Relatos y Novelas de Pavese, Cesare Pavese

La obra del italiano Cesare Pavese (1908-1950) puede descomponerse en un núcleo de «poe­sía en prosa, en forma de relatos», un complemento de labor meditativa, teórica y crítica, y una accidental dedicación al verso.

Su trabajo comienza con los versos de Trabajar cansa [Lavorare stanca, 1931- 1935] y dejó al final una breve «recaída», publicada postumamente, en Vendrá la muerte y tendrá tus ojos [Verrá la morte e avrá i tuoi occhi], pero la poesía de Pa­vese tiene principalmente un valor instru­mental, en cuanto le puso frente a frente con sus grandes temas y le sirvió como te­rreno donde comenzar la meditación esté­tica sobre su propia creación, que, median­do entre su hondo soliloquio ético y su trabajo narrativo, fue una línea ininterrum­pida hasta el momento de su suicidio. Los apéndices teóricos añadidos a Trabajar can­sa, bajo el título El oficio de poeta [Il mestiere di poeta] — y que en la traducción argentina han sido complementados con diversos ensayos y artículos — quedan co­mo el cimiento de esa gran «arte poética» de Pavese que es a la vez vida propia, narración y crítica moral y literaria.

Ce­sare Pavese encuentra su auténtico destino de escritor en un modo de relato que es siempre más o menos autobiográfico, pero en forma objetivada, con sobrio lirismo realista: las formas varían poco, aun a pesar de las diferencias de longitud, y el lector encuentra luego dificultad para se­parar en la memoria unos títulos de otros. Pero ello no es un defecto, sino al contra­rio, el signo del acierto de Pavese: se com­prende que después de La luna y las ho­gueras [La luna e i falo], a la vez su obra de mayor empeño lírico y la mayor aproxi­mación hacia una novelística «clásica», el escritor viera su obra total y acabada, y se dejara llevar entonces por su vieja ob­sesión de suicidio. Pero hagamos un reco­rrido transversal de su labor: Pavese, arran­cando de una gran experiencia de traduc­tor, principalmente de literatura norteame­ricana, y de su labor poética, empieza ha­cia 1936 las breves narraciones contenidas en el volumen que se publicó postumamen­te, en 1953, con el título Noche de fiesta [Notte di festa].

Por cierto que se advierte que el retraimiento editorial de Pavese ha tenido una razón más honda que su inicial situación de perseguido político por el fas­cismo, puesto que ni la gloria de sus úl­timos años le movió a sacar de lo inédito partes tan admirables de su obra: en esta colección, apenas abierta, hallamos una pequeña obra maestra como es ésta: Viaje de bodas [Viaggio di nozze], más abiertamente lírica, ciertamente, que otras obras poste­riores, pero no inferior a ninguna de ellas. También son dignas de subrayar algunas otras narraciones del volumen, como Villa en la colina [Villa in collina], boceto en ambiente «de veraneo de monte» de lo que será luego, en «veraneo de mar», La playa [La spiaggia], publ. 1942. También aparece aquí la experiencia carcelaria de Pavese, en L’intruso, que tiene su complemento en el relato de su experiencia de deportado político, La cárcel [Il carcere], escrito en 1938 y unido después al posterior La casa en la colina [La casa in collina, 19481, en el volumen Antes que cante el gallo [Pri­ma che il gallo canti]. A continuación, el breve volumen traducido con el título Allá en tu aldea [Paesi tuoi, 1939] y El hermoso verano [La bella estáte, 1940] acentúan la entrega de Pavese a su ambiente piamontés de la infancia y la juventud, el símbolo esencial de su obra, a cuya luz cobra sen­tido toda su experiencia humana. A conti­nuación, La playa es la obra menos valo­rada por su propio autor, que la considera­ba sólo como una «búsqueda de estilo».

Pero hay en ella mucho más: es un autén­tico poema, que, aparentemente ceñido a la descripción externa de varios personajes en un veraneo común y multitudinario, con reticente laconismo aun para dejar trans­parentar las situaciones anímicas, al fin se vuelve «herida del tiempo»: una mujer bella, joven y casada ha centrado la at­mósfera cordial e ilusionada — el adoles­cente francamente enamorado de ella no hace más que acentuar lo que hay en los demás —. Pero, de pronto, viene la disper­sión: ella está encinta, y marcha con su marido, y todos se dan cuenta de que es súbitamente otoño y hay que irse. Entre las breves narraciones o estampas descrip­tivas de Feria d’agosto (1941-1943) hay va­rios trozos de pura reflexión de teoría es­tética, como si ya no le importara a Pa­vese dejar salir fuera, en medio de las estampas, el hilo oculto de su meditación.

Es el ambiente de siempre, llevado al lí­mite de su ajuste expresivo, de su profun­da sobriedad: un par de páginas, en la es­tampa Piscina de vacaciones [Piscina feríale] muestran a Pavese capaz de una poe­sía de lo real directo, sin valoraciones ni significados, que seguramente no le habría permitido el verso. Poco quedaba ya a Pa­vese por decir en su insistente entrega a un mismo abordaje de la realidad; quedará el éxito de Entre mujeres solas [Fra donne solé], la consolidación de su triunfo en Ita­lia, y la definitiva La luna y las hogueras, donde, como indicábamos antes, el autor parece querer montar una novela al «viejo estilo» y, sin embargo, sabe contener los añadidos imaginativos en un papel infinite­simal de marco distanciador: lo que cuenta, como siempre, es la visión del niño en el campo, entre los domingos de los pueblos, y con la ilusión del mar tras las colinas.

Lugar aparte ocupa El compañero [Il compagno]: por lo que toca a la expresión, la cima de la capacidad de Pavese para ponernos en contacto violento con la rea­lidad misma, como si no hubiera palabras; pero a la vez la más deshilvanada de sus narraciones, por lo que toca al argumento, quizá porque el tema de la resistencia anti­fascista no llega a consustanciarse con el motor lírico del relato, con la maravilla del piamontés que capta Roma a veces en una sola frase: «Tutta Roma é un’osteria e ci si vive. Ci venivano intere famiglie, si portavano il pollo, l’insalata, la frutta, comandavano il vino e mangiavano» («Toda Roma es una taberna, y en ella se vive. Venían familias enteras, se traían el pollo, la ensalada, la fruta, pedían el vino y co­mían»). No es fácil, en conjunto, decir en qué consiste el indudable y poderoso valor poético de los relatos de Pavese: aparente­mente, nada más que una quieta y casi ca­llada contemplación de la realidad misma, rememorada sin distancia elegiaca, y sin embargo, más allá de las ideas, una re­viviscencia integral de la experiencia mis­ma de encontrarse siendo hombre.

Por eso Pavese ha rechazado la etiqueta de «neorrealista», advirtiendo que quien convier­te en tema de sus obras el hecho de la condición economicosocial de toda expe­riencia humana, imita en forma nueva el viejo error de poner como tema de la poesía lo que es una cualidad derivada suya: la condición de sublimidad y tras­cendencia de la expresión. Este hondo sen­tido se puede encontrar manifestado con nítida lucidez en los libros teóricos y crí­ticos de Pavese, en los Diálogos con Leucó [Dialoghi con L.], la obra que el propio autor consideraba más importante entre las suyas; en los ensayos críticos recogidos pos­tumamente bajo el título La letteratura americana ed altri saggi, y sobre todo, en El oficio de vivir [Il mestiere di vivere], el diario llevado desde 1936 hasta el día de su muerte y que constituye uno de los más estremecedores documentos humanos de nuestros años. Pero ésta es una lectura que conviene hacer «a posteriori», después de los relatos mismos, para convencernos de que no hemos puesto, porque lo supié­ramos antes, ningún significado ni valor que no nos diera la narración misma.

Lo que sí nos pueden iluminar especialmente estos libros teóricos, aparte la profundi­dad de conciencia trágica y solitaria, es la «estructura» íntima de una actitud na­rrativa que tiende al hallazgo de lo que Pavese llama «immagine-racconto», la vi­sión que ya es relato, y todavía más, mito, porque ha sabido hallar un ritmo y una forma de potencia mágica. Dos citas del diario, elegidas entre muchas posibles, ilu­minan este sentido técnico del trabajo lite­rario de Cesare Pavese: «Non che ‘si esprima’ niente, scrivendo. Si costruisce un’altra realtá, che é parola» («No es que ‘se ex­prese’ nada escribiendo. Se construye otra realidad, que es palabra»). «Finita un’opera, si cerca di rinnóvame la forma non il contenuto. Lo stile non i sentimenti. Il sím­bolo non la cosa simboleggiata. Dove si sente la stanchezza é nello stile, nella for­ma, nel símbolo. Di sentimento-contenuto se ne ha sempre abbondanza, per il solo fatto che si vive» («Terminada una obra, se trata de renovar la forma, no el con­tenido. El estilo, no los sentimientos. El símbolo, no la cosa simbolizada.

Donde se siente el cansancio es en el estilo, en la forma, en el símbolo. De sentimiento-con­tenido siempre se tiene abundancia, por el solo hecho de que se vive»). En una con­sideración historicoliteraria podríamos de­cir que la obra de Cesare Pavese represen­ta la cima de una experiencia realizada a través de la mejor literatura italiana de la primera mitad del siglo XX: una conden­sación enérgica de la prosa, que, buscando su más lacónico ajuste, la ha hecho capaz de una intensa revelación de lo real mis­mo. El suicidio de Pavese, y ya antes, el hecho de haber marcado los límites litera­rios y humanos de un compromiso político que, sin embargo, aceptaba como tal, mar­can un «clímax» en esta experiencia ge­neral, señalando el cierre de una etapa y la necesidad de otras empresas ulteriores, que, sin embargo, han de llevar siempre «marcadas las espaldas» — como hubiera dicho él mismo — por la perduración de la obra de este excepcional escritor, roto en el borde moral de su empresa literaria por la conciencia del íntimo fracaso, a pesar de sus intentos de búsqueda a tientas del sentido de la vida en la certeza de la mo­ralidad: «La sola ed esclusiva ragione della moralitá individúale é che un giorno si morirá e non si sa di poi» («La sola y ex­clusiva razón de la moralidad individual es que un día uno se morirá, y no se sabe de después»).

Como resumen de toda su obra narrativa, podríamos repetir lo que en otro lugar hemos escrito: «Es el esfuer­zo por poseer la propia vida, por salvar, comprendiéndolo y recordándolo, el pasado, en la duda de toda otra salvación; por otra parte, el instinto de la página bien escrita y de la obra bien hecha le daba la certeza de estar participando de toda posible ar­monía existente».

J. Mª Valverde