Rey Rogerio

[Kónig Rother]. Poema en alemán medieval (dialecto de la Franconia media) compuesto hacia 1150 por un autor desconocido, quizá por un eclesiástico partidario de la alta aristocracia güelfa que rodeaba a Güelfo IV de Baviera, tío de En­rique el León.

La obra está en parte ins­pirada en la gran gesta del rey normando Rogerio II de Sicilia (1101-1154), el hombre más famoso de su tiempo (guerra contra el emperador Lotario II, conquista de Tú­nez y de Trípoli, expedición contra Bizancio); pero el poeta, fundiendo la fi­gura del rey normando con la de los dos reyes longobardos Autario (su legendario viaje a Baviera para pedir por esposa a Teodolinda) y Rotario, hace de su héroe el abuelo de Carlomagno. El Rother está es­crito en el consabido verso épico de cua­tro acentos. El bien conocido motivo de la propuesta de boda, que ya encontramos en otros poemas similares de su tiempo, está usado también aquí a propósito del rey Rogerio (v.) de Bari, el cual manda a los hijos de su viejo consejero Berehter al emperador Constantino de Bizancio, para pedirle a su hija como esposa.

Signo de reconocimiento en caso de necesidad, según convienen Rogerio y los emisarios, se­rán tres canciones de arpa. Sus enviados son, en efecto, apresados, y el rey, con el falso nombre de Dietrich, disfrazado, con gran séquito y ricos tesoros, emprende el viaje para libertarlos, fingiéndose desterrado por Rogerio. En Constantinopla despierta gran interés por su liberalidad, mientras que a tres gigantes de su séquito se les admira por todas partes a causa de sus manifestaciones de fuerza. Especialmente la hija del emperador querría conocer a Dietrich para saber algo sobre Rogerio, que debe ser más fuerte que él y que es el único hombre en el mundo a quien ella querría conceder su amor. Por medio de la fiel esclava Herlint, logra el falso Dietrich penetrar en las estancias de la princesa, y mientras prueba en los pies de ésta un par de zapatitos de oro que le regala, le con­fiesa: «Tus pies se apoyan en las rodillas del rey Rogerio». La muchacha se sobre­salta: con aquel acto, ella, sin saberlo, se ha dado simbólicamente al rey. La prin­cesa obtiene permiso de su padre para lavar y vestir a los prisioneros, según ordena la ley evangélica de la caridad. En tanto que éstos se sientan a la mesa, Rogerio, escon­dido tras de un tapiz, entona el primero de los tres cantos. Sigue el reconocimiento en una escena de gran «pathos», a la que la princesita asiste conmovida, y el viejo Berchter puede por fin abrazar de nuevo a sus hijos.

Los enviados son en seguida liberados, y, aprovechando el asedio de Constantinopla por parte del emperador de Babilonia, logran los amantes huir a Bari. Pero un astuto juglar al servicio del em­perador Constantino rapta a la esposa y la devuelve a su padre. Rogerio arma un fuerte ejército, y, después de complicadas vicisitudes, logra de nuevo recuperar a su esposa y unirse con ella definitivamente. El autor representa al mundo caballeresco con fiestas, cortejos, magnificencia de vestidos y de armas. Los gigantes están diseñados con humorismo. La relación entre Rogerio y su séquito está basada en la mutua fide­lidad y protección que caracteriza las re­laciones entre el señor y sus vasallos en la poesía germánica. El punto culminante de la narración es la escena de amor, que conserva todavía la ingenua lozanía que distingue a la poesía de la época pre- cortesana. La conclusión del poema, con la toma de hábito de Rogerio y de su mu­jer, es evidentemente una adición del autor eclesiástico.

M. Pensa

*     La figura del conquistador normando ha inspirado también la ópera en tres actos de Karol Szymanowski (1882-1937), Rey Rogerio [Krul Rogher], con libreto también suyo en colaboración con Jaroslaw Iwaszkiewicz, compuesta entre 1920 y 1924 y re­presentada en Varsovia en 1927. La idea fue sugerida al compositor polaco por los Cua­dros de Italia [Obrazt Italii], del escritor ruso Muratov, y, en particular, por el frag­mento dedicado a la historia legendaria de la conversión del rey Rogerio, iniciado por un profeta en los misterios del culto dionisíaco. La atmósfera en que la ópera se desenvuelve, según manifiesta el propio Szymanowski, está determinada por el con­flicto entre las formas estériles del deca­dente e inerte paganismo y el inspirado y estático misticismo medieval, en el que el autor siente la resonancia de un lejano eco de los orgiásticos misterios dionisíacos. El primer acto es, musical y estéticamente, el más dinámico. Al levantarse el telón se ve y se oye un fastuoso servicio litúrgico en la antigua Iglesia bizantina. En los can­tos eclesiásticos están fundidos orgánica­mente los antiguos elementos de la pro­sodia oriental con la simple melodía gre­goriana. El compositor lleva la magnifi­cencia sonora del rito oriental a los límites extremos de la intensidad expresiva de los «tutti» orquestales y vocales. En el mo­mento de la más alta tensión, ésta se rom­pe por la aparición del misterioso Pastor (singular reencarnación de Dionisos) y por su canto extático, que provoca la conster­nación y la gradual transformación inte­rior del rey Rogerio que; abandonando la iglesia, sigue al Pastor. El segundo acto está dominado por la conversión de Rogerio; la acción se desarrolla en el antiguo palacio del rey, y la música evoca en ritmos y co­lores orquestales orgías orientales y danzas exóticas. Junto al rey está Roxana, cuya canción es una de las páginas más notables y cálidas de toda la obra. Pero Rogerio resiste las seducciones del mundo: conver­tido por el Pastor, abandona con Roxana él palacio para iniciarse en los misterios dionisíacos. En el último acto desaparece todo elemento terreno y todas las imágenes realistas se disuelven: solamente quedan ideas y símbolos. Sobre las ruinas de un antiguo templo iluminado por un frío y casi abstracto claro de luna, aparecen las imá­genes del rey Rogerio y de Roxana, guiados por el Pastor. De toda la ópera, si el último acto es una sugestiva visión de los misterios medievales, y el segundo una viva repre­sentación que en ciertos momentos se ase­meja al tipo de la «féerie», el primer acto es el mejor, gracias a la interior fuerza dramática que lo anima.

Glinski