven­ganza : manda a su cocinero que prepare un plato aderezado con el corazón del cas­tellano de Coucy y que se lo sirvan a su esposa, y cuando ésta ya lo ha comido le hace saber de qué se trata y le enseña las trenzas. Ella jura que tras haber co­mido tan noble alimento, no volverá a pro­bar ningún otro; cae al suelo, desmayada, y muere. La historia del castellano de Cou­cy y de la dama de Fayel pertenece al co­nocido ciclo del «corazón comido»: muchos relatos, novelas, poemas de la Edad Media relatan con variantes más o menos acu­sadas esta historia que se halla en una na­rración del Penjab.

Nos lo refieren las Vi­das de los trovadores (v.), como la de Guilhem de Cabestanh (siglo XIII); una narra­ción italiana del Novellino (v.); la novena novela de la cuarta jornada del Decamerón (v.); un relato acerca del poeta alemán Reinmar de Brennenberg (siglo XV). Según este grupo de versiones, es el marido mismo quien mata o manda dar muerte a su rival para arrancarle el corazón y hacérselo co­mer a su esposa. En un segundo grupo, al cual pertenecen la Fábula del corazón [Die Herzmáhre] de Konrad von Würzburg (si­glo XIII) y un Sermón latino (siglo XV), el amante muere en Tierra Santa y de su corazón traído por un mensajero se apodera el marido. Es evidente que éstas derivan de las anteriores y presentan un carácter me­nos cruel, pero al mismo tiempo menos verosímil. El castellano de Coufcy compone numerosas canciones por el amor de su dama, la última de ellas poco antes de mo­rir; en esto, el autor sigue la costumbre introducida por el Román de Guillaume de Dole (v.) de Jean Renart. Es más, se ha valido de la figura histórica del poeta, Guy, castellano de Coucy, muerto en 1203, y le ha convertido en héroe de su patética his­toria, atribuyéndole canciones escritas por el poeta mismo. El poema es de lectura fácil y agradable, vivaz e interesante in­cluso por el análisis psicológico y la rea­lista reproducción, de la vida contemporá­nea. Gozó de gran favor y muy pronto se hizo célebre, según puede apreciarse por las alusiones que de él se hallan en otras obras y por las versiones extranjeras, fla­mencas (siglo XIV) así como inglesas (si­glo XV).

C. Cremosi